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Mundo mágico

Historias de un loco surrealista

Decía Calderon de la Barca en "La vida es sueño", eso que se ha venido repitiendo a lo largo de los siglos hasta la saciedad, que  “en este mundo traidor, nada es verdad y nada es mentira, que todo es del color del cristal con que se mira“. Yo, Gabino, hombre tarado de la generación del 68, de esos que decíamos aquello de “La imaginación al poder“, de los que miran con el color del cristal que a uno le da la gana, hago mi abstracción y me dedico a hacer las mas increíbles piruetas en torno esos mundos y extraños que tanto me obsesionan, para crear tus propias realidades. Se trata de una experiencia onírica y envolvente que me ha permitido la introducción  un grado de igualdad, con ilustres admirados míos de distintas etapas de la historia del calendario. Si, si, puede ser un alarde de imaginación de lo que después se llamo “la generación perdida". Y ahí estamos, buscando todavía nuestro propio norte, y parece que la brújula esta loca. Pues vayamos cada uno con su locura en busca de la propia cordura, si es que se le puede llamar de esta manera.

En un espacio cualquiera, que solo se halla en mi mente, en un plano se encontraba Álvaro de la Iglesia, el hombre del humor mas disparatado y vivaz, director que fue de "La Codorniz"· (La revista mas audaz para el lector mas inteligente. Presente en tan extraña cita se hallaba se hallaba también  Jardiel Poncela, todo un genio del absurdo y el autor teatral mas imaginativo, ese que valientemente se decidió titular aquello de "¿Hubo alguna vez once mil vírgenes?". No faltaba tampoco Pedro Muñoz Seca, acompañado de su personaje don Mendo, uno de los favoritos, que decía venir con el animo de venganza en la reserva, por si hacia falta. Igualmente se hallaban otros dos de mis mas imaginativos maestros, Miguel Mihura y Julio Camba. Para una próxima   ocasión prometo que no  ha de faltar Dario Fo, a quien le planteé la cita con muy corto espacio de tiempo y el hombre se hallaba centrado en evitar determinados pagos, y como él mismo dice en una de sus obras más famosas, “Aquí no paga nadie“.  El caso es que como mi  imaginación  loca ha avanzado tanto, cada uno de los personajes citados lo situé en su correspondiente espacio, envueltos todos en uno general que permitía mi trasvase personal por los variados escenarios, a fin de tenerlos “controlados“ y a la vista de mi mente. ¿Hay alguien que se lo pueda creer? Por cierto, que me gustaría también hacer referencia a Julio Verne, que seguro me inspirará tantas y tantas cosas... Ese si que era un prodigio futurista en el mundo de la aventura, la tecnología, que tan bien nos hacia  soñar momentos cargados de deliciosos romances pletóricos de ardor guerrero.

Quería aprender de los genios y que me contaran sus secretos. Pero como son grandes maestros y yo un mal alumno, pienso que son inimitables. Así que lo mejor es leer sus obras y disfrutarías con su dominio narrativo, también con su ternura y con su inteligencia inigualable.

Recordar las lecturas de Alvaro de la Iglesia equivale a un partirse continuamente de risa. ¿Has leído "En el cielo no hay almejas?, me pregunto viendo su imagen. Como no iba a hacerlo. Entonces me viene a la memoria su relato El nacimiento de un río, en el que hace referencia a una joven montaña preñada, que siente las molestias del embarazo provocado en plena naturaleza. Ante la revolución del vecindario, es decir, de otras montañas mas viejas, de pájaros, liebres y cochinos entre la demás flora y fauna, todos ellos con el don de la palabra y con un idioma común, animan a la joven madre que saca de sus entrañas un pequeño riachuelo, que con el paso de los siglos y tras enriquecerse con las aportaciones de sus afluentes, desemboca en el mar ante la alegría de una mama  que cuando salen nuevas corrientes de sus entrañas, estas le dedican un tierno !adiós mami! Otro día no seria de extrañar que me refiriese a su novela "Yo soy fulana de tal", que también tiene su miga y no estaría nada mal desmigarlo. ¿Da usted su permiso, don Alvaro?

 Conocí a De la Iglesia en Zaragoza, y esto si es verdad de la buena, siendo servidor un  niño, cuando firmaba uno de sus libros en las fenecidas Galerías Preciados. Ese día era coincidente con el aniversario de la boda de mis padres. Así que como la ocasión lo merecía, me rasque el  bolsillo todo lo que pude incluyendo la sisa, y se lo llevé al autor para la firma. La dedicatoria fue realmente hermosa, y el se levantó de su asiento y me dio un abrazo que me pareció tan emotivo... Para ser un maestro del humor hay que ser también muy sensible.

