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Mundo mágico

Hora bruja

“AMIGO LABORDETA – RECUERDOS DE + DE 80 COMPAÑEROS DE VIAJE”

“AMIGO LABORDETA – RECUERDOS DE + DE 80 COMPAÑEROS DE VIAJE”

 

 Hoy me encuentro a 3.254 metros del suelo y no me hallo en la cima de ningún picacho del Pirineo. Me diréis que estoy muy loquillo, y más si os comento que a pesar de ello piso por el algodón de una nube de sueños a la vez que paseo por las orillas del Ebro a su paso por Zaragoza. Ya me explicaréis cómo puede ser, porque yo no lo entiendo tampoco. Sí, me gusta esta nube de la que no quiero bajar y que me transporta por un mundo mágico, emocionante, sensible. Me acosté pensando en el mundo de ideales y de lirismo de José Antonio Labordeta y por mi mente pasaban con rapidez y ensueño uno tras otro de sus poemas, y las imágenes se sucedían dando paso a una sonrisa dulce y a la vez exaltada con la fuerza explosiva de los ideales por los que siempre había luchado más allá de su último suspiro: ideales de amor, siempre de amor a su tierra, a sus gentes, al sentimiento a favor del deprimido, de las causas justas sin necesidad de fronteras, de música muy aragonesa con las puertas abiertas hacia la justicia. Sí, ese era mi profe por un día, él cargado de juventud y sabiduría y diez años mayor que este loco surrealista empeñado en ser el eterno aprendiz de ser humano.

 Un día, en las instalaciones del Colegio Santo Tomás de Aquino, de la calle Buen Pastor, en plena época franquista, José Antonio tuvo que sustituir al profesor de Historia y comenzó por pasar lista a una clase como la nuestra, en la que había algún desvergonzado que otro, por lo que cuando pronunció el nombre de “Miranda”, el mentado contestó: “¡comunista!”, ante el silencio sepulcral de los que éramos sus compañeros. No, no hubo bronca, que vino a decir algo así como “calla, calla, que no es el momento”. Y volvieron las sonrisas. Luego, con la caída de las hojas del calendario a lo largo de los años, se convirtió en uno de los maestros de mi vida, de esos que cubren de humanismo el armazón humano.

“¡Eh, Gabino, baja de la nube, que te vas a estrellar!”, oigo que me grita el fantasma de mi asqueroso Pepito Grillo. Y yo, que no sé si por la edad o por qué soy algo duro de oído, no entiendo lo que dice y sigo en la nube. Para qué bajar si soy feliz… Salgo muy pronto de casa y ya me acerco a los puentes de ese río que guarda silencio al pasar por el Pilar, y aunque el día es muy caluroso se me hinchan los pulmones de oxígeno y aparecen las visiones mágicas acompañadas de los suspiros de mi garganta con el “Canto a la Libertad”, “Somos”, “Albada”, “Aragón”… cantados con la vehemencia de la que soy capaz, y como decimos en esta tierra tan especial, a grito pelado. No me faltan oyentes ni hasta algún irónico aplauso que otro que no logra sacarme de ese mundo onírico en el que me hallo tan inmerso.

Voy a contaros un secreto. Hoy es un día muy especial para mi, un jornalero de las letras desde hace… ¡Buuff, que me da vergüenza decir cuantos años! Dejémoslo en un interrogante, que a veces resulta bueno ser dueño de los silencios de uno mismo. Se presenta en el Aula Magna del Paraninfo de la Universidad de Zaragoza el libro “Amigo Labordeta – Recuerdos de + de 80 compañeros de viaje”. Iniciativa del editor oscense Lorenzo Lascorz, que tan amablemente me invitó a escribir mis propios sentimientos en torno a José Antonio Labordeta. Todo un lujo para mi, entre los que se encuentran autores como Eloy Fernández Clemente, Alfonso Guerra, Luis de Grandes,  Luis Alegre, Alfredo Pérez Rubalcaba, Paco Ibáñez, Luis Pastor, José Luis Rodríguez Zapatero, María José Hernández, Pilar Bardem, La Ronda de Boltaña, Pepa Fernández, José Luis Cano (autor de la portada), Miguel Ríos, Antón Castro, Mariano Gistain. Subo las escaleras de la Plaza Paraíso y me encuentro con gente maravillosa, entro en el Aula y tengo como compañero de asiento a Roberto Serrano (Orquestina Fabirol). Al momento aparece María José Hernández en todo su esplendor, que triunfa como autora y como cantante que ha puesto música y grabado un hermoso disco titulado “Las uvas dulces”, con poemas del propio Labordeta. Pero el momento es álgido cuando hace su entrada la viuda de José Antonio, Juana de Grandes, con un inmenso poder de comunicación. Así, uno tras otro, se respiran espacios cargados de un ambiente cálido y de emoción. En esta presentación-homenaje llega para mi uno de los instantes más hermosos de la sesión, cuando Tomás Bosque, un cantautor histórico de Teruel, nos emociona con el “Canto a la Libertad” en catalán. Sí, este Canto debería sonar en muchos idiomas, como un himno de hermandad. Suenan en diversos momentos los acordes de las músicas de uno de los personajes más queridos y admirados de esta tierra llamada Aragón, y me atrevería a decir también que de este país nuestro todavía llamado España.

