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Mundo mágico

EL CHORIZO DEL RÉGIMEN

EL CHORIZO DEL RÉGIMEN

Cada día que transcurre se resiente más mi salud mental. Y a pesar de ello rechazo la idea de ir a las consultas de los psicoanalistas, psicólogos, psiquíatras, como hacen mis amigos argentinos, uruguayos, españoles y norteamericanos, entre otros tarados del mundo, que al final se dejan su dinero en saco vacío, y de día en día aumentan su grado de locura, mientras que me quedo tan sólo en un ser surrealista, estado bien asumido que me permite manifestar lo que pienso porque me han dejado ya por imposible. Y como la vida es un continuo ensayo para el día siguiente, y así de manera sucesiva mientras caen las hojas del calendario, trato de poner remedio a mi manera para no entrar en una carrera vertical hacia abajo que podría resultar caótica. Mi Jimena, que es un encanto, a pesar de su extraordinaria capacidad organizativa, por lo menos eso es lo que se cree ella, trata de apoyarme en todo para superar el estado de ansiedad que me corroe y que yo sólo sé superarlo a mi manera, dicen que tan poco ortodoxa y propia de un gran pecador como es mi caso. Siento, me señalan con el dedo acusador, que estoy gordito, bueno, mejor dicho obesillo, que debo perder kilos, y es cuando desnudo, me examino en el espejo del cuarto de baño y me veo unas curvas que no tienen nada que ver con el erotismo, y empiezo a avergonzarme de mi mismo, lo que me conduce, a pesar de mis falsas risas,  a un estado semidepresivo, a mí, que alardeo tanto de la necesidad del sentido del humor. Hay que reaccionar, y mi chica, con su maliciosa sonrisa asegura que me quiere mucho, que me ayudará, que tendré que poner de mi parte, por ejemplo, que debo empezar un régimen muy severo. Y tonto de mí me lo creo y hasta parece que estoy dispuesto a ponerme serio, aunque de eso tengo mis dudas. Acudo a mi médico endocrinólogo muy fraternal conmigo, y me veo de vez en cuando con los más diversos médicos, sí, esos que en las relaciones personales son amigos, esos que fuera de consulta te llevan por lugares de perdición, si bien ahora se les llama centros de cultura gastronómica o enotecas en los que a las bebidas se les acompaña con morcillas bajas en colesterol, chorizos sin grasa, callos a la madrileña, cocido, huevos rotos… Y cuando les comento mis penas sus carcajadas se hacen de lo más estridente y se hacen consentidores de mi afición pecadora que tanto placer me proporciona sin represión. Lo malo es que cuando vienen a casa, Jimena, que ejerce de perfecta anfitriona y que les ofrece las mejores viandas, les pregunta por mi situación clínica: “este loco surrealista (encima con recochineo) debe tomárselo más en serio y empezar a hacer sacrificios”. Ello me hace abrir ojos como platos y un tanto malhumorado, peso eso sí, con la mejor de las sonrisas les contesto: “Vamos a empezar ahora mismo. ¡Jimena, retira los pimientos rellenos y acompañados de salsa, congela los chuletones de buey que habíamos encargado en la “boutique de la carne”, la tarta trufada se la regalaremos a los sobrinos! No hay problema, que con una borraja cocida con patatas y aderezada con aceite de oliva virgen extra, será suficiente. Como la protesta no se hace esperar a pesar de las gracias, quien se come las borrajas tan sólo soy yo, que los demás, el resto. Y aún me  tengo que escuchar guasas y más guasas. “¿No dices que hay que tomarse la vida con buen humor? Pues empieza”. Los muy cabritos… Y encima dice Jimena que si me cabreo me pondrá a dieta de… sexo. Lo que me faltaba a estas alturas para más cachondeo.

Al final siempre cedo, y ahora que me encuentro en una etapa de pleno régimen, veo que el gráfico de mi capacidad mental está de lo más alterado. La verdad es que no me siento bien, que hay momentos en los que me comería hasta un elefante, o unas patatas con chorizo, vamos, a la riojana, unos calamares a la romana con salsa alioli o brava, o tortilla de patata… Así que para distraerme de esta pena que me acosa, enciendo el ordenador, me meto en el “caralibro”, o sea en el Facebook, y no me envían más que recetas de cocina, imágenes de platos de lo más sofisticado y apetitoso, o de ternasco de Aragón con patatas a lo pobre, o esos callos con los que tengo tanta fijación. Mi tía Cuqui, que guisa tan extraordinariamente, me llama por teléfono y me pregunta que cuándo viajo al pueblo para estar con ella, que me preparará unos platos que tanto me gustan, y que si no puedo ir allá, mi primo Marcelo el trompetista me los traerá a casa. Sí, para que me vuelva a hacer lo de la vez anterior, para a comérselos él solo con Jimena. Así mi situación se hace de lo más insoportable de lo que cualquiera podría imaginar, por lo que si a alguien le da por tomarme aún más el pelo, le contesto con la sonrisa más cínica de la que soy capaz.