Sensibilidad, gracia y emoción transmitía igualmente Jardiel Poncela. "¡No te pases en calificativos Gabino!", me decía mi siempre acompañante y asesora Jimena, sobre este  rey del ingenio ante la mirada divertida del listo de mi sobrino Currito, que sabe de todo, lo cual no soporto, aunque le quiera mucho. El caso es que siempre recordaré y me mantendré en deuda con  Jardiel, entre otras novelas por "La tournée de Dios". Y es que, en tal obra está garantizado el mas fino humor, no faltando tampoco las carcajadas de máxima admiración hacia un autor tan sorprendente. ¡Hace falta osadía y amplitud de miras para traer a España al mismísimo Dios y hacer venir al Papa de turno desde Roma, viajando en un zepelín, a fin de reunirse con el jefe en lo alto de un cerro. Pero es que a Jardiel no se le ocurrió cosa mejor que por medio de unos periodistas (ya esta aquí de nuevo la canallesca) llevárselo por Madrid a una sala de fiestas. Siento que el novelista no me hubiese incluido en el grupo canalla a fin de no perderme un momento tan histórico. Y rían ustedes con "¿Hubo alguna vez once mil vírgenes?", o la hermosa locura de “Los habitantes de la casa deshabitada“, o...   

El caso es que de “La codorniz“ (insisto en la revista mas audaz para el lector más inteligente, porque hacia falta ser inteligente para hacernos reír en la época del Movimiento del 18 de julio (*1) estaba llena de escritores y autores novelistas o de teatro,  realmente ingeniosos, cultos y maestros en el idioma, especialistas en saltarse las barreras dictatoriales, de esos que ya no quedan. Uno de aquellos personajes era Miguel Gila, todo un triunfador de los textos y de la escena, con quien tuve la ocasión de hablar privadamente largo y tendido en una discoteca antes de una de sus actuaciones, cuando en España ya presumíamos  de democracia. Gila, que no decía ni culo, ni caca, ni pis, seguía haciendo reír como nadie sin tener que recurrir ni una sola vez a la menor vulgaridad. Habían salido entonces numerosos y nuevos “talentos“ que no acababan de cuajar, que aparecían y desaparecían con la misma rapidez. Para explicar esta circunstancia, Gila me dijo que “pertenezco a un tiempo en el que estábamos un tanto obligados a hacer trabajar a  la inteligencia y al idioma sin salirnos de las normas para seguir con nuestras filigranas. Teníamos fijados unos limites de los cuales no podíamos escapar, y aun con todo también llegaron a caernos unas cuantas sanciones. Ahora, como se puede decir todo, al haberse suprimido la mayoría de las barreras, algunos se caen por el precipicio“.

Si seguimos con el mundo del disparate mas congruente *algo que es perfectamente posible porque a esta generación de escritores le sobraba el ingenio, seria imperdonable que no mencionara a un invitado tan especial como es el caso de Miguel Mihura (1905-1977) miembro destacado de la Real Academia Española de la Lengua, autor teatral maestro del surrealismo, periodista y fundador de la revista “La ametralladora“, también paso a ser otro “revolucionario“ de La Codorniz. Su relación con Álvaro de la Iglesia era tan especialmente buena, que en cierta ocasión decidieron unir sus talentos y del embarazo salió un parto tan divertido como “El  caso de la mujer asesinadita“.

 

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Tan  abstraído me encuentro en mis pensamientos, que Jimena, siempre pendiente de mi y con ganas sinceras  de ejercer la asesoría que un día ella misma se otorgo, por lo que la la tengo encima viendo lo que hago, igualita que mis anteriores redactores jefes, me dispara a bocajarro y me dice de manera casi imperativa Y no te olvides de Tres sombreros de copa“. "Pero cómo lo voy a olvidar, mi vida, si precisamente esta obra la considero cumbre en el continuo homenaje que jornada tras jornada le dedicaba Mihura al arte de Talía“. Efectivamente, en “El caso...“ hay uno de los momentos que personalmente creo estelares, que cuando  lo leo o veo representado, mis carcajadas son de lo mas sonoro.  Recordemos uno de los pasajes en los que Dionisio, joven  enamoradizo que esta a punto de casarse, pero que no sabe decir que no y no hace ascos a Paula, artista de circo muy guapa y dulce, que se encuentra solo en una estancia un tanto hotelera con Buby, un actor y músico negro de talla imponente, y que aparenta ser celoso. Entonces, para romper el violento silencio, Dionisio pregunta: "¿Y hace mucho tiempo que es usted negro?". Buby quiere no aparentar tanta fiereza, por lo que decide ser simpático y la contestación es esta: No sé. Yo siempre me he visto así en la en la luna de los espejitos...“.

Antes de que me lo imponga mi asesora y porque lo siento así, diré que la obra de Mihura  abarca títulos tan celebrados que contribuyeron a auparle en la concesión maxima que se le otorgo, como es el Premio Nacional de Teatro:  “El caso de la señora estupenda“, “Carlota“, “Melocotón en almíbar“ y «Maribel y su extraña familia“ que son auténticas perlas dentro de un amplio y selecto abanico.

