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Mundo mágico

SOÑAR ANTE LA LUNA EN LA HABANA VIEJA

SOÑAR ANTE LA LUNA EN LA HABANA VIEJA

 

Sonaba la música, los cuerpos bien apretados y las mejillas de ambos muy juntas. No había huecos entre nosotros, nuestros pies se movían sin casi despegarse del suelo, mientras una débil bombilla roja nos iluminaba. ¿O eran dos? Tan sólo la guapa mulata cubana Elmira y yo estábamos en la pista de baile mientras sonaba la voz de Simón Díaz con su “Luna de margarita” convertida en un destello dulce de fuego y brasa muy viva, como el más increíble susurro habanero. Estábamos en la zona central de una sala de fiestas tranquila, casi clandestina, aunque muy cerca del romántico malecón donde a la luz de las estrellas, las parejas se besan y acarician, y yo era el hombre más feliz del mundo. Era hermoso sentirse cubano en Cuba y a mí la isla me prendó. A Elmira la conocí hace muchísimos años en pleno vuelo que hicimos juntos de Madrid a La Habana, con escala en Gander (Canadá). Mujer muy esbelta, guapa, decidida, culta y simpática, regresaba a su país a encontrarse de nuevo con un novio que había dejado seis meses atrás. Entonces yo era muy tímido (ahora no tanto, pero también) y al coincidir en los asientos fue ella la que inició la conversación. Le dije que era periodista y que viajaba para encontrarme con unos amigos que ya estaban en Cienfuegos desde hacía una semana y que en tres días iban a llegar a La Habana a fin de continuar viaje todos juntos. Le pregunté con cara de pena qué podía hacer un hombre solo y joven durante dos jornadas en la capital. A ella se le iluminaron los ojos y pronto me contestó eso de “¡Ay mi amor… Tu no estarás solo si quieres que te acompañe”. Y ante tal proposición, como no me salían las palabras  causa de una improvisada tartamudez, aunque soy de acción directa, por supuesto que no dudé ni una décima de segundo en pasarle mi brazo sobre los hombros y ella inclinó su cabeza sobre mi. Cerré los ojos y me dediqué a soñar bellos momentos con la persona que estaba a mi lado y hasta canté mentalmente “Gracias a la vida”. Así pasaron unos minutos intensamente dulces hasta que de repente pensé en el novio ese y me imaginé a un recio gigante, “que como esté en el aeropuerto esperándola…”, por lo que salí de mi ensimismamiento y me di cuenta que ella sí dormía, quizás pensando en… no sé qué historias. El caso es que no quería despertarla pero empecé a toser, nerviosamente, a producir sonidos guturales, y así cuando parecía moverse le pregunté si dormía: “No, mi corazón. Tan sólo estaba pensando en ti”. Al final me confesó que el muchacho o “boy” o como se diga, iba a tardar cuatro días en reunirse con ella, ya que trabajaba en Varadero. Me confesó  que le hacía mucha ilusión pasear conmigo y llevarme a conocer La Habana más auténtica, de la que disfrutan los cubanos. Poco a poco llegaron los arrumacos con una fuerza volcánica. Me sentí tan feliz que el mundo me parecía más celeste que terrenal. Estábamos en pleno vuelo y yo tan contento, cuando la “love story” se vio interrumpida por la presencia de una azafata que amablemente me ofrecía un mojito, y yo me tomé uno tras otro. ¡Qué delicia de viaje! Elmira reía sin parar dejando ver sus dientes blancos y era ella la que me pasaba la mano por el cuello en un ademán de cercanía. Así hasta que el capitán anunció que estábamos ya a punto de tomar tierra en el aeropuerto José Martí. Era una hora temprana cuando llegamos a La Habana, ella me acompañó hasta el hotel en el que me dejó antes de ir a su casa, y un par de horas o tres después volvió a recogerme para comenzar el paseo habanero por la parte vieja: La Bodeguita del Medio, café muy especial en el que se inspiraba frecuentemente Hemingway, así como el Café Zaragoza, que estaba a muy pocos pasos, el Capitolio, la Giraldilla… todo ello con un sabor muy especial y con unas gentes que destilaban generosidad, cariño y simpatía. Tras cenar en un restaurante muy del pueblo, y con unos excelentes sabores, salimos tomados de la mano y ella me susurró: “Y ahora, para acabar la noche, mi amor, te voy a llevar a un local muy especial: la boîte de Uan, donde se enamoraron mis padres. Es un sitio modesto pero con buena música para enamorados”. Sí, allí sonaba “Luna de margarita”, “Yolanda”, “Siboney”, mientras Elmira y yo bailamos muy apretados, con las mejillas juntas, casi sin mover los pies. Aquello fue como un sueño difícil de despertar. Ha pasado mucho tiempo, han caído muchas hojas del calendario y todavía no se lo he contado a Jimena. Si lo hago verbalmente se me trabará la lengua y no me creerá, si se lo doy a leer, al final me dirá eso de “fantasma cuántas mentiras cuentas en tus relatos. ¿Y qué pasó después del baile?”. Y yo le contestaré: “lo que dé de sí tu imaginación”.