A este ritmo tan alterado no se puede vivir. Como aún no estoy loco del todo, todavía tengo capacidad de pensar, aunque sea un poco; lo suficiente como para poner en práctica mis pequeños trucos. La cerveza y el vino que no me falten, y aunque a pesar de todo trato de enmendarme, aunque sea escondido (no diré donde) tampoco me faltará el chorizo ilegal no controlado para poder picotear con cuidado, pero cuando yo quiera. Es el chorizo del régimen, que con un poco de pan me hace los efectos de un calmante. Eso no quita para que de vez en cuando me tribute un homenaje, aunque sea en destino desconocido a fin de no ser localizado. Entiendo que es una manera de decir adiós al régimen, aunque sea con cierta dosis de cinismo

 

MANUEL ESPAÑOL

EL DÍA EN QUE NACÍ YO

EL DÍA EN QUE NACÍ YO

¡¡¡¡Si el agua se transformase en vino....!

 

Currito, un sobrino muy chungón él, dice acordarse del día en que nació, y te lo cuenta con gran alarde de imaginación, haciendo como si se hallase en un estado mental regresivo desafiante. No. Si es que no me tiene el menor respeto el pequeñajo este de 1,80 metros de estatura, porque claro, él es un chico muy joven, fuerte, guapo, listo e inteligente que habla cinco idiomas y que liga mogollón, tiene respuestas para todo y además lo hace muy bien. Yo, lo contrario, aunque en su momento hice lo que pude, tengo menos pelo, más años, no digo cuántos, porque algo de coqueto ya tengo. Y aunque me tiente con su guasa este chiquitín pidiéndome que haga un ejercicio extremo de memoria, que bien que quisiera, pero no acierto al mirar hacia atrás. Puedo decir que si la mirada retrospectiva hacia los sucesos en el tiempo se midiese en vertical, lo mío sería una especie de vértigo causante de un terrible pánico, como si rodase físicamente dos veces la altitud del Everest (8.848 m.) desde el punto más alto, o sea, 17.696 metros de caída en libre. En esto estaba ocupada mi mente, con la expresión facial como ida, cuando Jimena, mi mujer, me sacaba de una especie de letargo con una pregunta: “¿Qué piensas, en el día que naciste?”. Con Jimena tengo una suerte enorme; es tierna, dulce, permisiva, procura no ponerme nunca nervioso, y a veces parece que me tiene en una nube un tanto celestial, llena de algodones. Pero como siempre hay alguna excepción a la regla, he de decir que también desarrolla una guasa que me excita y hace que mi persona sufra una transformación total como si fuera el Dr. Jeckyl. Como siempre me pasa igual y los cambios tan drásticos me duran unos escasos minutos, ella ya acostumbrada, contiene la risa y espera que mi semblante vuelva a estar pacífico para volver a la carga y seguir castigándome con su peculiar sentido del humor. Al final, para encontrar una salida alegre con ésta condenada aliada de Curro, decido decirle que sí, que pensaba en el día en que nací. Lo único que recuerdo, porque me lo dijeron años después, es que yo era un bebé horrible, más o menos como ahora en adulto y muy veterano. Miro en las páginas de Wikipedia, y aunque estábamos en las últimas de la Segunda Guerra Mundial, de ese día las crónicas de los periódicos no publican nada reseñable. ¡Qué desconsideración hacia el que luego sería el loco surrealista!, ¡qué poca visión de futuro!

Aunque no me gusta mirar hacia atrás, en ocasiones no puedo evitar algún sentimiento de nostalgia mezclada con algo de malicia hacia una infancia que con ayuda de algo de imaginación, me permite reconstruir momentos que dejaron en mí huellas extrañas y a mi manera. Recuerdo que cuando apenas levantaba unos escasos palmos del suelo y me hallaba en el parvulario, ¿o no era en el parvulario? El caso es que ya se nos hablaba de la Historia Sagrada y de la vida de Jesucristo. Como quiera que suelo cambiar de vez en cuando las situaciones y las interpretaciones de las mismas, se me quedó grabado de una forma peculiar el milagro de las Bodas de Canaán, sí, esas en las que Jesús, a los 11 años, convirtió el agua en vino y así pudieron beber todos, y alguno hasta en demasía con la consiguiente resaca. ¡Como que me hubiera dejado mi padre hacer eso! ¡Lo bien que me lo hubiera pasado con él como amigo suyo maquinando trastadas de ese tipo! Gracias a cómo me contaron en el “cole” el milagro, y en mi afán de entender todo al revés, sentí una necesidad inmensa de saber transformar debidamente la uva, o saber lo suficiente de química como para convertir el incoloro e inodoro elemento en vino, a ser posible del Somontano de Huesca, que el negocio hubiese resultado redondo. En el fondo, y tratando de ser medio realista, y sin pasar de medio tonto, debo de reconocer que en ese momento, el Niño no se acordaba de lo que le había sucedido a Noé cuando bebió los efluvios de Baco al salir de su famosa arca cargada de animales después de unas inundaciones que duraron cuarenta días y cuarenta noches. Que por lo visto en Canaán hubo quiénes agarraron moñas de impresión, que él había obedecido  órdenes de los mayores. Así le conté la historia al cura de turno que me examinaba, que me respondió que si quería yo hacerle comulgar con ruedas de molino. “De molino, de molino, precisamente no, que usted tiene una cara muy grande, y aunque la boca también…”. Total, que me soltó un bofetón nada simbólico, y me echaron del colegio. Afortunadamente, la represalia física no me llegó porque me agaché a tiempo y el que salió con la cara amoratada era un compañero que no tenía nada que ver. Vamos, que no me acordaré del día en que nací, pero sí del día de mi expulsión, por más que haya llovido. Y es que la memoria es tan selectiva...