Y en este mundo traidor, en el que nada es verdad ni es mentira, que todo es del color del cristal con que se mira, con los ojos de la admiración debo referirme a Pedro Muñoz Seca todo un mago del humor escrito, cuyo testigo se lo paso a su nieto Alfonso Ussia, como si del mas digno sucesor se tratase. Cuando leo una obra, sea del tema que sea, solo quiero que sea buena, que tenga ingenio y buena fabulación, independientemente de las ideologías. Muñoz Seca era un genio que acabo en el paredón de fusilamiento. La mayor humorada de su vida la pronuncio momentos antes de ser abatido. “Me vais a echar de este mundo, me vais a quitar del calor de  los míos, me vais a quitar de mis amigos, ya no voy a escribir mas... Pero lo único que no me vais a quitar es el miedo que tengo a morir“. Autor de LA OCA (Libre Asociacion de Obreros Cansados y Aburridos), entre un amplio panorama escénico, sin duda alguna  fue “La venganza de don Mendo“, que el mismo no dudo en calificar como “caricatura de tragedia“, la pieza teatral mas celebrada, en la que muere hasta el apuntador, y en la que cada verso puede parecer un chiste. Si no, refiramos el momento mas postrero con el suicidio del propio don Mendo, sirviendose de un puña:

¡Fuera ocioso¡

¡Ved como muere un león!,

cansado de hacer el oso

.....

Sabed que menda... es don Mendo,

y don Mendo mato a menda.

 

A mi me gustaría seguir reproduciendo textos de estos personajes irrepetibles, pero ¨Nanin, otro de mis impacientes sobrinos. que espera que le invite a merendar cuando termine de escribir, no tiene consideración y al estilo Jimena me dice… “Hala tío, que eres  un plasta. No te extiendas tanto y termina...“ . Al chico puede que no le falte razón, porque la autentica realidad es que a personalidades así, que hacen parir a las montañas, que son capaces de llevarse al  mismísimo Dios de discotecas, que colocan a sus protagonistas en las situaciones mas disparatadas, hay que leerles de principio a fin. Así se darán cuenta que el humor elevado al máximo nivel es el mejor antídoto contra la tristeza. Seamos todos felices

MANUEL ESPAÑOL

1.- Movimiento del 18 de Julio: La inmovilidad del Movimiento. En aquella larga época, cuando un hombre quería pioropear a una chica, le decía: "Tienes un movimiento, que ni el 18 de Julio"

DESDE BIESCAS, CON HUMOR Y MUCHO AMOR

DESDE BIESCAS, CON HUMOR Y MUCHO AMOR

De entrada, quede claro que antes que los de Bilbao, los de Biescas nacemos donde nos da la gana. Que no se me enfaden los del Bocho, tierra de buenas gentes y donde el agua es especialmente buena. Uno pide “un agua de Bilbao” y repetirá una vez tras otra de este líquido maravilloso hasta que el  cuerpo aguante, para terminar cantando aquello de “Desde Santurce a Bilbao...”. Que por ese entorno también,  no lo dude nadie, se pescan unas merluzas extraordinarias.  Bueno, pues yo, Gabino, he de decir que aun a pesar de haber sido bien parido en Zaragoza, nací en Biescas, en pleno Pirineo aragonés, rodeado de hermosos picos y con unos alrededores por los que brinco mentalmente  y gozo pasionalmente, atraído por la increíble fuerza del más poderoso imán, del irresistible canto de unas sirenas de tierra firme adoradoras de la diosa Pirena. A ver quien, a estas alturas de mi vida, va a discutir mi condición de pelaire o biesquense (prefiero la palabra pelaire) que no se lo consiento a nadie. El mío es un idilio indestructible, que llevaré siempre en este corazón loco que tengo, ese corazón loco que me ayudó a conseguir importantes cimas de mis aspiraciones emocionales. Algún día explicare este entuerto dialéctico que no deja de tener su sentido, reconozco que un tanto majara. Son ya muchos los años que llevo aquí y casi formo parte de un paisaje cargado de magia y de un panorama humano auténtico y enriquecedor, y en el que no faltan toques especiales de simpatía y entrega a los demás. Si no existiera Biescas habría que inventarlo con idénticos personajes a los actuales y a los que se han salpicado con el paso de los  tiempos y que dejaron sus huellas. ¿Queréis adentraos conmigo por ese interior tan especial? No lo dudéis, y alcemos todo un telón de montañas en las que los propios montañeses  (señor alcalde, ¿me puedo incluir entre ellos?) son los protagonistas. Invitamos a los de Bilbao, que aquí todos, vengan de donde vengan, son bienvenidos, que a la media hora de estar con nosotros ya se pueden sentir  capacitados para decir que son de esta tierra.