 

MANUEL ESPAÑOL

ESCAPADA ALEGRE TRAS UNA TERRIBLE PESADILLA

ESCAPADA ALEGRE TRAS UNA TERRIBLE PESADILLA

Soñaba que era un turista en el desierto arenoso del Sahara, en pleno horario solar, y que me hallaba dentro de una limusina todo terreno con aire muy bien acondicionado y dotado de bebidas refrescantes que consumía mientras otras personas sin protección, casi sin ropa y con rostro de auténtica sequedad y de sufrimiento, no podían hacer nada, ni tenerse en pie, y se arrastraban pidiendo agua y más agua y no güisqui. Y uno que no es ajeno al dolor de los demás, intentando que Ahmed el conductor nativo parara y abriese las puertas del vehículo y así repartir lo que casi me  sobraba y para otros resultaba vital. “Ahmed, frena, que quiero compartir, tirarme en marcha si es preciso, no seas asesino”. Y por más que gritase, el otro que hacía oídos sordos, comenzó a asomar una sonrisa cínica y maligna que yo apreciaba a través de los espejos. Así hasta de repente me quedé sin luz, todo a mi alrededor estaba oscuro y por si fuera poco, al tacto noté que me hallaba encerrado entre unas planchas de acero. Cuando iba a exhalar el que yo creía mi último suspiro, grité con todas mis fuerzas y desperté entre jadeos de desesperación sobre las sábanas revueltas. Afortunadamente Jimena ya se había despertado y salido de casa ahorrándose de esta manera un susto monumental, que eso sí que no me gusta compartir. Como era una de esas pesadillas  que quieres quitártelas de la mente de forma inmediata, esta mañana he puesto rápidamente en marcha una emisora local de radio, cuyo programa estaba dedicado a la samba brasileira y al bossa nova, y cuyos sones me han ido apaciguando los ánimos, hasta reconducirme tímidamente hacia mis posiciones de loco surrealista, si bien de vez en cuando, durante una o dos horas he ido por la calle y se me ponían para corbata los xxxxxxx con tan solo pensar, que ustedes ya me entienden, que de tan tamaños sustos no se puede esperar una reacción urgente y continuada.

Si ayer me hallaba marcado por una atonía total y como buen ser humano un tanto cuadriculado de mente, me he propuesto también superar la situación, poner en marcha la imaginación y las adversidades oníricas dejarlas aparcadas. Para ello nada mejor que volver a mis largas caminatas que tenía casi abandonadas y cubrir así la distancia programada de un mínimo de ocho kilómetros a buen ritmo, con alguna parada. Así que caminado el primer kilómetro me he encontrado con Pedro K, un buen cantante de calle que en ese momento, guitarra en mano se hallaba emulando a Georges Brassens con “La mala reputación”. Le he aplaudido, le he depositado mi impuesto revolucionario (escaso porque con las prisas por salir de casa aún llevaba el poco dinero sobrante del día anterior) y como aún me llegaba nos tomamos un café juntos (él con churros y un croissant). Sí, sí, y como los bolsillos estaban vacíos he decidido “ir a silbar a la vía”, que es un dicho muy manido ante esta situación. Afortunadamente, la vía del ferrocarril se encuentra relativamente cerca del azud zaragozano del río Ebro, por cuya pasarela doy la vuelta hasta llegar al Puente de La Almozara, todo ello a través de un terreno semisalvaje y muy hermoso, en el que está comprendido el tramo de la “Senda de los Besos Robados”, que en sus momentos y aún ahora tenía muy poca luz, árboles y se respiraba una atmósfera muy romántica. Entonces la iluminación se limitaba a algunas escasas bombillas, que si molestaban no faltaban voluntarios que las apagaban a pedradas. Y de momento me callo sobre este aspecto, que supongo querréis enteraros de todo a sabiendas que soy muy discreto aunque no lo parezca. En un primer instante no he visto a nadie, tan sólo un pato despistado fuera del agua, que cuando me ha oído gritar a lo Tarzán se ha asustado tanto, que se ha zambullido en el cauce por si acaso. Luego me he encontrado de nuevo con el pescador de hacía dos años que me mandó a hacer puñetas cuando le pregunté eso tan manido de “¿pican o no pican?” , que lo hice media hora después de haberle observado con constancia y en silencio su escasa fortuna. En esta ocasión, como se trata de un tío muy listo y estaba de un humor excelente,  me ha reconocido y rápidamente me ha dicho eso de “tonteras, que no te enteras. Ven, mira la bolsa, que la tengo llenica”. El hombre se ha puesto tan feliz de poder dar la buena nueva, que hasta me ha invitado a almorzar con chorizo ibérico y con el vino que guardaba en su bota llena. Estos sí que han sido buenos tragos, y tan alegres hemos estado que Víctor (así se llama este pescador) no ha dudado en parafrasear a Bogart con la frase “este puede ser el comienzo de una hermosa amistad”. Así que nos hemos despedido con un sincero apretón de manos para momentos después a buen ritmo, casi saltarín, entonar a pleno pulmón una parte de la zarzuela “Gigantes y cabezudos”, con el Pilar de fondo, si bien yo de gigante reconozco que no tengo mucho.