 

Manuel Español

CON LAS ESCOPETAS CARGADAS

CON LAS ESCOPETAS CARGADAS

Leo y repaso de nuevo la triste y lamentable historia de los periodistas españoles secuestrados en Irak. Uno de ellos, Marc Marginedas, de “El Periódico de Catalunya”, ya pudo hace unos días reunirse con sus familiares. Este próximo domingo 16 de marzo de 2014, se cumplirán los seis primeros meses desde cuando se produjo la captura por parte de una facción de Al Qaeda. Tanto Javier Espinosa (“El Mundo”) como el fotoperiodista Ricardo García Vila no han vuelto, no se sabe a ciencia cierta cual es su situación real, y en cualquiera de los casos nada, placentera. Trato de reflexionar sobre la suerte de estos compañeros y no puedo evitar mi entrada en un estado de regresión que me hace recordar experiencias propias o vividas desde la más inmediata cercanía, que el paso del tiempo no ha podido borrar.

Una noticia que me produjo  un vuelco total en mi estado de ánimo fue cuando estaba ejerciendo mi profesión en “La Gaceta del Norte” de Bilbao”. Cada jornada. cuando salía al mediodía de la Redacción, iba a comer siempre con algún compañero a determinados restaurantes económicos o casas de comidas cercanos. El día 27 de junio de 1978 compartimos almuerzo José María Portell y yo, y en la cercanía comentábamos aspectos muy humanos, me hablaba de su mujer, la también periodista Carmen Torres Ripa, y de sus cinco hijos, de su preocupación por la situación familiar en caso de producirse algún percance, aunque también había instantes entrañablemente distendidos. El caso es que, el despertar del día siguiente fue el más terrible de mi vida profesional. La voz de Luis del Olmo, que tantas veces me ha acompañado a lo largo de las mañanas radiofónicas daba la noticia, que ya la cogí empezada: “…deja viuda, Carmen Torres Ripa, y cinco hijos”. Me puse muy nervioso, tomé mi “Seat 127” y en unos minutos me planté en el número 8 de la calle Henao. Allí me encontré con José Luis Bengoa Zubizarreta, quien tiempo después sería director de Cadena SER Radio Bilbao,  que me indicó que José María había sido acribillado a balazos cuando se disponía a tomar su coche, que la propia Carmen había sido testigo desde el balcón de su casa en Portugalete. Era el primer asesinato de un periodista que había cometido ETA. Ese día devolví la escasa comida que había ingerido. Mi impresión y tristeza fue tal, que a los tres días me presenté en el despacho de mi director y le dije que me quería ir, que no aguantaba más. Me persuadieron él y mis compañeros al hacerme ver que no tenía otra opción laboral, algo que tenían toda la razón. Afortunadamente allí estuve bien tratado hasta  casi finales de 1984, cuando regresé a Zaragoza y comencé a trabajar en HERALDO DE ARAGÓN, y así durante 20 años hasta mi jubilación. En mis siete años de estancia en la capital de Vizcaya me correspondió cubrir información de otros atentados y hasta de algunos secuestros. Sin embargo, en ese fatídico 1978, el 23 de octubre tuve que formar parte del equipo de redactores encargado de elaborar las informaciones sobre la tragedia escolar de Ortuella, al explotar una caldera de calefacción con un registro total de 52 muertos, cuarenta y nueve de ellos niños. La situación que se vivió en los centros hospitalarios y en su entorno, fue dantesca. Vi cadáveres y heridos y ello produjo un impacto tan especial, que sus imágenes aún se repiten de vez en cuando.

En Zaragoza, para mi propia satisfacción, he vivido siempre la información deportiva, a la que me he dedicado totalmente, si bien me ha correspondido dar la noticias demasiadas veces repetida, de amigos míos muy entrañables muertos de accidentes de montaña. Para colmo también  tuve que transformarme de nuevo en improvisado redactor de sucesos, y nada menos que en mi pueblo, en Biescas, el 7 de agosto de 1996. No quiero entrar en detalles, pero lo cierto es que una tormenta muy intensa descargó tal cantidad de agua que se produjo un tapón en el barranco de Arás, que inundó salvajemente en Camping Las Nieves, con el triste balance final de 87 muertos y 183 heridos. Biescas se volcó con las familias afectadas haciendo gala de la mayor generosidad del mundo, si bien el dolor resultó inacabable.

A los periodistas se nos juzga a veces con ligereza como gente fría y también en ocasiones, o casi siempre, como manipuladora. Casi se podría decir que somos como palomas mensajeras que transmiten las noticias tal como se producen, pero muchos tienen la escopeta preparada para disparar y evitar que la verdad sea difundida. Está claro que somos molestos para determinados intereses creados que para mantener sus situaciones de privilegio ponen en funcionamiento una maquinaria muy poderosa a través de infamias facilonas no demostradas. ¿Acaso tenemos la culpa de que los derechos humanos sean atropellados? ¿de promover conflictos armados sin ningún sentido?, ¿de denunciar casos de corrupción existentes? Y aún nos tenemos que oír: “La culpa la tienen los periodistas”. Somos humanos, y continuamente me pregunto si debemos implicarnos emocionalmente en las informaciones. Pues mi respuesta en “rotundamente sí, hay que ser justos y ¿por qué no?, apoyar a los desamparados”. A pesar de las situaciones tan horripilantes que nos tocan vivir de vez en cuando, muchos creemos que nuestra profesión está cargada de ideales. ¿Por qué los compañeros secuestrados acuden a informar sobre lo que ocurre en esas guerras tan crueles que hay en el mundo, en ese tercerísimo mundo donde niños y adultos mueren de hambre. Ellos son periodistas, no están en ninguno de los bandos, ni originan conflictos y gracias a ellos sabemos lo que ocurre por esos mundos de Dios y a veces también del diablo. Y como no todo deben ser tragedias, lo que más nos gusta es transmitir alegrías. Sería maravilloso que nuestro amigo y compañero de esta Asociación de Periodistas Aragoneses, Gervasio Sánchez, como portavoz de las  familias, diera pronto la noticia de la  puesta en libertad de Javier Espinosa y Ricardo García.