 El despertar de cada día, por más que uno se haga el remolón entre las sábanas, siempre tiene algo de sorprendente, especialmente porque nada más abrir los ojos para ver las primeras luces del nuevo día, puede contemplar el paisaje, y al segundo de pisar la puerta de la calle, a poca sensibilidad que se tenga añadiendo una natural dosis de imaginación, se sentirá siempre sorprendido, no importa el día y la hora, que las imágenes apenas sufrirán variaciones, tan sólo en nuestra mente.  Así es la villa donde he jugado y en la que he protagonizado travesuras propias de un tierno infante; ahora sigo siendo infante si bien  ya no estoy tan tierno y no robo fruta, ni juego a policías y ladrones. Me refiero una época inolvidable que me ha hecho sentir y vivir extraordinarios tramos de huellas que se han convertido en imperecederas, aun a pesar del paso del tiempo. No es de extrañar pues, que si ahora en plena madurez física, aunque un poco pasado de rosca mentalmente, hoy o mañana o un día cualquiera a primera hora, tras haber realizado mi caminata diaria exigida por los galenos que no quieren que sufra percances evitables, acuda al bar del también amigo de infancia, Ramón, a fin de tomar mi tonificante cardiaco, es decir, un café que termina de ponerme en forma. Allí es fácil que me encuentre con mi amigo Paco, un buen médico que conoce de mis dolencias, y que de entrada me dice: “¿Pero te vas a tomar un café solo tan cargado de cafeína sin haber ingerido  nada sólido?.  Anda, que Romina o Andrés te pondrán uno de esos torreznos que tanto resucitan al caminante!” . Y como ellos me conocen bien, en menos de cinco segundos ya he empezado a masticar sin dar opción a un dialogo represivo por si el doctor en caso de arrepentimiento, me explica las malas consecuencias de mi vida disipada. Y Paco no se ha arrepentido al ver  mi cara de satisfacción. Termino con la mencionada joya gastronómica y haciendo un poco de uso de mi retranca, soy yo quien le echa la bronca: “¿Y no me decías en tu consultorio que no debo tomar grasas, ni dulces, ni...”. No me deja terminar:  ”Estás loco Gabino, y tu mal es que te lo tomas todo en serio, y así acabarás todavía peor del bolo. Ahora te he aplicado una medicina muy efectiva para el buen funcionamiento del cerebro”. Así que cuando me despido con un “hasta luego”, no puedo dejar de decir para mis adentros eso de “este sí que es un buen médico. Me gusta. Por cierto, que m recuerda que tengo que ir como paciente a su consulta, y no sé, bien lo que me va a decir, que mañana será otro día”.

El caso es que muy feliz en el Biescas de mi alma, cruzo de acera y veo al “Peque” en su carnicería. “Que no me compras carne -me dice-, que tengo un ternasco muy especial y una longaniza que veras...”. Y servidor, que soy débil ante las tentaciones de la carne y no sé decir que no, le hago caso, caigo y peco, aunque sepa que después no podré evitar la bronca de Jimena, que me quiere tanto, que a fin de que no me pase nada, esos chutes de colesterol se los adjudicará para sí misma en exclusiva, y servidor se quedará con unas humildes pero sanas borrajas. Al momento se lo cuento todo a Pepe, amigo de la infancia, de aquellos que de chicos dábamos buena cuenta de manzanas, higos, ciruelas y peras subiendo juntos a los arboles, y que para colmo también es médico especialista de pulmón y corazón. Y él, tan puñetero como siempre, no puede evitar una de sus habituales carcajadas. Como me gusta reír con los demás, acepto con una sonrisa su sarcasmo, que en el momento preciso le será finamente devuelto. “Lo primero que debes hacer –dice- es dejar de fumar".  “Pero Pepe -le respondo- si hace más de diez años que he dejado el tabaco”. “Tu te lo pierdes”, me dice sacando un paquete que parece salido de un estanco. ¡Si será c..!. Luego me explica que ese cargamento  acusado de cancerígeno y no sé cuantas cosas, es de chocolate. Me da uno de esos pitillos y le digo con tristeza que si lleva azúcar no me lo puedo tomar, con lo que la risa que viene a continuación es monumental. Ni que hubiera contado un chiste, que lo mío es estar en tensión baja. Precisamente me pregunta que cómo tengo la tensión, y al verle venir, le digo que en su punto justo. “Sube conmigo a casa que me he traído los aparatos médicos a Biescas y te auscultaré, que si todo te va bien sacaremos unas anchoas especiales”. El  caso es que aunque Pepe y yo seamos grandes  amigos por encima de todo, pues me conoce muy bien, a veces me da la impresión de que le odio.