 

MANUEL ESPAÑOL

UN ESPAÑOL CARIÑOSO EN SAN PETERSBURGO

UN ESPAÑOL CARIÑOSO EN SAN PETERSBURGO

Hoy sí que rayo en un mar bastante plano, que no tengo ideas, ni buenas ni malas. Vamos, que con este calor que hace en mi entorno se han evaporado por completo. Pero como buen aragonés con todos sus defectos, admito que soy tozudo, y erre que erre (no ERE) no me doy nunca por vencido, si bien no sé qué es mejor, porque puedo soltar un montón de tonterías inconexas y hasta sin sentido. Me salva un poco el hecho de esta locura surrealista en la que a veces me amparo; bueno, muchas veces, y hasta diría que lo mío se trata de un estado permanente. ¡Ay que ver lo que hace el calor cuando viene a destiempo! Ahora que recuerdo, de esta manera me sucedió hace exactamente dos años cuando disfruté de la oportunidad de hacer un crucero por el mar Báltico, y más concretamente de mi estancia en San Petersburgo (en torno a los seis millones de habitantes), la ciudad natal del Presidente-Zar Vladimir Putin, al que algunos súbditos idolatran, otros detestan y en ocasiones es blanco de críticas no exentas de cierto sentido del humor. Vamos, como en cualquier parte del mundo. No imaginaba que en pleno mayo pudiésemos estar allí a más de 30 grados de temperatura, lo que unido a la humedad a la que contribuye la presencia del río Volga y a la del Báltico, la atmósfera resultase un tanto irrespirable. Eso sí, disfruté tanto de las bellezas de sus monumentos (humanos e inhumanos, que ustedes me entienden), que pude sentirme muy feliz, felicidad acrecentada con mi bautismo de vodka a base de cuatro vasitos fríos que me dejaron el corazón caliente y la cabeza… bueno, mejor me callo porque es que además se me desató una euforia cariñosa que me lanzó a besar, eso sí castamente, a cuantas mujeres se hallaban cerca de mi. Por supuesto que el vodka en mi casa está prohibido, y eso a pesar de sus propiedades vasodilatadoras. La guía Anna, muy risueña y guapa ella. llegó hasta decirme eso de “Oh, español caliente, cariñoso”, y no sé exactamente el sentido que quiso darle a la frase, que uno es muy inocente, y con esa temperatura…. De esta forma me entraron unas risas que ya no me abandonaron e todo el viaje. A mi lo que me interesaba era hablar con la gente de la calle, con vendedores ambulantes que están prohibidos, como casi en toda Europa y América, pero que las matrioskas, los huevos pintados y las postales las ofrecían a precios mucho más bajos que en los establecimientos autorizados por la autoridad competente. Y no me hablaban mal de Putin, que en el fondo eso de que uno de su pueblo mandase en Rusia les gustaba, que además se sentían orgullosos de ser rusos, de pertenecer a un país hermoso, y al que personalmente considero un gran país con gentes muy acogedoras, si bien con funcionarios aduaneros con quienes nos encontrábamos de regreso al barco, que no hacían más que preguntar secamente y poner problemas, que por supuesto, se resuelvían. Poco a poco me fui despejando mentalmente para disfrutar intensamente del paseo en barco por el Volga, una experiencia que recomiendo a todos los viajeros y que me hizo entonar esa canción tan conocida como “Los bateleros de Volga”, eso sí, hasta que me cayó un agua refrescante del propio río, pero que me dejó calado y pronto se secó. Una de las azafatas, para compensarme del susto me ofreció otro vasito de vodka, pero Jimena, que estaba a mi lado soltó un “NO” tan rotundo, que creo se oyó hasta en Tokio sin necesidad de cables ni otros tipos de artilugios. Quise darle a Marissa un cariñoso agradecimiento por su detalle, pero a decir verdad que no me atreví, dedicándome pues a magnificar los palacios con sus fachadas doradas, sus iglesias bizantinas que iban surgiendo a nuestro paso, y así sonreír a derecha e izquierda. Eso si, disfruté al pasar por el hotel Puskin al pensar en el gran escritor ruso, así como en los grandes maestros de la literatura de ese país y que con tanta frecuencia releo. Estuve en todos los palacios posibles y quedé maravillado, pero mi impresión más grande fue cuando subí las escaleras del Hermitage, un edificio mágico y especial, que acoge las más magistrales pinturas que se puedan imaginar, y que también se puedan soñar. Kali, kakalin kankalinka, linka ya….

MANUEL ESPAÑOL

 

CAPERUCITA LA LOBA Y EL LOBO CAPERUCITO

CAPERUCITA LA LOBA Y EL LOBO CAPERUCITO

Foto de la imagen de Gustave Doré (S XIX), que puede ser visitada en el Museo Nacional de la Ilustración del Diario ABC