No, Pepito Grillo, no me hables más de que si estoy en la nube, que si me voy a estrellar… Yo de aquí, no me voy.

 

MANUEL ESPAÑOL

HISTORIA DE AMOR EN LOS BOSQUES DE VIENA

HISTORIA DE AMOR EN LOS BOSQUES DE VIENA

Todo alrededor de mi cabeza daba vueltas, giraba y giraba, y parecía un carrusel de feria de luces fugaces. Ninguna imagen se me quedaba fija. Me sentía seducido por ¿uno?, ¿dos?, ¿tres?, o miles de torbellinos inquietos y de formas confusas en  fracciones de segundos. Y lloraba y reía casi a la vez, de entusiasmo, hasta que de pronto se hizo la luz y me encontré en un bosque vienés donde los duendes y duendecillas bailaban, daban saltos rítmicos con expresiones embriagadoras y felices, y arrasaban con su magia produciendo bellos encantamientos de amor acompañados del “Cascanueces” de Tchaikovski. No sé si soñaba despierto o dormido o me hallaba en una plenitud imaginativa en la que nada es verdad ni mentira, pero nadie me quitará que en esos momentos, en esas horas o días en los que perdí la noción del tiempo, un gesto, una sonrisa, una mirada, unas voces salidas de fuera de este planeta o de las profundidades de la tierra que me ascendían hacia un mundo fantástico y alegre, no había otra persona más felizmente seducida por la sinrazón. ¿Había pasado de una vida a otra y me hallaba en el Paraíso? No sentía la gravedad y pensaba que estaba en el éter, alejado de cualquier tipo de contaminación. La vida, una vida extraña pero hermosamente preñada de un halo de misterio, invitaba a dejarme llevar con una expresión risueña y plácida por senderos sin definir pero que ayudaban a contemplar estampas creo que imposibles de soñar. Vi mi imagen reflejada en un lago de agua cristalina rodeado un verdor espléndido y de flores de formas caprichosas e inimaginables. Mientras tanto, los más amables y a la vez misteriosos personajes de los bosques de Viena se me habían acercado con sus rostros felices y siguiendo al compás de la música me hacían gestos de saludo, volvían a bailar, seguían con sus ademanes invitadores a unirme de ellos. Estaba entusiasmado y hasta con una sola pierna y la otra cruzada a la altura de la rodilla, me dispuse a flotar en forma de danza por ese éter tan aparentemente irreal que permitía sentirme como nunca me había ocurrido. Dos de las duendecillas me tomaron de las manos y una vez enlazado con el resto de tan fantásticos seres formamos una cadena muy alegre hasta que tras un recorrido de danza y carreras acompasadas, llegamos a una casa de una planta, aparentemente modesta pero realmente bella y con un poder de atracción ante el que era imposible resistirse. Mientras sonaba la parte álgida del “Lago de los cisnes” y yo miraba a unos y a otros, sin darme cuenta me quedé sólo ante la puerta, mientras que detrás mis traviesos personajes que tanto me habían calado, se quedaron con expresión risueña formando un abierto semicírculo e invitándome insistentemente a entrar en lo que luego me pareció un palacio silvestre. La música paró y el viento comenzó a silbar un sonido inquietante. Me volví y los duendes tan risueños ya estaba callados y con los gestos nerviosos me decían que entrase de una vez. No quise defraudarles y casi sin tocar la puerta se abrió. Una luz azul de brillo intenso se apoderó de la estancia e iluminó la figura de la princesa del Bosque, Campanela, ataviada con una suave y pequeña gasa blanca que la hacían más hermosa. Así que en medio de una escena radiante, ya en plena naturaleza, el bosque se hizo de una fantasía desbordante con una Campanela sonriente que recibía a un sorprendido  príncipe azul. Estaba claro que en esta ocasión Cupido había contado con los duendes y algunos leñadores como cómplices, por lo que las flechas sentenciaron a la nueva pareja. Pronto comenzó a sonar “El Danubio azul”, y Campanela y Gabino comenzaron a girar, y girar más  y más intensamente que nunca uno hubiese podido imaginar. Y de repente comencé a ver las estrellas, y no pudiendo aguantar más el fuerte ritmo que me  imponía la princesa, caí al suelo conmocionado cuando ya me había ganado el beso del amor. Fue un amargo despertar tras haber vivido y saboreado un dulce maravilloso. No he dicho que yo, Gabino, desperté cuando me hallaba durmiendo la siesta debajo de un pino y me cayó en la cabeza una piña del mismo. Y para acabar tan cursi como en tantas narraciones, “colorín colorado este cuento se ha acabado”.