Ciertamente, en Biescas, repito,  me lo paso genial, aunque solo sea contemplando el paisaje e imaginando historias en sus montañas mágicas, que habrá ocasiones de referirlas públicamente. Pero como tengo la suerte de disfrutar de buena parte de mi familia y de la amistad de personas muy entrañables, así como de mi inseparable Jimena, la dicha es mayor. Aquí contamos alegremente nuestras vidas y hacemos excursiones muy tonificantes marcando de vez en cuando altos en el camino para decir tonterías, para recordar y para pensar con optimismo en el futuro, aun a pesar de la ola de crisis que nos invade. En una de esas caminatas, camino de la ermita de Santa Elena, viene Jorge, miembro del grupo, del que forma parte esencial, eso sí, aportando en esta ocasión una generosa bota de vino, chorizo y jamón,  y ese sentido del humor que caracteriza a todos nosotros, que nos permite llegar entre risas a la cima de nuestros deseos. Que somos pelaires y aunque no muy creyentes, Santa Elena nuestra patrona, que está por encima de todo. En una de nuestras paradas, entre trago y trago y bocado,  la hora de dar repaso a nuestras travesuras, Jorge empieza a reír sonoramente y ante el interés demostrado por hacerle coro, relata sus motivos cargados de guasa. “No me tires mucho de la lengua, que la culpa la tienes tu, Manolo; perdón, quiero decir, Gabino”. Mi gesto ante la acusación, es de fingida inocencia, a pesar de que me asoma una sonrisa incierta y maliciosa. Le dejo que se refiera a los hechos, y desde el principio parece que adivino su discurso. “Los chinos -asegura Jorge muy serio- inventarían la pólvora, pero tu nos la diste a conocer cuando imitando a los rusos realizábamos en la viña de mi padre los primeros lanzamientos pelaires de sputniks, si, esos que comenzaron a llamarse satélites artificiales lanzados al espacio y que a nosotros, a pesar de sentirnos triunfadores, no nos llegaban más allá de 5 metros de altura”. El caso es que uno, que siempre ha sido algo cotilla y mis amigos, íbamos a la farmacia de don Benito a comprar una sustancia en pastillas que aliviaba las molestias de garganta. Las machacábamos y las mezclábamos con azúcar y en un tubo de ovillo de hilo introducíamos el material combustible sellándole adecuadamente y dejábamos un hilillo para quemar, que una vez atado a una pajilla le prendíamos fuego impulsándole hacia arriba. Pero los experimentos fueron de corta duración, pues advertido don Benito de nuestras andanzas, cada vez que íbamos a su farmacia, nos decía que la sustancia en cuestión ya no estaba a la venta (supongo que para nosotros). Ahora yo hubiese hecho lo mismo que él.

Éramos y somos guerreros que han disfrutado de un pasado intenso y que cargados de ilusión afrontamos el futuro. En nuestra vida hay lágrimas y música, pero lo que no debe faltar en la misma es el sentido del humor, que es la mejor medicina para casi todos los males. Hay una novela de Françoise Sagan que se titula “Buenos días, tristeza”. Entre todos escribamos “Adiós, tristeza”.

 

MANUEL ESPAÑOL

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LOS TRENES DE LA VIDA

LOS TRENES DE LA VIDA

Mi tío Víctor era el amo del tren. Paraba con su locomotora y carbonera enganchada todos los días a las puertas de mi casa. Tocaba un pitido fuerte con el chiflo, y yo que allí acudía vestido con mi minúsculo pijama. Me cogía en brazos con sus manos llenas de carbón, me ennegrecía como un deshollinador, y entre risas partíamos hacia unas estaciones mágicas que paraban en mundos de ensueño. Aquellos sueños de infancia comenzaron a volverme alegremente loco, y esta locura ha ido en un aumento dosificado y con dosis cambiantes de humor y hasta de formas un tanto surrealistas. 

Nací... no me acuerdo cuando, que de eso ha pasado mucho tiempo; que no, que no me acuerdo nada de ese día en el que asusté tanto a mis padres, que no sabían de verdad lo que se les venía encima, que no era una broma ligera, que la broma, pesada ella, era para el resto del mundo, que se estaba recuperando de los desastres de la segunda guerra mundial. ¡Lo que faltaba!

Con el tiempo, entre otras virtudes y defectos, y más estos últimos, fui desarrollando mis aficiones. Los trenes seguían y siguen siendo parte de mis pasiones; que siempre he sido un apasionado. Me  gustaban especialmente aquellos viejos amasijos de hierro y madera con bancos de tablas de madera y  sabor a una humanidad envolvente, muy parecidos a los que conducía  en  mis sueños el tío Víctor. Allí, en sus vagones y con la lógica evolución de los tiempos, se han escrito paginas hermosas, historias de amor y de odios, de celos, momentos llenos de chispa.

No estoy de acuerdo cuando  se dice que “cualquier tiempo pasado fue mejor“, porque soy de los que piensa que lo mejor esta todavía por llegar, que el futuro aún hay que escribirlo, que debemos ganarlo día a día, si bien no está de más echar de vez en cuando la vista atrás y recordar los errores cometidos a fin de que no se vuelvan a repetir, si bien  me gustaría volver a vivirlos con toda intensidad en viajes reiterados hacia ese mundo mágico, inocente y feliz que todavía añoro. En el fondo aun me considero un niño que finalmente se ha convertido en un loco surrealista y soñador sin dejar atrás mis esencias a veces un poco extrañas. Ya lo he dicho: soy un niño, y no tan grande.