 

Manuel Español

EL CUENTISTA DEL BANCO

EL CUENTISTA DEL BANCO

Estaba en el Madrid de Ana Botella, si, la alcaldesa que habla inglés con acento de Lavapiés, meditando qué se podía hacer por ayudar al país, tan saturado de "salvadores" de un pasito adelante y dos pasitos atrás. Ante tamaña empresa, llegué a sospechar que  estaba mucho más loco de lo que creía, que debía de serenarme aunque fuera solo un poco. Así sucede que burrada tras burrada de intenciones (que me perdonen los asnos), se acumulaba en mí todo un interior lleno de brechas, no sé si curables a estas alturas. Y no exteriorizo lo que pensaba, porque uno es educado y pacifico, que los encargados de regir nuestros destinos patrios se merecen collejas mayúsculas.  Vaya, que me estoy poniendo blando y demasiado cortés, que así no se consigue nada, que bla, bla, bla y bla…  Y así, una tras otra en una cinta sin fin. En esas estaba en la capital del Reino de España, a donde había acudido entre otras bondades para disfrutar de sus museos, teatros, salas de exposiciones, y ¿por qué no?, para dar rienda suelta en la medida de mis posibilidades, a mi vocación del loco surrealista que soy, y que también disfruta con intensidad de la observación de los tipos de los barrios castizos, de chulapones y chulaponas, !que olé la gracia que tienen!, del hombre invisible de la Plaza de Oriente, del Homer Simpson de la Puerta del Sol, si, si, allí donde se encuentran, no es ninguna ironía, el oso y el madroño, que uno, cualquiera que se acerque, y proceda de donde proceda, nunca es forastero en Madrid.

Soy aragonés, que no quepa duda.  Y en esas estaba presumiendo de aragonesismo junto a un grupo de amigos en un establecimiento hostelero muy próximo a la Plaza Mayor, disfrutando de unos callos exquisitos bien regados con tinto del Somontano de Barbastro, cuando sonó mi teléfono móvil, y en la distancia se escuchaba la voz de mi primo Marcelo para darme las novedades de su pueblo, que no es el mío pero al que le tengo igualmente mucho cariño. Marcelo, que se había vuelto algo más sensato y había dejado de tocar la trompeta para alivio de vacas, cabras y demás ganado, me dijo que me acercase cuanto antes por allí, que habían inaugurado un banco con dos empleados y mucho dinero en la caja, que así la plaza había quedado muy maja, que además Claudio, uno de los típicos de aquellos lares, hacía guardia en el edificio en horas de oficina. Estaba muy claro que ese número no me lo iba a perder y que aprovecharía igualmente para disfrutar de uno de los guisos de mi tía Cuqui.  Ante ese panorama tan sabroso, días más tarde, allí que me plante, como no podía ser de otra manera. Así que dejé el utilitario en la misma plaza donde estaba el nuevo banco, ademas del Ayuntamiento, bar-casa de comidas, consultorio médico y parroquia, y allí estaba Claudio, quien tanto decía apreciarme ("como si fueses mi hermano" me decía casi siempre), pero que en esta ocasión no me hizo ni caso. Me acerqué a él y... como si nada. Estaba demasiado atento a pasar el dedo en la fachada bancaria, por lo que para llamar su atención le tuve que gritar al oído:   ¡Claudioooooooooo! Más pacifico de lo que pudiera imaginar, no se lo pensó demasiado al decirme: "Ay mocete, que con razón te llaman loco. ¿No ves que estoy contando dinero? Al abrir este banco, los amos del mismo me contrataron como cuentista. Me pusieron un chip en este recuadro marcado con tiza, y cada vez que paso el dedo supone  un euro de ganancia para la entidad, y si cuento tres mil, mil quinientos son para mí. Lo malo es que tengo que controlar también al Macario y al Saturnino, para que en sus horas laborales no dejen la oficina, y si se van y lo cuento a los jefes de la ciudad, les echan a la calle y no les pagan, por lo que me odian y dicen que soy un chivato y un cuentista... Pero oye, loco, siento decirte que he perdido “demasíau” tiempo contigo, que tengo que ganar más dinero". Como vi que desde dentro de la oficina el Macario y el Satur  no podían contener más la risa, entre allí y me contaron su historia. Claudio no dejaba parar a nadie en el pueblo; al cura, que le llamaban don Casto, le amargaba la vida con sus chistes verdes, al médico le daba todos los días trabajos extra, bien por purgaciones  (hasta el pueblo llegaban con frecuencia putas veteranas no revisadas) o por patadas que daba a las piedras; a la seña Paca le tomaba prestada de vez en cuando alguna gallina para comer, o bien les quitaba los huevos recién puestos. Y de esta manera, sus "hazañas" se multiplicaban. Es por ello que los dos empleados, apoyados por todos los habitantes del pueblo, idearon esta historia poniéndose de acuerdo con sus jefes. Y Claudio, que un tanto loco más que yo, además de tonto,  pesetero y egoísta, picó en el anzuelo y volvió la tranquilidad. No sé por cuánto tiempo será así, porque cuando pasen más de tres meses y se canse de recibir su sueldo a través del chip prodigioso, estoy convencido de que montara en cólera.