 

MANUEL ESPAÑOL

SOÑAR ANTE LA LUNA EN LA HABANA VIEJA

SOÑAR ANTE LA LUNA EN LA HABANA VIEJA

 

Sonaba la música, los cuerpos bien apretados y las mejillas de ambos muy juntas. No había huecos entre nosotros, nuestros pies se movían sin casi despegarse del suelo, mientras una débil bombilla roja nos iluminaba. ¿O eran dos? Tan sólo la guapa mulata cubana Elmira y yo estábamos en la pista de baile mientras sonaba la voz de Simón Díaz con su “Luna de margarita” convertida en un destello dulce de fuego y brasa muy viva, como el más increíble susurro habanero. Estábamos en la zona central de una sala de fiestas tranquila, casi clandestina, aunque muy cerca del romántico malecón donde a la luz de las estrellas, las parejas se besan y acarician, y yo era el hombre más feliz del mundo. Era hermoso sentirse cubano en Cuba y a mí la isla me prendó. A Elmira la conocí hace muchísimos años en pleno vuelo que hicimos juntos de Madrid a La Habana, con escala en Gander (Canadá). Mujer muy esbelta, guapa, decidida, culta y simpática, regresaba a su país a encontrarse de nuevo con un novio que había dejado seis meses atrás. Entonces yo era muy tímido (ahora no tanto, pero también) y al coincidir en los asientos fue ella la que inició la conversación. Le dije que era periodista y que viajaba para encontrarme con unos amigos que ya estaban en Cienfuegos desde hacía una semana y que en tres días iban a llegar a La Habana a fin de continuar viaje todos juntos. Le pregunté con cara de pena qué podía hacer un hombre solo y joven durante dos jornadas en la capital. A ella se le iluminaron los ojos y pronto me contestó eso de “¡Ay mi amor… Tu no estarás solo si quieres que te acompañe”. Y ante tal proposición, como no me salían las palabras  causa de una improvisada tartamudez, aunque soy de acción directa, por supuesto que no dudé ni una décima de segundo en pasarle mi brazo sobre los hombros y ella inclinó su cabeza sobre mi. Cerré los ojos y me dediqué a soñar bellos momentos con la persona que estaba a mi lado y hasta canté mentalmente “Gracias a la vida”. Así pasaron unos minutos intensamente dulces hasta que de repente pensé en el novio ese y me imaginé a un recio gigante, “que como esté en el aeropuerto esperándola…”, por lo que salí de mi ensimismamiento y me di cuenta que ella sí dormía, quizás pensando en… no sé qué historias. El caso es que no quería despertarla pero empecé a toser, nerviosamente, a producir sonidos guturales, y así cuando parecía moverse le pregunté si dormía: “No, mi corazón. Tan sólo estaba pensando en ti”. Al final me confesó que el muchacho o “boy” o como se diga, iba a tardar cuatro días en reunirse con ella, ya que trabajaba en Varadero. Me confesó  que le hacía mucha ilusión pasear conmigo y llevarme a conocer La Habana más auténtica, de la que disfrutan los cubanos. Poco a poco llegaron los arrumacos con una fuerza volcánica. Me sentí tan feliz que el mundo me parecía más celeste que terrenal. Estábamos en pleno vuelo y yo tan contento, cuando la “love story” se vio interrumpida por la presencia de una azafata que amablemente me ofrecía un mojito, y yo me tomé uno tras otro. ¡Qué delicia de viaje! Elmira reía sin parar dejando ver sus dientes blancos y era ella la que me pasaba la mano por el cuello en un ademán de cercanía. Así hasta que el capitán anunció que estábamos ya a punto de tomar tierra en el aeropuerto José Martí. Era una hora temprana cuando llegamos a La Habana, ella me acompañó hasta el hotel en el que me dejó antes de ir a su casa, y un par de horas o tres después volvió a recogerme para comenzar el paseo habanero por la parte vieja: La Bodeguita del Medio, café muy especial en el que se inspiraba frecuentemente Hemingway, así como el Café Zaragoza, que estaba a muy pocos pasos, el Capitolio, la Giraldilla… todo ello con un sabor muy especial y con unas gentes que destilaban generosidad, cariño y simpatía. Tras cenar en un restaurante muy del pueblo, y con unos excelentes sabores, salimos tomados de la mano y ella me susurró: “Y ahora, para acabar la noche, mi amor, te voy a llevar a un local muy especial: la boîte de Uan, donde se enamoraron mis padres. Es un sitio modesto pero con buena música para enamorados”. Sí, allí sonaba “Luna de margarita”, “Yolanda”, “Siboney”, mientras Elmira y yo bailamos muy apretados, con las mejillas juntas, casi sin mover los pies. Aquello fue como un sueño difícil de despertar. Ha pasado mucho tiempo, han caído muchas hojas del calendario y todavía no se lo he contado a Jimena. Si lo hago verbalmente se me trabará la lengua y no me creerá, si se lo doy a leer, al final me dirá eso de “fantasma cuántas mentiras cuentas en tus relatos. ¿Y qué pasó después del baile?”. Y yo le contestaré: “lo que dé de sí tu imaginación”.

 