Gabino, despierta, que tienes que poner a cocer las judías y después tomar e coche e ir a ver a la tía Cuqui... Así que oigo la voz de Jimena, que pone el punto realista a mi existencia, sin dejar de ser una inseparable cómplice y además tolerante, aunque a veces pierda su paciencia, que lo comprendo. Pero no, en esta ocasión no le voy a hacer caso, que es que me niego y me pongo a pensar en esos viejos vagones de Renfe, si, los de tercera clase, en los que todo un mosaico de ocupantes daba color, calor y sabor al ambiente, sin faltar tampoco la alegría y la generosidad entre los ocupantes. Como los desplazamientos se hacían largos debido a la lentitud de los trenes de entonces y yo era un nene con cara de bueno, solían obsequiarme con ricos almuerzos de tortilla de patata, o bocadillos de carne empanada, y a veces me dejaban la bota de vino para que no  me atragantase. Como  la temperatura física era bastante alta, lo que los mayores consideraban correcto para aliviar los efectos del calor era abrir las ventanillas a fin de que penetrase el aire; lo malo es que al entrar en los túneles, la carbonilla procedente de la locomotora se colaba en los vagones, y unos tosían desconsoladamente y otros lloraban al ser invadidos en sus ojos por los malos humos. Por aquella época eso no pasaba en Francia, que ya tenían electrificada su red, pero les faltaba la tortilla y la carne, y ese sabor y olor a humanidad pura y dura, no exenta de pequeñas dosis fétidas. En otras ocasiones te encontrabas que en tercera clase había muchos cazadores acompañados de sus perros y montañeros que iban a hacer escaladas en los Mallos de Riglos,  que hablaban en alto y cantaban sus canciones no comprometidas políticamente, por si acaso aparecía la Guardia Civil, que solía siempre estar muy cerca, y no era cuestión ciscarse con el orden establecido.

Pero los tiempos siguieron avanzando y con otros aires, imparablemente. Que uno ya tenia acceso a los vagones de segunda, mas mullidos y con compartimentos de ocho personas cada uno, y aunque seguía entrando la carbonilla, ya era otra cosa. También aquí se escribían historias, se conversaba, pero con cuidado, que los tiempos no estaban para bromas, que en uno de esos apartados, igual podía haber un policía o un adicto chivato, si bien no faltaban sonrisas y humor, ni chicas bonitas, que a veces llevaban las faldas por encima de las rodillas y con las que se intentaba primeramente entablar conversación aunque sin resultados posteriores.

Pero ya he dicho que me gusta el tiempo presente y mirar siempre hacia el futuro. Ahora con los AVE, los desplazamientos son otra cosa, se alcanzan velocidades que a principios del siglo XX hubiesen espantado a toda la población, que entonces se decía que a 30 por hora se le podía salir el corazón loco del cuerpo a cualquiera. Ahora no entran animales en los trenes, bueno sí, unos cuantos que enturbian el ambiente en grado superlativo, se habla poco  o nada entre los pasajeros, si bien se usa y abusa del teléfono móvil, artefacto que dicen está inventado por el diablo, y a través del cual se establecen  conversaciones que no interesan a nadie, de las cuales se entera uno de todo quiera o no. y así se utiliza un tono de voz tan alto, que no le permiten al resto del pasaje centrarse en la lectura, o simplemente posibilitar las conversaciones entre dos personas en tono bajo. Visto y oído en un AVE entre Zaragoza y Madrid: “Hola cariño, estoy pasando por Calatayud. Jajajaja, si, que dicen que aquí esta la Dolores... No, no,no, que los besitos son para ti, que un pesado a mi lado también habla por teléfono. Cuelgo, que alguien de por aquí pone mala cara, que te llamare luego. Yo también te quiero“. Otra nueva llamada se produce al paso por Guadalajara con un nuevo diálogo para besugos con similares características Luego, diez minutos después se pasa por Alcala de Henares, y aquello ya parece la torre de Babel agravada con los avisos oficiales dichos en español, catalán e ingles. Los ecos continúan ya y por fin entramos en la estación de Atocha. "Mi amor, que ya estoy aquí, que te veo... Te quiero..... ", dice una joven pasajera por teléfono cuando divisa a su novio. Punto final, que ya hemos entrado en Madrid. ¡Que horror, que pesadez de viaje! Y además, sin tortilla de patata¡ Por si fuera poco hay pasajeros que viajan con sus hijos casi bebés, que hacen cacas y pises, que no paran de llorar o gritar sacando de sus adentros esos sonidos fuertes y agudos, capaces de acabar con los nervios de cualquiera, que termina acordándose  de Herodes. Y digo así, aunque me encantan los niños. Afortunadamente en Renfe han tomado nota y dicen que van a disponer de coches no invadidos  por los sonidos telefónicos. Me apunto, pido que mis billetes sean de este tipo. Si por lo menos se  contasen chistes con gracia…

Y aunque la cosa va de trenes y pasajeros, me adentro en la capital del Reino de don Felipe y doña Letizia y accedo al metro. Me encanta. Te desplazas bajo tierra y pasas a formar parte de una fauna muy variada, llena de olor sabor y hasta de humor. alguna joven con gafas ahumadas y vestida de novia, mozas con las que pretendes ligar y al verte se levantan y te ceden el asiento hundiéndote así en la miseria. Vamos, que en cierta forma, los vagones de metro me recuerdan bastante a aquellos viejos trenes tan llenos de encanto a pesar de los pesares.