 

MANUEL ESPAÑOL

MARCELO EL TROMPETISTA

MARCELO EL TROMPETISTA

En verdad, en verdad os digo, que toda mi vida he sido un pirado por la música, especialmente la clásica, pero también de todo tipo de estilos si la calidad es buena. Me he emocionado con el sonido de un violín, con la fuerza de un  piano, con el decir de un saxo tenor, con este idioma tan internacional en el que muchas veces sobran las palabras y afloran los sentimientos. Acabo de escuchar los conciertos de clarinete y oboe de Mozart y me dan ganas de entrar en un trance místico que también tiene mucho de sensual. Y no digo nada del Bolero de Ravel con sus cadencias tan lentas, casi imperceptibles en el inicio, y que terminan siendo coronadas por el más puro frenesí. Pero una cosas son los sueños, esos deseos tan nítidos y claros que mezclan espíritu y fuerza para invadir el propio interior, y otra estrellarse  contra esa incapacidad que nos impide estar dotados para escalar las cumbres de nuestros deseos. Sí, amigos, que a este loco surrealista bien que le hubiera gustado ser un virtuoso, y se conforma con sentir goces  tan especiales, bien a través de grabaciones que nos dejan las grandes orquestas, o de conciertos clásicos que haya podido ver en directo. Hubiera estudiado en un conservatorio, pero al final no lo hice, quizás por haber tomado toda una serie de desvíos que se apartan del camino recto de la vida y que conduce a otras metas, a las que he llegado y que también me hacen disfrutar con intensidad.

El caso es que, un buen día me llamó por teléfono  mi primo Marcelo, de un pueblo muy cercano al de la tía Cuqui, diciéndome que quería ser músico. Tras el monumental susto que me llevé al recibir tan directamente la noticia , tanto que tragué  y expulsé por conducto nasal antirreglamentario la cerveza con que tan ricamente quería refrescarme, una vez en calma pensé que “el chico, aunque no es de muchas luces, hay que ayudarle. Por lo menos que aprenda a tocar un instrumento, algo que no supe hacer yo, y si con eso es feliz…”. Así que le dije : “vente unos días a Zaragoza, y veremos qué se puede conseguir”.

Marcelo, mozo recio y alto, es muy buena persona, “un bendito”, que se dice en esta tierra a orillas del Ebro, y un tozudo tan mayúsculo, que como se empeñe es capaz de atravesar un muro a cabezazos. En mi casa se plantó portando unos paquetones enormes que contenían productos de la matanza del cerdo cargados de colesterol: chorizos, un jamón, morcillas, madejas ya preparadas, longanizas, y por si fuera poco, huevos de corral. El caso es que tras dejar la mercancía me traspasó una sensación de alegría que no hay quien se la pueda imaginar. Por un momento pensé en los homenajes que me iba a tributar a espaldas de mi médico endocrinólogo, porque es que si se enteraba de la verdad me oiría, lo que en realidad me oigo todos los días: “estás loco”, con lo que mi propia respuesta sería “afirmativo”. No hizo falta que me echara la bronca el galeno, porque en esos instantes llegó a casa mi sufridora, que a pesar de que parezca que no, quiere con locura al primo. El caso es que tras el numerito de ella y la cara de tonto que ponía yo, y tras la risa que le dio a Marcelo, porque por una vez me abroncaban a mi y no a él, que repito, no tiene muchas luces, llegó la calma flotando en una nube cargada de guasa por parte de ellos, mientras que la mía almacenaba truenos, rayos y agua teñida con betún negro. Se dio la situación de que me vi forzado a expresar una cierta tranquilidad y callar. A la hora de la cena me di cuenta que el gran paquete de la cerdada había volado hacia un banco de alimentos, algo sobre lo que no tenía nada que objetar. Pero el recochineo mayor fue que tras no parar de reír, la sufridora y Marcelo habían guardado para ellos alguna pequeña propina que muy pronto pusieron sobre la mesa: un par de huevos fritos cada uno, con patatas fritas, chorizo y morcilla. A mi me reservaron un poco de borraja cocida, un filetito de pescado a la plancha y una manzana. Mi primo, el muy “c…” que no paraba e soltar carcajadas, aún tuvo el atrevimiento de darme una fuerte palmada por detrás cuando mi mujer se había acercado un instante a la cocina y yo tomaba más calmado un vaso de vino, que también expulsé por conducto antirreglamentario. Para apaciguar mis nervios, ella que cada día me atrae más, aún me susurró al oído sano: “anda cariño, que si te veo contento, esta noche practicaremos en nuestro cuarto esos enredos que tanto me gustan”. Así que mandé a Marcelo a la cama (la suya, aclaremos) y no opuso resistencia. Jimena y yo nos acostamos rápidamente y a mi me faltó tiempo para empezar a enredar, cuando oímos voces procedentes de otra habitación: “ay que malico, qué malico estoy” y le contesté: “eso son las morcillas y el vino que te has bebido, que te han sentado muy mal”. Tras una inmediata risotada, la primera del día y de la noche, me volví hacia mi sufridora, que en ese momento empezaba a vomitar. Así que tras un “que os den morcilla y huevos”, también me quedé toda la noche en vela y sin sexo, eso sí, pensando en el “Bolero” de Ravel, que siempre es un recurso.