MANUEL ESPAÑOL

ESCAPADA ALEGRE TRAS UNA TERRIBLE PESADILLA

ESCAPADA ALEGRE TRAS UNA TERRIBLE PESADILLA

Soñaba que era un turista en el desierto arenoso del Sahara, en pleno horario solar, y que me hallaba dentro de una limusina todo terreno con aire muy bien acondicionado y dotado de bebidas refrescantes que consumía mientras otras personas sin protección, casi sin ropa y con rostro de auténtica sequedad y de sufrimiento, no podían hacer nada, ni tenerse en pie, y se arrastraban pidiendo agua y más agua y no güisqui. Y uno que no es ajeno al dolor de los demás, intentando que Ahmed el conductor nativo parara y abriese las puertas del vehículo y así repartir lo que casi me  sobraba y para otros resultaba vital. “Ahmed, frena, que quiero compartir, tirarme en marcha si es preciso, no seas asesino”. Y por más que gritase, el otro que hacía oídos sordos, comenzó a asomar una sonrisa cínica y maligna que yo apreciaba a través de los espejos. Así hasta de repente me quedé sin luz, todo a mi alrededor estaba oscuro y por si fuera poco, al tacto noté que me hallaba encerrado entre unas planchas de acero. Cuando iba a exhalar el que yo creía mi último suspiro, grité con todas mis fuerzas y desperté entre jadeos de desesperación sobre las sábanas revueltas. Afortunadamente Jimena ya se había despertado y salido de casa ahorrándose de esta manera un susto monumental, que eso sí que no me gusta compartir. Como era una de esas pesadillas  que quieres quitártelas de la mente de forma inmediata, esta mañana he puesto rápidamente en marcha una emisora local de radio, cuyo programa estaba dedicado a la samba brasileira y al bossa nova, y cuyos sones me han ido apaciguando los ánimos, hasta reconducirme tímidamente hacia mis posiciones de loco surrealista, si bien de vez en cuando, durante una o dos horas he ido por la calle y se me ponían para corbata los xxxxxxx con tan solo pensar, que ustedes ya me entienden, que de tan tamaños sustos no se puede esperar una reacción urgente y continuada.

Si ayer me hallaba marcado por una atonía total y como buen ser humano un tanto cuadriculado de mente, me he propuesto también superar la situación, poner en marcha la imaginación y las adversidades oníricas dejarlas aparcadas. Para ello nada mejor que volver a mis largas caminatas que tenía casi abandonadas y cubrir así la distancia programada de un mínimo de ocho kilómetros a buen ritmo, con alguna parada. Así que caminado el primer kilómetro me he encontrado con Pedro K, un buen cantante de calle que en ese momento, guitarra en mano se hallaba emulando a Georges Brassens con “La mala reputación”. Le he aplaudido, le he depositado mi impuesto revolucionario (escaso porque con las prisas por salir de casa aún llevaba el poco dinero sobrante del día anterior) y como aún me llegaba nos tomamos un café juntos (él con churros y un croissant). Sí, sí, y como los bolsillos estaban vacíos he decidido “ir a silbar a la vía”, que es un dicho muy manido ante esta situación. Afortunadamente, la vía del ferrocarril se encuentra relativamente cerca del azud zaragozano del río Ebro, por cuya pasarela doy la vuelta hasta llegar al Puente de La Almozara, todo ello a través de un terreno semisalvaje y muy hermoso, en el que está comprendido el tramo de la “Senda de los Besos Robados”, que en sus momentos y aún ahora tenía muy poca luz, árboles y se respiraba una atmósfera muy romántica. Entonces la iluminación se limitaba a algunas escasas bombillas, que si molestaban no faltaban voluntarios que las apagaban a pedradas. Y de momento me callo sobre este aspecto, que supongo querréis enteraros de todo a sabiendas que soy muy discreto aunque no lo parezca. En un primer instante no he visto a nadie, tan sólo un pato despistado fuera del agua, que cuando me ha oído gritar a lo Tarzán se ha asustado tanto, que se ha zambullido en el cauce por si acaso. Luego me he encontrado de nuevo con el pescador de hacía dos años que me mandó a hacer puñetas cuando le pregunté eso tan manido de “¿pican o no pican?” , que lo hice media hora después de haberle observado con constancia y en silencio su escasa fortuna. En esta ocasión, como se trata de un tío muy listo y estaba de un humor excelente,  me ha reconocido y rápidamente me ha dicho eso de “tonteras, que no te enteras. Ven, mira la bolsa, que la tengo llenica”. El hombre se ha puesto tan feliz de poder dar la buena nueva, que hasta me ha invitado a almorzar con chorizo ibérico y con el vino que guardaba en su bota llena. Estos sí que han sido buenos tragos, y tan alegres hemos estado que Víctor (así se llama este pescador) no ha dudado en parafrasear a Bogart con la frase “este puede ser el comienzo de una hermosa amistad”. Así que nos hemos despedido con un sincero apretón de manos para momentos después a buen ritmo, casi saltarín, entonar a pleno pulmón una parte de la zarzuela “Gigantes y cabezudos”, con el Pilar de fondo, si bien yo de gigante reconozco que no tengo mucho.

 