 Érase que se era, una Caperucita que había dejado de ser niña y ya empezaba a entrar en la edad de merecer. Pero esta Caperucita Roja era una gran amante de su abuelita a la que iba a ver todos los días portando una cestita con miel, una botella de leche, otra de vino tinto del Somontano, jamón de Teruel y un rico queso de Cabrales unas veces, y otras de ese exquisito caldo “maldito Cariñena” que insinuaría don Mendo en su famosa “venganza” y que tantos dolores de cabeza le causara. El caso es que desde su casa hasta la de la yaya debía hacer un largo recorrido y atravesar un bosque muy tupido en el que siempre se cruzaba con animales de las más diferentes clases, algunos de ellos siempre con aviesas intenciones devoradoras, por lo que el contenido de la cesta era toda una tentación. Pero he aquí que tras pasar grandes sustos salvados con habilidad y disfrazándose de loba ya no le molestaron más, y el contenido para su abuelita le llegaba intacto a una cabaña en la que se celebraba cada festín gastronómico… Caramba, caramba, cómo la abuelita Simona le pegaba al vino y al queso, y hasta al jamón de Teruel. Y así iban cayendo las hojas del calendario repitiéndose el recorrido hasta que se puso de moda esa canción que compuso Julio Iglesias, “de niña a mujer”. Un día, cuando arrancaba para llevar a cabo tan humanitaria y familiar labor, un chico llamado Armandito le llamó guapa al salir del pueblo, y ella se puso colorada, pero que muy colorada, oigan ustedes, que por algo le llamaban Caperucita Roja, y no sólo por su capa. Así que al pasar por un estanque de agua cristalina y quieta, decidió contemplar su imagen: habían crecido moderadamente las formas, le brillaban unos ojos muy expresivos y hasta se atrevió a sonreír. En una palabra, que se vio hermosísima a sí misma, y no pudiendo reprimirse, al recoger un palo con forma de bastón, no se le ocurrió otra cosa que escribir sobre un trozo de barro duro, eso de “guapa”. Y entonces se dedicó a visionar en su mente la imagen de Armandito pensando al mismo tiempo que “la próxima vez que me lo encuentre va a saber lo que es bueno. Y yo también”. Lo primero que hizo fue arrojar su muñeca de juegos al estanque, aunque casi de inmediato se arrepintió, que después de tanto tiempo juntas no era cuestión de ponerle una puerta blindada al pasado, por lo que pensando que en este momento era una transeúnte solitaria, decidió quitarse la ropa y lanzarse al agua para recuperar parte de sus sentimientos. Pero he aquí que la chica estaba siendo observada por un lobo solitario, joven y enamoradizo, si bien, todo hay que decirlo, sin intenciones torcidas por su parte. El lobo, que iba sin pelliza disfrazadora y al que llamaremos Caperucito por su nobleza y por la admiración con que se mostró hacia ella, al ver que Capu comenzaba a enfadarse le contó que todos los días la observaba detenidamente en su recorrido, y que cada vez le admiraba más, y que fuera considerada con él. Tan considerada fue que le regaló la miel portada. “No me interpretes mal, Caperucita. ¿Y ese Cabrales que tienes tan rico y que huele tan bien, ¿y ese Cariñena que tiene un color y un olor que alimenta?”. “¿No querrás toda la cesta, verdad?, le dijo ella. “No si en realidad todo lo que necesito es tu sonrisa”, contestó Lobo Caperucito ya con ojos de tontaina. A Caperucita le llegó tan hondo lo de la sonrisa, que le regaló el queso de Cabrales y la botella de tinto del Somontano. Y día a día tenía lugar un nuevo encuentro con más y más viandas. Y además es que la abuelita Simona no se enfadó mas que el primer día, porque después su nieta dobló las raciones. Y ya el Lobo Caperucito y su chica prolongaron sus hechos y dichos, así hasta que un día se plantó ella y le dijo la temida frase de “esto no puede seguir así”. Entonces idearon un estratagema, según el cual Capu se adelantaría hasta la choza de la abuelita gritando aquello de “que viene el lobo”, lo que haría que la yaya asustada buscara un refugio inmediato y de esta manera se desarrollaría mejor la situación una vez llegada la paz. ¡oiga, que Caperucita Roja quería mucho a su abuelita! Entraron, pero es que no había ni rastro de la yaya, que siguiendo su costumbre debería estar en la cama con su gorro de dormir, sus orejas grandes y sus dientes largos que tanto miedo le daban al lobito bueno y dócil dominado por una sorprendente Caperucita. Así que al pobre animal, su casi pareja lo metió en el lecho poniéndole gorro, gafas y unas orejas postizas, por lo que se dedicaron a decir sandeces y a reír sin parar. Y mientras, al observar semejante juerga, una vez pasado el miedo, la yaya salió debajo de la cama y de esta manera se formó un trío muy divertido. Tanto es así que Capu le dijo a su madre toda emocionada, que como la abuela ya era mayor, se iba a vivir con ella. De esta manera, abuela, Lobo Caperucito y Caperucita Roja vivieron muchos años en plena felicidad y armonía y durmiendo los tres juntos, si bien antes de entregarse a los brazos de Morfeo se contaban un chiste tras otro. Como eran muy trabajadores, se pusieron una granja y desde luego no pasaban hambre. Además, quesos y vinos los encargaban por Internet.

 

MANUEL ESPAÑOL


EL PELIGRO DE LAS TORMENTAS EN MONTAÑA

EL PELIGRO DE LAS TORMENTAS EN MONTAÑA

 