Como en el fondo no me tengo por mala persona y amo tanto la música,  al día siguiente era el momento de acompañar a Marcelo a que eligiese instrumentos. Mientras andábamos por la calle vimos cómo unos ambulantes llevaban una cabra y de repente se pararon, uno tocó el “España cañí” a la trompeta, al mismo tiempo la cabra bailaba y hacía equilibrios en la punta de un palo, y otro pasaba la gorra para la “ayuda al arte”. Mi primo estaba embelesado con la cabra y el instrumento de viento, compró este último a peso de oro para desesperación mía. Pero el pobre no me dio ningún mal más. Se fue con el cabrero para aprender el oficio y así poder tocar la trompeta y tan sólo acertó a decir que “cuando sepa tocar me vendré unos días a tu casa a darte un concierto”. Tengo entendido que fue muy buen alumno, porque el ambulante le dijo en pocas jornadas que ya había aprendido todo, que era muy bueno.

Como Marcelo añoraba su casa del pueblo, le eximí de su compromiso del concierto en la mía. “Bueno, ya te tocaré por teléfono”, dijo finalmente a modo de despedida. Unas semanas después de ensayar por el monte, las vacas y las cabras habían dejado de dar leche, y la poca que les quedaba salía agriada; al poco se escapaban del término municipal. Sabedores del origen de la causa, los vecinos, que también querían a Marcelo, le quitaron la trompeta y   “a escote” le regalaron una casa en las afueras, para evitar que lo vieran más los animales. Marcelo dejó de ser el trompetista y volvió la buena leche.

 

MANUEL ESPAÑOL

BUITRE Y MENTIROSO

BUITRE Y MENTIROSO

En esta vida me he tenido que oír de todo, desde buitre hasta mentiroso y sinvergüenza, incluso he sido víctima de amenazas físicas y verbales, y todo por servir a la verdad, por ser testigo de momentos delicados, aunque también alegres por los que he recibido mi recompensa moral. No sé si soy un viejo periodista o un periodista viejo que todavía quiere alimentar un permanente espíritu joven y hasta rebelde, abierto a un evolucionismo constante, no sé si acertado o no. Por ello mismo, y hablo exclusivamente de mi caso, dudo mucho eso de que la veteranía sea un grado, aunque algo sí ayuda. Prefiero partir de la base de la necesidad de ser un eterno aprendiz de la vida, de la cultura, de la comunicación, y así sentirme una persona cada vez más libre. Si algo me gusta de esta veteranía de la que disfruto, es que he tenido amigos personales que en sus últimos años de vida fueron para mi unos auténticos maestros, que me permitieron la cercanía hacia a unas fuentes de sabiduría enormes, solo asimilables por personas de su condición humanística e intelectual. Ni de lejos me considero capaz de llegar a una cierta aproximación, porque por poner ejemplos, diré que Sabino Ruiz Jalón y Pepe Montero Alonso, e incluso Pepe Molina Plata y Alejandro Fernández Pombo, dejaron una estela imborrable en mi interior. Permitidme que me centre en Sabino, contemporáneo y buen amigo de Federico García Lorca que fue, y con quien compartí cientos de horas de conversaciones. Para la historia quedará grabada su intervención en la refundación de la Sociedad El Sitio, de Bilbao, en la que tuve la suerte de participar. Entre otras palabras dijo: “Dicen los pastores que las águilas vuelan solas; es verdad. Sólo necesitan el espacio infinito del cielo azul y la inmensidad de la Naturaleza para volar. Veamos en ella nuestro símbolo, y como el águila, volemos por los espacios infinitos de la Libertad y la Cultura”.

Ante estos razonamientos, a nadie se le escapa que estamos en la profesión más bella del mundo, a la que nos entregamos con amor, pero que tantas amarguras suele darnos. Hoy en día, el periodista que tiene la suerte de ocupar un puesto laboral apropiado a su formación, debe estar preparado para lo bueno y lo malo, en especial cuando los vientos soplan huracanados en dirección adversa, para ser un incomprendido por parte de ciertos sectores de la sociedad, para ser tachado de buitre, de culpable de muchos de los males que padece el país. Antes, en el año uno der nuestra era no sé si estaría establecido el ejercicio de esta profesión, pero no me extrañaría nada de que si Jesucristo hubiese muerto a estas alturas en la cruz, más de uno diría eso tan manido de que “la culpa la tienen los periodistas”. Y luego aún habrá quien nos denomine “el cuarto poder”.