MANUEL ESPAÑOL

UN ESPAÑOL CARIÑOSO EN SAN PETERSBURGO

UN ESPAÑOL CARIÑOSO EN SAN PETERSBURGO

Hoy sí que rayo en un mar bastante plano, que no tengo ideas, ni buenas ni malas. Vamos, que con este calor que hace en mi entorno se han evaporado por completo. Pero como buen aragonés con todos sus defectos, admito que soy tozudo, y erre que erre (no ERE) no me doy nunca por vencido, si bien no sé qué es mejor, porque puedo soltar un montón de tonterías inconexas y hasta sin sentido. Me salva un poco el hecho de esta locura surrealista en la que a veces me amparo; bueno, muchas veces, y hasta diría que lo mío se trata de un estado permanente. ¡Ay que ver lo que hace el calor cuando viene a destiempo! Ahora que recuerdo, de esta manera me sucedió hace exactamente dos años cuando disfruté de la oportunidad de hacer un crucero por el mar Báltico, y más concretamente de mi estancia en San Petersburgo (en torno a los seis millones de habitantes), la ciudad natal del Presidente-Zar Vladimir Putin, al que algunos súbditos idolatran, otros detestan y en ocasiones es blanco de críticas no exentas de cierto sentido del humor. Vamos, como en cualquier parte del mundo. No imaginaba que en pleno mayo pudiésemos estar allí a más de 30 grados de temperatura, lo que unido a la humedad a la que contribuye la presencia del río Volga y a la del Báltico, la atmósfera resultase un tanto irrespirable. Eso sí, disfruté tanto de las bellezas de sus monumentos (humanos e inhumanos, que ustedes me entienden), que pude sentirme muy feliz, felicidad acrecentada con mi bautismo de vodka a base de cuatro vasitos fríos que me dejaron el corazón caliente y la cabeza… bueno, mejor me callo porque es que además se me desató una euforia cariñosa que me lanzó a besar, eso sí castamente, a cuantas mujeres se hallaban cerca de mi. Por supuesto que el vodka en mi casa está prohibido, y eso a pesar de sus propiedades vasodilatadoras. La guía Anna, muy risueña y guapa ella. llegó hasta decirme eso de “Oh, español caliente, cariñoso”, y no sé exactamente el sentido que quiso darle a la frase, que uno es muy inocente, y con esa temperatura…. De esta forma me entraron unas risas que ya no me abandonaron e todo el viaje. A mi lo que me interesaba era hablar con la gente de la calle, con vendedores ambulantes que están prohibidos, como casi en toda Europa y América, pero que las matrioskas, los huevos pintados y las postales las ofrecían a precios mucho más bajos que en los establecimientos autorizados por la autoridad competente. Y no me hablaban mal de Putin, que en el fondo eso de que uno de su pueblo mandase en Rusia les gustaba, que además se sentían orgullosos de ser rusos, de pertenecer a un país hermoso, y al que personalmente considero un gran país con gentes muy acogedoras, si bien con funcionarios aduaneros con quienes nos encontrábamos de regreso al barco, que no hacían más que preguntar secamente y poner problemas, que por supuesto, se resuelvían. Poco a poco me fui despejando mentalmente para disfrutar intensamente del paseo en barco por el Volga, una experiencia que recomiendo a todos los viajeros y que me hizo entonar esa canción tan conocida como “Los bateleros de Volga”, eso sí, hasta que me cayó un agua refrescante del propio río, pero que me dejó calado y pronto se secó. Una de las azafatas, para compensarme del susto me ofreció otro vasito de vodka, pero Jimena, que estaba a mi lado soltó un “NO” tan rotundo, que creo se oyó hasta en Tokio sin necesidad de cables ni otros tipos de artilugios. Quise darle a Marissa un cariñoso agradecimiento por su detalle, pero a decir verdad que no me atreví, dedicándome pues a magnificar los palacios con sus fachadas doradas, sus iglesias bizantinas que iban surgiendo a nuestro paso, y así sonreír a derecha e izquierda. Eso si, disfruté al pasar por el hotel Puskin al pensar en el gran escritor ruso, así como en los grandes maestros de la literatura de ese país y que con tanta frecuencia releo. Estuve en todos los palacios posibles y quedé maravillado, pero mi impresión más grande fue cuando subí las escaleras del Hermitage, un edificio mágico y especial, que acoge las más magistrales pinturas que se puedan imaginar, y que también se puedan soñar. Kali, kakalin kankalinka, linka ya….

MANUEL ESPAÑOL

 

CAPERUCITA LA LOBA Y EL LOBO CAPERUCITO

CAPERUCITA LA LOBA Y EL LOBO CAPERUCITO

Foto de la imagen de Gustave Doré (S XIX), que puede ser visitada en el Museo Nacional de la Ilustración del Diario ABC