Tenia la cabeza pesada, como siempre, y el cielo, en pleno horario solar, presentaba un aspecto grisáceo muy plomizo. Mientras, se fraguaba una tormenta muy intensa. Un primero e intenso rayo iluminó todo el entorno paisajístico y humano con rostros alarmados. El ambiente despedía un aroma penetrante y fuerte, mientras que casi inmediatamente sonó el primer gran trueno, para dar paso a continuación, precisamente, a los hijos del trueno desencadenantes de una intensa lluvia que producía una inquietante música al chocar violentamente el agua con las calles y sus aceras, que muy pronto se iban a quedar vacías. En esos primeros momentos observaba desde el balcón de mi casa en Biescas, cómo la vía urbana se convertía en un río capaz de arrasar con todo. Era un espectáculo de la naturaleza excitante, con una fuerza tan especial que permitía sobrecoger a cualquiera. Personalmente, aquello me gustaba y facilitaba activar mi imaginación hasta hacerme sentir las visiones de los seres mitológicos y otras veces tan solo imaginados de ese Pirineo tan fascinante, tan hermoso y tan lleno de vida. Sin embargo mis pensamientos también se dirigían hacia los excursionistas que habían decidido salir por los alrededores con anterioridad, mientras que uno de los vecinos de la casa se adelantó a mis intenciones, y que como yo, en situaciones normales y anormales de la vida, siente la necesidad de las fuentes musicales que tan bien reflejan los estados de ánimo. Y como los dos somos mozartianos, mientras personalmente me decantaba por la Marcha Turca, Pedro había puesto en su equipo de sonido el Concierto de Piano numero 2, cargado en sensaciones. Era igual, que tras los primeros compases atacaron de nuevo los rayos y los  truenos, que el volumen del sonido imprevisto y natural apagó el mundo mágico de Mozart. Así que poco después volvieron a discurrir las aguas por un cauce tomado violentamente, que obligó a apagar al vecino la música del genio universal austriaco. De esta manera me volvieron las visiones de la diosa Pirena con todo su poderío, mezcladas por los aullidos de los lobos solitarios tan cercanos en mi imaginación. Hasta un oso hambriento creí ver, que no buscaba precisamente miel. Menudo argumento para una película de terror, si bien igualmente pude notar la presencia de brujas buenas, de duendecillos alegres y traviesos que me sacaron alguna que otra sonrisa. De repente la tormenta ceso, salió un sol muy generoso y me entraron ganas de salir a la calle, con un suelo que no tardó en secarse. Por si acaso me puse el chubasquero, que no me hizo falta, y vi y hable con muchos de mis conocidos viandantes que igualmente habían decidido caminar para sentir el respiro de la humedad de la tierra, un perfume tan ideal que no tiene comparación posible. Estaba muy claro el tema de conversación… el espectáculo tan especial, y permitidme decir hermoso, que nos había dado la naturaleza. Sin embargo no faltaron aires de preocupación cuando nos enteramos que un grupo de amigos que había salido a primera hora de la mañana hacia Brazatos, a fin de llevar a cabo una excursión a priori sencilla a los ibones de dicho nombre (lagos pirenaicos de agua dulce)  estaba desaparecido de nuestros controles. Afortunadamente no tardaron en llamar y explicar que se hallaban bien, que les había cogido igualmente una fuerte tormenta y que aun mojados no presentaban problemas, dado que llevaban la ropa adecuada y el calzado oportuno. Ellos lo habían hecho bien, dado que dejaron dicho a la familia el itinerario y posibles horarios por si surgía algún inconveniente, y de esta manera poner en marcha los mecanismos de rescate. Y si no se va con familia, resulta muy recomendable que montañeros y senderistas dejen su plan del día bien trazado en el cuartel de la Guardia Civil mas próximo. Que no se olvide nadie que esto es esencial y tan básico que figura en todos los manuales.

Todo ello me hizo recordar lo acontecido a mi amigo Leo, a Regina y a mi, que hace ya unos cuantos años hicimos la misma excursión, con tormenta incluida. Cada uno de nosotros éramos portadores de una mochila muy bien capacitada para cualquier clase de emergencia, con comida, ropa de repuesto y demás material auxiliar, además de estar preparados con un buen calzado, es decir botas goretex, calcetines recios y bastones. Conocedores del terreno, igualmente habíamos asimilado que en la montaña, en cuanto a ropa, hay que ir equipado como una cebolla, a base de capas, dado que el clima en las alturas resulta muy cambiante, de tal manera que del calor se puede pasar al frío en minutos, y de esta forma con posibilidades de sufrir una hipotermia, que en determinadas alturas puede ser mortal, como así había sucedido en un mes de septiembre con un excursionista que iba con zapatillas,  camiseta de tirantes y pantalones cortos, que se quedó en la Cola del Caballo del Valle de Ordesa. Estas explicaciones se las dimos a una familia excursionista que iba sin equipación alguna, y a la que igualmente le advertimos que iba a descargar una tormenta muy fuerte, que así no iban a llegar muy lejos. Pues nos mandaron a un sitio… Ya podéis imaginaros donde. No se como realizaron la vuelta, pero con toda seguridad se mojaron mucho mas que nosotros, y eso con suerte.