Pues sí, que antes éramos unos privilegiados a quienes no solo se nos respetaba, sino que llegábamos a unos grados de admiración del que hoy gozan unos pocos, circunstancia que también repercute económicamente y con abismales diferencias. Para colmo pocos son los que alcanzan puestos laborales en las redacciones de los medios informativos, cada vez más disminuidos, muchos periodistas tienen que convertirse en autónomos a fin de obtener algún ingreso y poder cotizar. Quedan las posibilidades que ofrecen los gabinetes de comunicación, los puestos de directores de comunicación, pero para mayor sarcasmo hay empresas que ni siquiera exigen una titulación o  preparación apropiada, que solo se pueden garantizar a través de las intervenciones de las Asociaciones de Periodistas. Para más guasa está la Universidad de Zaragoza, que imparte los títulos universitarios correspondientes y específicos, pero que después no los exige a la hora de sacar a concurso un puesto de trabajo. Y las facultades están llenas de aspirantes que trabajan duramente para ser alguien en la profesión elegida. Los alumnos saben perfectamente que el  periodismo se halla inmerso en un paréntesis crítico, pero ellos han decidido seguir adelante y mirar hacia el horizonte con una sonrisa, pensando como en su día ya lo hicimos nosotros, que a pesar de todo, no hay otra profesión más bella que la nuestra.

 

MANUEL ESPAÑOL

LA FELICITACIÓN DE LA TÍA CUQUI

LA FELICITACIÓN DE LA TÍA CUQUI

El dibujo es de mi sobrino Pablo Español, que así me ve el muy...

 

DEDICADO EN ESPECIAL A MIS AMIGOS DEL INSTITUTO QUEVEDO DE HUMOR

 

Mi tía Cuqui es un ser especial y goza de mi cariño más intenso. Vive un tanto solitaria en el pueblo, en una casa grande, hermosa, sí, una casa que siempre ha sido la de todos a lo largo de un montón de generaciones. Allí nunca dejó de haber bullicio y alegría, además de corral con gallinas ponedoras, gallo que animaba el gallinero, conejos que se multiplicaban continuamente, perro y gato. Algunos amigos del lugar le acompañan y siempre están para lo que necesite, que si el médico don Jonás, el cura mosén Pancracio, así como doña Julieta, y la verdad es que otras personas también pasadas en años viven el presente casi junto a ella. Aún recuerdo aquellas habitaciones llenas de gente, las reuniones de la cadiera junto a la chimenea, las tertulias de rosario y chocolate en el salón del primer piso…

Ella aún siente y añora las ausencias de los que se fueron, pero ha sabido mirar hacia delante y continuar la vida con una sonrisa, peleando contra la adversidad y comunicándose con el resto de los suyos y con el mundo en general, a través del “skype”, ese invento del demonio al que unos llaman Facebook y otros “Caralibro” . Así está al tanto de una manera interactiva de cuanto sucede más allá de su entorno municipal. De esta manera, muchas veces llama a su sobrino del alma, a este loco surrealista que a veces viste que es un desastre, que en ocasiones lleva el pelo largo, a fin de que me ponga ante la cámara para así pasarme revista y echarme la cantada. Me llama de todo, me dice que si estoy como una cabra, que soy un ingrato, que no voy a verla, y así me pone a parir hasta que suelto la carcajada, hasta que se ríe ella y me dice: “Calla, calla, desustanciado” .

Mi tía y yo nos queremos, casi como si no pudiéramos pasar el uno sin el otro, pero no nos parecemos en nada, si no es en que los dos tenemos la sangre roja y el corazón a la izquerda, mal que le pese a ella. Cuqui es conservadora, yo no; ella es de derechas, yo no. Bueno, para decir verdad, no sé que soy, si bien para hacer rabiar y sacar chispas, de vez en cuando hay que llevar la contraria, porque eso de estar siempre de acuerdo, supongo que tiene que ser algo aburrido. En la vida, un gramo de locura pienso que está bien tenerlo, y no importa si nos excedemos un poco.

Bueno, que llega la Navidad y nos intercambiamos muchos besicos al aire y por medio de la cámara de internet, que no saben a lo debido, pero algo es algo. Eso sí, cuando llegan los días 24, 25 y 31 de diciembre, así como el 1 de enero del año siguiente, raro es que no estemos juntos. Así que para Nochevieja, me fui por la mañana al pueblo a brindar una fecha tan celebrada. Hay que despedir el año  y dar la bienvenida al siguiente, siempre con las mejores intenciones y nunca con un “que te parta un rayo”, por más que alguno lo piense. Con estos deseos me he plantado en el pueblo, para brindar junto a la tía por nosotros, por la familia, los amigos y por los pacientes lectores del “Loco Surrealista”. Pero la tía dice que quiere brindar igualmente por la paz en el mundo y le contesto eso de “bueno….”, por lo que alzamos y acercamos nuestras copas. Así nos acordamos y así repetimos por el primico que está en Japón, por el bebé que parieron hace dos meses los vecinos de al lado de mi casa en la ciudad y que no hace más que llorar, por el ministro Montoro que nos fiscaliza todo, ¡no por ese no, que se nos atraganta el cava!, por Jesús cuando convirtió el agua en vino., que ese sí. Y tras copa y copa decidimos sentarnos porque no nos mantenemos en pie. Hay que dar cuenta del cabrito asado al horno que ha encargado Cuqui a la Panadería del pueblo, y está exquisitamente aragonés. Entre bocado y bocado, risas, y entre bocado y bocado, algún recuerdo salpicado de discusión, y como nunca llega la sangre al río, tan felices.