 Érase que se era, una Caperucita que había dejado de ser niña y ya empezaba a entrar en la edad de merecer. Pero esta Caperucita Roja era una gran amante de su abuelita a la que iba a ver todos los días portando una cestita con miel, una botella de leche, otra de vino tinto del Somontano, jamón de Teruel y un rico queso de Cabrales unas veces, y otras de ese exquisito caldo “maldito Cariñena” que insinuaría don Mendo en su famosa “venganza” y que tantos dolores de cabeza le causara. El caso es que desde su casa hasta la de la yaya debía hacer un largo recorrido y atravesar un bosque muy tupido en el que siempre se cruzaba con animales de las más diferentes clases, algunos de ellos siempre con aviesas intenciones devoradoras, por lo que el contenido de la cesta era toda una tentación. Pero he aquí que tras pasar grandes sustos salvados con habilidad y disfrazándose de loba ya no le molestaron más, y el contenido para su abuelita le llegaba intacto a una cabaña en la que se celebraba cada festín gastronómico… Caramba, caramba, cómo la abuelita Simona le pegaba al vino y al queso, y hasta al jamón de Teruel. Y así iban cayendo las hojas del calendario repitiéndose el recorrido hasta que se puso de moda esa canción que compuso Julio Iglesias, “de niña a mujer”. Un día, cuando arrancaba para llevar a cabo tan humanitaria y familiar labor, un chico llamado Armandito le llamó guapa al salir del pueblo, y ella se puso colorada, pero que muy colorada, oigan ustedes, que por algo le llamaban Caperucita Roja, y no sólo por su capa. Así que al pasar por un estanque de agua cristalina y quieta, decidió contemplar su imagen: habían crecido moderadamente las formas, le brillaban unos ojos muy expresivos y hasta se atrevió a sonreír. En una palabra, que se vio hermosísima a sí misma, y no pudiendo reprimirse, al recoger un palo con forma de bastón, no se le ocurrió otra cosa que escribir sobre un trozo de barro duro, eso de “guapa”. Y entonces se dedicó a visionar en su mente la imagen de Armandito pensando al mismo tiempo que “la próxima vez que me lo encuentre va a saber lo que es bueno. Y yo también”. Lo primero que hizo fue arrojar su muñeca de juegos al estanque, aunque casi de inmediato se arrepintió, que después de tanto tiempo juntas no era cuestión de ponerle una puerta blindada al pasado, por lo que pensando que en este momento era una transeúnte solitaria, decidió quitarse la ropa y lanzarse al agua para recuperar parte de sus sentimientos. Pero he aquí que la chica estaba siendo observada por un lobo solitario, joven y enamoradizo, si bien, todo hay que decirlo, sin intenciones torcidas por su parte. El lobo, que iba sin pelliza disfrazadora y al que llamaremos Caperucito por su nobleza y por la admiración con que se mostró hacia ella, al ver que Capu comenzaba a enfadarse le contó que todos los días la observaba detenidamente en su recorrido, y que cada vez le admiraba más, y que fuera considerada con él. Tan considerada fue que le regaló la miel portada. “No me interpretes mal, Caperucita. ¿Y ese Cabrales que tienes tan rico y que huele tan bien, ¿y ese Cariñena que tiene un color y un olor que alimenta?”. “¿No querrás toda la cesta, verdad?, le dijo ella. “No si en realidad todo lo que necesito es tu sonrisa”, contestó Lobo Caperucito ya con ojos de tontaina. A Caperucita le llegó tan hondo lo de la sonrisa, que le regaló el queso de Cabrales y la botella de tinto del Somontano. Y día a día tenía lugar un nuevo encuentro con más y más viandas. Y además es que la abuelita Simona no se enfadó mas que el primer día, porque después su nieta dobló las raciones. Y ya el Lobo Caperucito y su chica prolongaron sus hechos y dichos, así hasta que un día se plantó ella y le dijo la temida frase de “esto no puede seguir así”. Entonces idearon un estratagema, según el cual Capu se adelantaría hasta la choza de la abuelita gritando aquello de “que viene el lobo”, lo que haría que la yaya asustada buscara un refugio inmediato y de esta manera se desarrollaría mejor la situación una vez llegada la paz. ¡oiga, que Caperucita Roja quería mucho a su abuelita! Entraron, pero es que no había ni rastro de la yaya, que siguiendo su costumbre debería estar en la cama con su gorro de dormir, sus orejas grandes y sus dientes largos que tanto miedo le daban al lobito bueno y dócil dominado por una sorprendente Caperucita. Así que al pobre animal, su casi pareja lo metió en el lecho poniéndole gorro, gafas y unas orejas postizas, por lo que se dedicaron a decir sandeces y a reír sin parar. Y mientras, al observar semejante juerga, una vez pasado el miedo, la yaya salió debajo de la cama y de esta manera se formó un trío muy divertido. Tanto es así que Capu le dijo a su madre toda emocionada, que como la abuela ya era mayor, se iba a vivir con ella. De esta manera, abuela, Lobo Caperucito y Caperucita Roja vivieron muchos años en plena felicidad y armonía y durmiendo los tres juntos, si bien antes de entregarse a los brazos de Morfeo se contaban un chiste tras otro. Como eran muy trabajadores, se pusieron una granja y desde luego no pasaban hambre. Además, quesos y vinos los encargaban por Internet.

 

MANUEL ESPAÑOL


EL PELIGRO DE LAS TORMENTAS EN MONTAÑA

EL PELIGRO DE LAS TORMENTAS EN MONTAÑA

 