 

MANUEL ESPAÑOL

BESOS ROBADOS A ORILLAS DEL EBRO

BESOS ROBADOS A ORILLAS DEL EBRO

Decididamente soy un romántico no anclado en el tiempo, algo loco, a veces majara total, y tengo tintes de auténtico surrealista. Vamos, que no me aclaro por más que piense y que le de vueltas a la cabeza. Me llamo Gabino, que no lo había dicho todavía, soy un hombre felizmente casado y mi mujer se llama Jimena. Mi inventor, al que no pienso mencionar más en estos relatos a fin de que no me quite protagonismo, se llama Manuel Español (otro chiflado), igualmente casado desde hace decenios, muy enamorado de su Mercedes, y cada vez más embobado por ella.

Jimena: “Gabino, no te pases que como aireemos sus intimidades, se va a cabrear el jefe y nos puede borrar de un plumazo. No querrás que tu y yo desaparezcamos del mapa con lo bien que lo pasamos…”.

Gabino, medio sonriente y con una pizca de malicia: “No sé, no sé.... La realidad es que Manolo no es un mal tío. Y si no, que te lo pregunten a ti que tantas veces pones a prueba su paciencia”.

Jimena, herida en su honor y un tanto colérica (tiene un sentido del humor muy particular): “Machistas, que sois unos machistas los dos. Ahora me callo un poco para no descargar del todo lo que pienso. Pero mi venganza será terrible”.

 

Bueno, pues a partir de ahora no habrá mas protagonistas en “Historias de un loco surrealista”, que el propio Gabino (muy identificado con Manuel),  y sus compañeros o “familiares” de reparto como Jimena (afín a Mercedes, que es su representante, mánager, abogada defensora, etc.). Espero que los protagonistas no se revuelvan contra mi, que estaré manejando los hilos desde atrás, si bien todo es posible hoy en día, y más después de lo que acabo de decir. Deseo que la sangre no llegue al río, a pesar de que sus aguas suelen bajar turbias. Doy paso a mis personajes, que no cunda el pánico.

 

Y con mi espíritu romántico enamoradizo también con tendencias evocadoras, soy muy dado a la meditación vespertina y a veces hasta matinal. Eso no quiere decir que cuando paseo por la margen izquierda del Ebro, aunque no ejerza religiosamente, no sienta un respeto imponente cuando a mi frente (margen derecha) se divisan majestuosas las siluetas del templo del Pilar. Y el Ebro guarda silencio con susurros de jota aragonesa, aunque no siempre.

Mis meditaciones no son precisamente muy católicas ni castas, pero nunca están cargadas de mala intención, que los besos cuando son muestras de atracción entre dos personas o están cargados de amor y ternura, resultan siempre hermosos. Y si pienso en anécdotas ya vividas o hasta por vivir, lo normal es que me asome una sonrisa gestual no exenta de una pizca de picardía.

El atardecer, cuando destilan los últimos rayos del sol hace que se sienta una inagotable fuente emanadora de inspiración y de imágenes hermosas. Parejas de jóvenes o con sed de amor se enlazan por la cintura, se miran a los ojos y no ocultan sus sentimientos. Besos apasionados destilan momentos llenos de encanto y la hierba sirve de colchón para unos revolcones maravillosos. Hay naturalidad total y uno, un tanto madurito, no puede evitar que afluyan a su mente recuerdos que quedan en la distancia real, también muy cercanos a su propio corazón. Me entran ganas de gritar y de decir: “Os quiero”. No podría ser de otra manera, exactamente igual que en mis tiempos más juveniles paseaba con una chica determinada o con la que pudiese por esos mismos lugares tan irresistibles y propensos a sentir las emociones en toda su intensidad, abriendo de par en par todos los mecanismos de la emoción, que es cuando surgen con naturalidad los besos robados venciendo cualquier tipo de resistencia, si es que en algún momento se había dado.

Estas reflexiones se las hacía un día a mi mujer que presentaba el más dulce semblante con que la he visto nunca. “Gabino, eres un romántico”, me decía. “¿Todavía te acuerdas de eso?”. Y le contestaba: “Te llevaré a ese lugar, nos besaremos y haremos el amor locamente. Nueve meses después tendremos una niña, que a mi me gustan más las niñas que los niños”.

“Cada día estás más loco, y casi me atrevería a decir que hasta más activo. Pero yo no quiero ir  ningún lugar en plan furtiva, que tenemos una casa cómoda, y no quiero que nos pase como te ocurrió a ti cuando un cura te llamó a atención en plena vía pública mientras estabas con una pobre colegiala”. Yo le contesté que la niña no era pobre ni colegiala, que estaba impresionantemente bien, y que el cura era un voyeur, digamos que salidillo, y que lo que tenía era cochina envidia. ..  “Y cuando ligaste con mi amiga Laurita, de lo cual me enteré yo con el paso de los meses? No sé como te perdoné” Y le contesté: “Es que la pobre lo estaba pasando mal después de aquel desengaño y yo traté de ayudarla”. Bueno, ¿y qué te pasó a ti con Carlos?”, contesté con inmediatez. Con una sonrisa abierta y mirada extraña y hasta un tanto sorprendida, me dijo: ”Anda ya, Gabino, date una vuelta que yo me quedo en casa esperando a Juanjo”. Muy oportuna ella, las carcajadas sonaron a dúo de una manera un tanto escandalosa.