 

MANUEL ESPAÑOL

LIADO ENTRE CABLES Y ZARAGOZA SEXI

LIADO ENTRE CABLES Y ZARAGOZA SEXI

 Veinticuatro cables, treinta tarjetas comerciales, seis de crédito, diez de accesos para puertas y un majara como yo para no aclararme. Todo ello a fin de desplazarse sigilosamente “y sin equipaje“. Ya se sabe que los móviles necesitan una conexión para ser correctamente alimentados, que además  se pueden conectar otros artilugios auxiliares del demonio para no agarrar el aparatito con la mano, y así dar la impresión de que va uno por la calle hablando solo, algo que suelo hacer con frecuencia y sin necesidad de teléfono, aunque tan solo sea para provocar. Total, para decir con gesticulaciones muy elocuentes y a veces poco ortodoxas frases como “hola cariño, te echo en falta. Si, yo también te quiero mucho. Si, si, que la culpa la tiene el Gobierno, que te sobra razón  Claro, que eso lo sabe todo el mundo. Mecachis la pena negra cómo nos toman el pelo“… Dices todas estas tonterías de las que se entera todo el mundo, y según quien te escuche te tomara por un cabraloca  solitario y escasamente razonable, mientras que un agente del orden que en recuerdo de viejos tiempos todavía se cree autoridad,  puede que te diga muy educadamente (tan solo es un decir) eso de “modérese, señor, o de lo contrario le impondré una multa, y si fuera menester deberé detenerle por alborotador“. Y que no sea curioso, que hasta es posible que deba dar explicaciones inoportunas, y de hecho parece que lo va a hacer para mi desgracia y así deberé responder para qué sirve cada cable portado en una bolsa de plástico semitransparente, y por mucho que le explique uno por uno no entenderá nada, y  ante esta posibilidad tengo miedo, que a ver si piensa que el de la maquinilla de afeitar es para cargar la batería de una bomba, el del Ipad para alimentar un artilugio de espionaje, el del alimentación del libro electrónico un instrumento de piratería. Y así, todo resignado hasta que llega un coche patrulla que descubre al ¡falso agente!, y una vez metido dentro del vehículo el presunto delincuente, dos policías legales me preguntan que si me ha importunado mucho. Les digo que no, que tan solamente lo  injusto, pero de una manera moderada. Ellos me responden que perdone, que el detenido es el primo hermano de un policía local que mentalmente se quedó en el 70, y que no le gusta como se  dirige ahora el orden público urbano y pretende hacerlo a su manera, que el falso es muy buena persona, y que si no quiero ponerle una denuncia se lo llevarán en el coche a su casa a tomar la medicina,  que piensan quitarle el uniforme para que no les ponga en mas apuros. Antes de marchar me preguntan: "¿tanto cable para que lo necesita?". Voy a abrir la boca y con una sonrisa me manifiestan que bueno, no responda. ¡Ah¡, una pequeña recomendación: no hable a solas y en alto por la calle para evitar confusiones. Es ese el momento en que me doy cuenta que en vez del micrófono incorporado e invisible del móvil, he metido el altavoz a toda potencia. Afortunadamente siempre he respetado a las mamás y a los papás de los viandantes, que si no, no podría estar ahora contándolo.

No, si este mundo me gusta con su guasona locura con razonamientos aparentes, pero que si te metes a mirarlos con lupa se te puede poner una cara de tonto (omito parecidos para evitar malas interpretaciones) y si en ese momento me miro al espejo hasta me causo risa. Cables aparte, menos mal que no han salido a relucir públicamente las múltiples tarjetas para atenciones comerciales o incluso de crédito. Que si la de la mercería de enfrente de casa, la de Helios, la de la Luna de Valencia, la del Casino de un pueblo de La Mancha, las de los descuentos de los supermercados, la del Club de las Gatas Locas, la de la SD Biescas, la de la Asociacion de Vecinos, la del Aero Club, la Sanitaria, la de RENFE, la de Farmacia, el pasaporte, las de transportes de varias ciudades. Y se me olvidaba: el DNI. Es como una baraja, y para quien le gusta jugar a todas cartas ya puede prepararse a tenerlas presentes a fin de no quedarse ni cojo ni manco. Pero como soy un loco surrealista razonable, me doy cuenta de que en el buen tiempo no sé donde meter tanta tarjeta por si es precisa una sola en un momento determinado, que nunca se sabe, dándose el caso además que si las llevo en un bolso de caballero, me lo puedo dejar en cualquier cervecería y vete a saber quien se lo encuentra. Un buen día fui a visitar a un amigo a su oficina, para la que me había dado un artilugio plano de estos, a fin de abrir la verja de entrada, y resulta que lo había perdido. Cuando al final decidió salir para abrirme manualmente, tuve que oír lindezas como animalico, que eres mas cabezudo que yo. Que por si te ocurre esto otra vez, te voy a contar un secreto (aquí si que me callo, que a veces cuando hablo meto la pata). Y por si fuera poco quiero exponer una pequeña anécdota doméstica sucedida en una de mis habituales llegadas a casa: Jimena, rodillo en mano como en los comics, me advierte que me ha encontrado una tarjeta sellada hace una semana, y que estaba muy disgustada. Abro los ojos, dirijo la mirada al suelo, pongo la cara del  tonto que no sabe nada, algo que me sale muy bien, y antes de decirme más me enseña la del Club Sexi Zaragoza, de masajes alegres. Como por discreción va sin nombre y de verdad no tengo noticias de ella, no sé qué decir. Y la tristeza inicial de ella se transforma en ira, hasta que se me enciende la lucecita salvadora, por lo que le digo inmediatamente que llame a su amiguísima Patricia, que se había ido ayer tras pasar veinte días en nuestra casa y que  siempre en tono de broma nos contaba que tenia un ligue, algo que no nos extrañaba de esta digamos, chica tan atractiva. Con mirada maliciosa y algo indiscreta, decide llamar: Patri, cariño, has echado en falta estos días alguna cosa?" Y Patri no le deja casi ni terminar la pregunta: "¡Ay Jimena!, la del Club Sexi Zaragoza. Iba a llamarte ahora mismo. Qué habréis pensado de mi…“. Caramba, caramba, cómo cambia la expresión de esta Jimena que en tan buen apuro me había metido, y que ahora muestra su semblante mas alegre y le pregunta que si el “boy“ correspondiente le había tratado bien. Yo, que estaba atento a la conversación, oigo que "!maravillosamente“,  por lo que se produce una risotada tremenda entre las dos. Luego Jimena cuelga y me dice con entusiasmo: "!Ay Gabino que te voy a dar unos achuchones... Ven a mis brazos Y un servidor de ustedes y de Cristo Bendito, que se queda con una cara de gilipollas, que eso de los achuchones me gusta mucho.