Tenia la cabeza pesada, como siempre, y el cielo, en pleno horario solar, presentaba un aspecto grisáceo muy plomizo. Mientras, se fraguaba una tormenta muy intensa. Un primero e intenso rayo iluminó todo el entorno paisajístico y humano con rostros alarmados. El ambiente despedía un aroma penetrante y fuerte, mientras que casi inmediatamente sonó el primer gran trueno, para dar paso a continuación, precisamente, a los hijos del trueno desencadenantes de una intensa lluvia que producía una inquietante música al chocar violentamente el agua con las calles y sus aceras, que muy pronto se iban a quedar vacías. En esos primeros momentos observaba desde el balcón de mi casa en Biescas, cómo la vía urbana se convertía en un río capaz de arrasar con todo. Era un espectáculo de la naturaleza excitante, con una fuerza tan especial que permitía sobrecoger a cualquiera. Personalmente, aquello me gustaba y facilitaba activar mi imaginación hasta hacerme sentir las visiones de los seres mitológicos y otras veces tan solo imaginados de ese Pirineo tan fascinante, tan hermoso y tan lleno de vida. Sin embargo mis pensamientos también se dirigían hacia los excursionistas que habían decidido salir por los alrededores con anterioridad, mientras que uno de los vecinos de la casa se adelantó a mis intenciones, y que como yo, en situaciones normales y anormales de la vida, siente la necesidad de las fuentes musicales que tan bien reflejan los estados de ánimo. Y como los dos somos mozartianos, mientras personalmente me decantaba por la Marcha Turca, Pedro había puesto en su equipo de sonido el Concierto de Piano numero 2, cargado en sensaciones. Era igual, que tras los primeros compases atacaron de nuevo los rayos y los  truenos, que el volumen del sonido imprevisto y natural apagó el mundo mágico de Mozart. Así que poco después volvieron a discurrir las aguas por un cauce tomado violentamente, que obligó a apagar al vecino la música del genio universal austriaco. De esta manera me volvieron las visiones de la diosa Pirena con todo su poderío, mezcladas por los aullidos de los lobos solitarios tan cercanos en mi imaginación. Hasta un oso hambriento creí ver, que no buscaba precisamente miel. Menudo argumento para una película de terror, si bien igualmente pude notar la presencia de brujas buenas, de duendecillos alegres y traviesos que me sacaron alguna que otra sonrisa. De repente la tormenta ceso, salió un sol muy generoso y me entraron ganas de salir a la calle, con un suelo que no tardó en secarse. Por si acaso me puse el chubasquero, que no me hizo falta, y vi y hable con muchos de mis conocidos viandantes que igualmente habían decidido caminar para sentir el respiro de la humedad de la tierra, un perfume tan ideal que no tiene comparación posible. Estaba muy claro el tema de conversación… el espectáculo tan especial, y permitidme decir hermoso, que nos había dado la naturaleza. Sin embargo no faltaron aires de preocupación cuando nos enteramos que un grupo de amigos que había salido a primera hora de la mañana hacia Brazatos, a fin de llevar a cabo una excursión a priori sencilla a los ibones de dicho nombre (lagos pirenaicos de agua dulce)  estaba desaparecido de nuestros controles. Afortunadamente no tardaron en llamar y explicar que se hallaban bien, que les había cogido igualmente una fuerte tormenta y que aun mojados no presentaban problemas, dado que llevaban la ropa adecuada y el calzado oportuno. Ellos lo habían hecho bien, dado que dejaron dicho a la familia el itinerario y posibles horarios por si surgía algún inconveniente, y de esta manera poner en marcha los mecanismos de rescate. Y si no se va con familia, resulta muy recomendable que montañeros y senderistas dejen su plan del día bien trazado en el cuartel de la Guardia Civil mas próximo. Que no se olvide nadie que esto es esencial y tan básico que figura en todos los manuales.

Todo ello me hizo recordar lo acontecido a mi amigo Leo, a Regina y a mi, que hace ya unos cuantos años hicimos la misma excursión, con tormenta incluida. Cada uno de nosotros éramos portadores de una mochila muy bien capacitada para cualquier clase de emergencia, con comida, ropa de repuesto y demás material auxiliar, además de estar preparados con un buen calzado, es decir botas goretex, calcetines recios y bastones. Conocedores del terreno, igualmente habíamos asimilado que en la montaña, en cuanto a ropa, hay que ir equipado como una cebolla, a base de capas, dado que el clima en las alturas resulta muy cambiante, de tal manera que del calor se puede pasar al frío en minutos, y de esta forma con posibilidades de sufrir una hipotermia, que en determinadas alturas puede ser mortal, como así había sucedido en un mes de septiembre con un excursionista que iba con zapatillas,  camiseta de tirantes y pantalones cortos, que se quedó en la Cola del Caballo del Valle de Ordesa. Estas explicaciones se las dimos a una familia excursionista que iba sin equipación alguna, y a la que igualmente le advertimos que iba a descargar una tormenta muy fuerte, que así no iban a llegar muy lejos. Pues nos mandaron a un sitio… Ya podéis imaginaros donde. No se como realizaron la vuelta, pero con toda seguridad se mojaron mucho mas que nosotros, y eso con suerte.

 