Lo hemos pasado tan bien hasta el momento y la verdad es que ya ha llegado la hora de marcharse. Pero yo no me quiero ir sin mi tía, que estamos los dos de lo más cariñoso, y como el que conduce soy yo y no estoy en condiciones alcohólicas, es ella la que me quiere secuestrar y me obliga a quedarme en su casa, para lo que en un plan preconcebido ha preparado mi habitación. Llamo a mi mujer, habituada a las horas intempestivas, le digo lo que pasa y ella me comenta que tiene el vehículo estropeado, que bien, que no puede venir a reunirse con nosotros, y que ella se irá a casa de sus padres. De esta manera llega el instante de las uvas y de los buenos deseos. Tía y yo expresamos al unísono las intenciones para nuestros lectores: “Que el año 2014 sea mucho mejor que 2013, que haya mucha ventura, salud y especialmente sentido del humor, que si se pierde éste se pierde la esencia del ser humano”. Personalmente le añado que “el Gobierno ponga punto final a los recortes, que la sanidad vuelva a ser lo que fue, que aumenten los sueldos y las pensiones, que descienda el número de parados en España…” Cuqui me dice: ”Estás borracho”, y yo apostillo: “Tu también”. Los dos: “Hasta el año que viene, besos para todos”. 

MANUEL ESPAÑOL

CADA DÍA, MÁS LOCO

CADA DÍA, MÁS LOCO

A veces la soledad es buena, pero si uno persiste en ella termina discutiendo consigo mismo. Eso me suele ocurrir cuando en mis jornadas matinales ejerzo la sana costumbre de caminar por las vías públicas, ya sea en Zaragoza o en Madrid. Y así encerrado en mis propios mundos, recuerdo tiempos pasados, con una transición rápida vuelvo al presente y en ocasiones pienso en el futuro como si ya estuviese en el mismo, o pongo en marcha mi imaginación tratando de imprimirme de ese grado de locura tan necesario para vivir “a mi manera”, algo que casi nunca consigo por más que lo intente.

A veces trato y logro reírme de mi mismo, de mis recuerdos de las travesuras que hacía en mi época más infantil (aún no he abandonado la infancia), sí, de aquellas fiestas de Magallón con vaquillas que los mozos trataban de sortear en una plaza de toros improvisada y rodeada de carros que hacían las veces de tribunas para el público. Como era un niño, los mayores -¡siempre los odiosos mayores!- no me dejaban saltar al ruedo, pero me colaba en los corrales y me paseaba entre las vaquillas que afortunadamente para mi integridad no me hacían ni menor caso. Así comencé mis andanzas como loco surrealista, condición que también confirmé en Biescas, el pueblo de mis amores, que tenía unos árboles frutales espléndidos, a los que con frecuencia me subía con los amigos para robar sus productos, darnos luego un atracón que nos obligaba a descargar en el campo a causa de los retorcijones de tan tamaña ingestión.

Pero claro, han pasado los años y de pronto nos hemos plantado en el  presente y me he dado cuenta que si recordar es vivir, también hay que mirar hacia todos los lados, adelante, atrás, un, dos tres… La mente puede ser rápida y a veces es tan difícil coordinarla, por no decir imposible, lo que nos lleva al deterioro de nuestra higiene mental.

Que uno en sus paseos no sólo recuerda, sino que piensa en lo mal que está la vida, en la crisis tan salvaje que vivimos actualmente, en nuestros políticos mal llamados padres o madres de la patria… Que no, que no, que no les llamemos padres o madres, que luego no queremos que nos digan “hijos de…” y salgan ellos mal parados, que nosotros somos muy sufridos. Pero… claro está que la paciencia tiene un límite, y al final llegamos a tal grado de desesperación, que somos nosotros los salpicados, montando en cólera de esta manera y protagonizando unas reivindicaciones duramente reprimidas por el ¿orden? establecido.

No digamos nada de la corrupción que nos invade en este país todavía llamado España y que tanto quiero. En tiempos en que dimiten hasta los Papas, aquí no  hay nadie que lo haga.

Pues parece que hoy, en este paseo zaragozano por el Parque José Antonio Labordeta, estoy de mal carácter, que no encuentro la cara divertida de la vida, que no acierto con una crítica sagaz de las que tanto me gustan. Uno de los remedios que trato de aplicarme en situaciones así es la de hacerme un homenaje gastronómico (no en otra cosa, mal pensados) y en ocasiones suelo acertar en mi propósito de ¡fuera cabreos! Así que me dispongo a tomar el tranvía que me dejará en las proximidades de una buena taberna en la que hacen un bacalao al pil pil que a mi me parece tan especial. Algunos de los sufridos lectores vecinos y conocedores de Zaragoza ya saben de las averías que suelen darse dos días sí y uno no en estos vehículos eléctricos de titularidad municipal. Cargado hasta los topes, me tocó en el momento y en el día que sí, por lo que también en el interior se estableció una corriente de malos humos, en cuyo ambiente estuve respirando durante casi  media hora, con lo que se me fueron las ganas de bacalao. Así que decidí irme a casa con un enfado monumental y pensando en insensateces tan enormes como la de sentirnos insultados por quienes dicen que salimos de la crisis, que afirman, no sé si con recochineo, que los sueldos suben aceptablemente, y todo ello mientras se quitan pagas extras, se rebajan salarios y se semiprivatizan y en muchos casos se privatizan tantos y tantos servicios públicos.

¿Y ahora a quien le doy un corte de mangas?

 

MANUEL ESPAÑOL