 

MANUEL ESPAÑOL

A VUELTAS CON “LA IMAGINACION AL PODER“

A VUELTAS CON “LA IMAGINACION AL PODER“

 

Soy un avanzado, pero en años. ¡Mecachis la mar salada¡ Si, de esa generación que pretendía cambiar el mundo, y que inocentes de nosotros partíamos de una premisa que nos parecía tan esencial como aquella de “La imaginación  al poder“. Y lo gordo es que nos lo creíamos oiga, que lo nuestro nos costaba correr delante de una hombres bonachones que llamábamos los “grises“. Aquellos barrigudines que con  porra en mano nos en corrían y no alcanzaban en nuestra entonces incipiente juventud. “Chavales (teníamos que oírnos de vez en cuando), no nos hagáis esta faena, que no estamos para muchos trotes, que también somos padres de familia, que alguno de vosotros podría ser hijo mío“. Y como en el fondo no éramos malos les decíamos que si nos dejaban de perseguir nos iniciábamos la retirada. Otros compañeros de manifestación gritaban: “No seáis idiotas, no les hagáis caso, que lo que quieren es molernos a palos en el momento que nos alcancen y después ponernos entre rejas en un calabozo con ratas“. En una de esas manifas venia con nosotros un “colega“ hijo de un alto grado militar, muy revoltoso él (el hijo) que no se le ocurrió otra cosa quitarle la gorra (no casco como ahora) a un poli y enviársela a su progenitor a fin de provocar todo un cabrero general en el ámbito domestico. Luego ya comenzaron a perseguirnos otros caballeretes altos, fortachones y muy bien preparados físicamente, y para colmo con muy mala leche. Vamos, que si te alcanzaban eran capaces de pasarte a golpes con el rodillo. Y vete a protestar... Como mucho cuando les veíamos a lo lejos les coreábamos ripios de dudoso gusto, y... nuevas carreras. Eran tiempos en los que muy sumisos nosotros en apariencia, solicitábamos permisos en toda regla para protestar y pedir la devolución del Peñón de Gibraltar a España, a los gritos de “Gibraltar español, Gibraltar español, Gibraltar español“. Así hasta que llegábamos a un punto concreto y rompíamos nuestras intenciones formales a fin de solicitar insistentemente libertad, libertad y mas libertad, y corear otras consignas mayormente incisivas hasta... que llegaba de nuevo la Policía. De esta manera se evolucionó hacia los denominados antidisturbios vestidos con trajes color marrón, con casco integral y fusiles ametralladores que disparaban humo, pelotas de goma, que doy fe hacían mucha pupa, y siempre acompañados de “tocineras“ para transportar a los detenidos. Ahora los miembros de las FOP (Fuerzas de Orden Publico) van de azul marino y llevan un equipamiento mayormente sofisticado. Y aun seguimos diciendo eso de “La imaginación al poder“... Recuerdo de mi época periodística en Bilbao, cuando el redactor jefe, siempre muy guasón conmigo y yo con el, me envió junto al fotógrafo de turno, el bilbaíno con mas chispa que he conocido y que se las sabia todas, a cubrir informativamente una manifestación que se desarrollaba por el entorno de “La palanca“, algo así como lo que en Barcelona fue el “Barrio Chino“. Y como allí no había manifa sin polis, en una calle sin ramificaciones nos metimos el amigo y yo por detrás a la espera de que se registrasen los primeros movimientos tácticos. “Cristo“ ya había registrado con sus cámara la espantada producida con los lanzamientos de los primeros botes de humo, y de repente, en una encerrona, de estar en la cola de la manifestación nos encontramos en primera línea frente a un pelotón de la policía apuntando con sus fusiles y otros con sus porras un tanto nerviosas. Antes de que llegasen a tiempo de echarnos el guante, llamamos a la desesperada a una puerta que daba a una casa con viviendas, se nos abrió de inmediato, y desde un piso a través de la escalera nos llamaron. “Meteos aquí“. Y con  cara de susto accedimos a la vivienda que era un inmueble de amores de toma y daca, eso si, habitada por personas muy amables que nos permitieron seguir la manifestación desde arriba, acompañados de un vaso de vino tras otro. Gracias, mis señoras. Dos horas después me correspondió asistir a una entrevista con Felipe González Márquez, a quien con humor le conté lo que nos acababa de suceder, y quien con mucha ironía me dijo: “pues no tienes precisamente mala cara“

Y esa generación tan nuestra, que ya se conoce en muchos ámbitos como “La generación perdida“, llegó al poder, pero se metió en una dinámica no precisamente imaginativa, si bien se ha avanzado, y mucho, en libertades. Sin embargo es enorme el terreno que hay por delante para conseguir un mundo mas  justo y equilibrado. Y aun con todo aun soy de los que creen en lo que ya se ha conseguido a medias una máxima: “La imaginación al poder. Y si es posible con humor, mucho mejor.