MANUEL ESPAÑOL

LIADO ENTRE CABLES Y ZARAGOZA SEXI

LIADO ENTRE CABLES Y ZARAGOZA SEXI

 Veinticuatro cables, treinta tarjetas comerciales, seis de crédito, diez de accesos para puertas y un majara como yo para no aclararme. Todo ello a fin de desplazarse sigilosamente “y sin equipaje“. Ya se sabe que los móviles necesitan una conexión para ser correctamente alimentados, que además  se pueden conectar otros artilugios auxiliares del demonio para no agarrar el aparatito con la mano, y así dar la impresión de que va uno por la calle hablando solo, algo que suelo hacer con frecuencia y sin necesidad de teléfono, aunque tan solo sea para provocar. Total, para decir con gesticulaciones muy elocuentes y a veces poco ortodoxas frases como “hola cariño, te echo en falta. Si, yo también te quiero mucho. Si, si, que la culpa la tiene el Gobierno, que te sobra razón  Claro, que eso lo sabe todo el mundo. Mecachis la pena negra cómo nos toman el pelo“… Dices todas estas tonterías de las que se entera todo el mundo, y según quien te escuche te tomara por un cabraloca  solitario y escasamente razonable, mientras que un agente del orden que en recuerdo de viejos tiempos todavía se cree autoridad,  puede que te diga muy educadamente (tan solo es un decir) eso de “modérese, señor, o de lo contrario le impondré una multa, y si fuera menester deberé detenerle por alborotador“. Y que no sea curioso, que hasta es posible que deba dar explicaciones inoportunas, y de hecho parece que lo va a hacer para mi desgracia y así deberé responder para qué sirve cada cable portado en una bolsa de plástico semitransparente, y por mucho que le explique uno por uno no entenderá nada, y  ante esta posibilidad tengo miedo, que a ver si piensa que el de la maquinilla de afeitar es para cargar la batería de una bomba, el del Ipad para alimentar un artilugio de espionaje, el del alimentación del libro electrónico un instrumento de piratería. Y así, todo resignado hasta que llega un coche patrulla que descubre al ¡falso agente!, y una vez metido dentro del vehículo el presunto delincuente, dos policías legales me preguntan que si me ha importunado mucho. Les digo que no, que tan solamente lo  injusto, pero de una manera moderada. Ellos me responden que perdone, que el detenido es el primo hermano de un policía local que mentalmente se quedó en el 70, y que no le gusta como se  dirige ahora el orden público urbano y pretende hacerlo a su manera, que el falso es muy buena persona, y que si no quiero ponerle una denuncia se lo llevarán en el coche a su casa a tomar la medicina,  que piensan quitarle el uniforme para que no les ponga en mas apuros. Antes de marchar me preguntan: "¿tanto cable para que lo necesita?". Voy a abrir la boca y con una sonrisa me manifiestan que bueno, no responda. ¡Ah¡, una pequeña recomendación: no hable a solas y en alto por la calle para evitar confusiones. Es ese el momento en que me doy cuenta que en vez del micrófono incorporado e invisible del móvil, he metido el altavoz a toda potencia. Afortunadamente siempre he respetado a las mamás y a los papás de los viandantes, que si no, no podría estar ahora contándolo.

No, si este mundo me gusta con su guasona locura con razonamientos aparentes, pero que si te metes a mirarlos con lupa se te puede poner una cara de tonto (omito parecidos para evitar malas interpretaciones) y si en ese momento me miro al espejo hasta me causo risa. Cables aparte, menos mal que no han salido a relucir públicamente las múltiples tarjetas para atenciones comerciales o incluso de crédito. Que si la de la mercería de enfrente de casa, la de Helios, la de la Luna de Valencia, la del Casino de un pueblo de La Mancha, las de los descuentos de los supermercados, la del Club de las Gatas Locas, la de la SD Biescas, la de la Asociacion de Vecinos, la del Aero Club, la Sanitaria, la de RENFE, la de Farmacia, el pasaporte, las de transportes de varias ciudades. Y se me olvidaba: el DNI. Es como una baraja, y para quien le gusta jugar a todas cartas ya puede prepararse a tenerlas presentes a fin de no quedarse ni cojo ni manco. Pero como soy un loco surrealista razonable, me doy cuenta de que en el buen tiempo no sé donde meter tanta tarjeta por si es precisa una sola en un momento determinado, que nunca se sabe, dándose el caso además que si las llevo en un bolso de caballero, me lo puedo dejar en cualquier cervecería y vete a saber quien se lo encuentra. Un buen día fui a visitar a un amigo a su oficina, para la que me había dado un artilugio plano de estos, a fin de abrir la verja de entrada, y resulta que lo había perdido. Cuando al final decidió salir para abrirme manualmente, tuve que oír lindezas como animalico, que eres mas cabezudo que yo. Que por si te ocurre esto otra vez, te voy a contar un secreto (aquí si que me callo, que a veces cuando hablo meto la pata). Y por si fuera poco quiero exponer una pequeña anécdota doméstica sucedida en una de mis habituales llegadas a casa: Jimena, rodillo en mano como en los comics, me advierte que me ha encontrado una tarjeta sellada hace una semana, y que estaba muy disgustada. Abro los ojos, dirijo la mirada al suelo, pongo la cara del  tonto que no sabe nada, algo que me sale muy bien, y antes de decirme más me enseña la del Club Sexi Zaragoza, de masajes alegres. Como por discreción va sin nombre y de verdad no tengo noticias de ella, no sé qué decir. Y la tristeza inicial de ella se transforma en ira, hasta que se me enciende la lucecita salvadora, por lo que le digo inmediatamente que llame a su amiguísima Patricia, que se había ido ayer tras pasar veinte días en nuestra casa y que  siempre en tono de broma nos contaba que tenia un ligue, algo que no nos extrañaba de esta digamos, chica tan atractiva. Con mirada maliciosa y algo indiscreta, decide llamar: Patri, cariño, has echado en falta estos días alguna cosa?" Y Patri no le deja casi ni terminar la pregunta: "¡Ay Jimena!, la del Club Sexi Zaragoza. Iba a llamarte ahora mismo. Qué habréis pensado de mi…“. Caramba, caramba, cómo cambia la expresión de esta Jimena que en tan buen apuro me había metido, y que ahora muestra su semblante mas alegre y le pregunta que si el “boy“ correspondiente le había tratado bien. Yo, que estaba atento a la conversación, oigo que "!maravillosamente“,  por lo que se produce una risotada tremenda entre las dos. Luego Jimena cuelga y me dice con entusiasmo: "!Ay Gabino que te voy a dar unos achuchones... Ven a mis brazos Y un servidor de ustedes y de Cristo Bendito, que se queda con una cara de gilipollas, que eso de los achuchones me gusta mucho.

 

MANUEL ESPAÑOL