 

MANUEL ESPAÑOL

LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS AUN CABALGAN

LOS CUATRO JINETES DEL APOCALIPSIS AUN CABALGAN

Una imagen del edificio del Teatro María Guerrero, de Madrid

No se que me ocurre, creo que me hallo en el momento del despertar y me encuentro preso de mis obsesiones y con el sentimiento del fracasado que no puede impartir remedio ante tanta injusticia que nos rodea. Cabreadillo diría que me encuentro con esta situación carente de humanidad, y no se si de divinidad, con el cabalgar incansable de “Los Cuatro Jinetes del Apocalipsis“. Acababa anoche de salir del Teatro Maria Guerrero, de Madrid tras la representación e “Hedda Gabler“, con una Cayetana Guillen Cuervo espléndida en su papel de protagonista principal, cuando tuve el triste privilegio de contemplar una estampa cada vez mas habitual en las vías urbanas de las grandes ciudades. Así sucedió que en la calle Génova, frente a la sede del Partido Popular (PP) una pareja de personas mayores, muy dignas ellas, de lo que doy fe, trataban de encontrar comida en uno de los tres contenedores que se hallaban alineados. El marido decía que uno de los productos olía mal y no se atrevía a ingerirlo, ella no lo encontraba así, puesto que “se trata del olor natural del producto. ¡Ay Juan¡, que tengo hambre y no resisto mas“. Afortunadamente pasaban por allí unos jóvenes generosos con unos paquetes de viandas que donaron a los ancianos atacados por la injusticia. Y eso ocurría en un Madrid céntrico y a veces hasta irreconocible. Aquello me marcó profundamente, y hasta estuve unas horas con el estómago revuelto por la tristeza de hallarme ante un problema, que según me decían los caritativos jóvenes, se repite día a día. Ni que decir tiene que me hallaba con el ánimo tan bajo, que me vi imposibilitado para cenar, y después también  para dormir, hasta que casi al amanecer he sido presa de pesadillas reflejadas de un mundo ingrato. He soñado también con las víctimas del terremoto de Nepal extendido a lo largo de la cordillera del Himalaya, con los balseros muertos en el Mediterráneo...

 Hoy, en el madrugar, me he encontrado impedido para el sentido del humor, si bien con el paso de las horas he podido hacer asomar alguna sonrisa. Azotado pues por el sueño y un apetito reponedoramente saciable, cuando he pasado por la calle Barquillo, he notado un aroma a café muy especial, que a modo de un Flautista de Hamelin me ha invitado a entrar a una cafeteria-pasteleria. “¿Me podéis atender, por favor?“, les digo a dos camareros muy atentos y hasta risueños, y la respuesta de ellos, muy bien sincronizada no deja lugar a dudas… “Si señor, Podemos“. Así que les pido un café bien cargado y una porra virtual, que de las reales no me deja esta Jimena mía confabulada con el  endocrino. Otro cliente que acababa de entrar casi al mismo tiempo que yo les dice a los empleados que si le pueden poner otro café y algo para comer. La respuesta es la misma que para mi: “Nosotros podemos“. “¿Y de picar que desea el señor?. Tenemos unos chorizos muy buenos y de calidad. Vamos, chorizos ibéricos“. El hombre suelta la carcajada y les dice después con una cara muy seria y bien forzada, que “no, gracias, que servidor siempre ha condenado el canibalismo. Prefiero la tortilla de patata“. De esta manera he podido disfrutar de un momento distendido, hasta que antes de marchar he preguntado “¿Puedo pagar?“.

 Salgo del lugar y me encuentro con un indigente de los que han saltado “la valla“, lo que me provoca un nuevo retroceso anímico, que afortunadamente, no mental. Pienso que la vida es muy dura y que servidor de ustedes y de Cristo Bendito es un afortunado y bien tratado, lo que casi me da un cierto complejo de culpabilidad. Y puesto a pensar maldades y a echarle imaginación a la vida con aires un poco, bueno, muy bordes, he creído que seria conveniente convertirme en el Flautista de Hamelin, sí, ese que se llevaba tras de si a  todas las ratas mientras tocaba como solo él sabia hacer con esa flauta mágica que las conducía hacia las mas profundas y cenagosas cloacas, de donde no salieron jamás… De esta manera, con mi batuta y flauta, violadores, traficantes humanos, altos chorizos ibéricos, terroristas asesinos, mafiosos de alta y de baja estrofa, desaparecerían igualmente de la faz de la tierra. ¿Que con quien nos íbamos a meter? Sin problemas en ese sentido, que la malicia humana resulta mucho mas imaginativa de lo debido, especialmente en ese perenne deseo de “yo, mas que nadie“. Desgraciadamente la vida, desde que comenzó la existencia del hombre, no se sale de un proceso cíclico que cada vez resulta mas corto ante el castigo constante de esos “Cuatro Jinetes del Apocalipsis“ que no somos capaces de anular y que aparecen con demasiada frecuencia.

MANUEL ESPAÑOL