El caso es que como me esperaba un atardecer maravilloso me fui, como no podía ser de otra manera, a “meditar” por las orillas del Ebro, a disfrutar viendo los besos robados o no tan robados, pero siempre intensamente bellos. Estaba observando los rayos del sol bien reflejados en las aguas del río, y un poco a o lejos aprecié una figura escultural, bellísima ella, melena al viento y no pude, pero es que de verdad, no pude hacer otra cosa que acercarme poco a poco a ella, que estaba sola en un banco rodeado de verde, acompañada por un perro labrador. Traté de acercarme al animal con ademán de acariciarle como paso previo para entablar una conversación con su dueña, por ver si podía robarle un beso a orillas del Ebro, con las siluetas del Pilar al fondo. ¡Qué sonriente estaba la chica! Como poco a poco se reía más ante una apariencia mía de estar preso de unos ciertos aires tímidos, por lo menos eso es lo que personalmente creía, pude sentarme junto a ella como si de un triunfo mío se tratase. Me dio un beso en la mejilla y me dijo: “qué guapo estás tío Gabino”. Era la hija de mi amigo  Celestino, que había salido a pasear con su animalito de cuatro patas, acompañada también por otro de dos, un tipo de un equipo de baloncesto, creo, al que por supuesto saludé muy amablemente cuando hizo su aparición. Al momento, cuando me despedí de ellos, estaban abrazándose con hermosa ternura Fue cuando me dije a mí mismo, aquello de “Gabino, cuida con lo que haces que estás en la edad media”. Y un servidor, como es habitual en mi, sigue haciendo el gili.

 

MANUEL ESPAÑOL

PATATAS A LA RIOJANA, INSPIRACIÓN MOZART

PATATAS A LA RIOJANA, INSPIRACIÓN MOZART

Mis amigos cocineros, y no digo “cocinicas”, son unos magos en el mundo de los fogones, muchos de ellos estudiosos del arte de cúchares, perdón, he querido decir de la cuchara, si bien con las cosas del tenedor igualmente hacen maravillas. Recuerdo que en una de las sesiones de un congreso nacional de periodistas y escritores de turismo que se celebró hace ya unos cuantos años en Zaragoza,  y aquí debo referirme a Emilio Lacambra porque deslumbró y sorprendió al auditorio con la exposición de sus conocimientos gastronómicos, no faltaron en sus citas personalidades como Teodoro Bardají ni otros históricos. Con amigos como él y los que aquí no menciono porque afortunadamente para mi a lista sería muy extensa (que me perdonen el resto de mis amigos), es imposible que uno no tenga cierta afición por el buen yantar. Si a ello se añade que a lo largo de los casi ocho años que estuve viviendo en Bilbao, frecuentaba los llamados “txokos” donde buenos aficionados hacían sus guisos magistrales, se puede comprender que a estas alturas, aunque no quiera pasarme de la raya, y hago todo lo posible, necesito del auxilio del médico endocrinólogo, porque mi apetito ha ido en aumento, mi peso no disminuye, el perímetro adiposo tampoco. A muchos cocineros les he preguntado qué hacen ellos para transformar tantas maravillas alimentarias en manjares exquisitos sin engordar ni un gramo, y en su sabia respuestas me han dicho de las mil y una formas posibles que “hay que saber catar y no probar”, algo que no va conmigo, que cuando guiso no me ha de faltar una buena cerveza o un buen vino para ayudar a “pasar” ese aperitivo que previamente me he preparado de cara a la buena navegación culinaria.

Curiosamente, en el “bocho”, donde vivía en la soledad hogareña aunque disfrutaba de muchos y buenos amigos, los directores que tuve la suerte de estar con ellos en mi periódico, me encomendaban cariñosamente las críticas gastronómicas, eso sí, siempre con el apoyo del bueno de turno, que bien me gustaría en este caso citar a Miguel Ángel Astíz, un maestro., y la buena conexión con Busca Isusi. Por si fuera poco, nunca me faltaban entradas para los conciertos y temporadas de óperas, algo que trato de que me ocurra en Zaragoza, si bien no lo consigo del todo de la manera que quisiera. Así, desde esta posición, digamos que privilegiada, la música y la “gastro”,  pasaron a formar una parte armónica y esencial de mi vida, que de vez en cuando toma la personalidad de un loco surrealista, al que empezaré a llamar Gabino a fin de acortar. Además, uno que es de Biescas, y no lo digo por presumir, tiene buenísimos paisanos que son unos fieras de la cocina, que se portan como auténticos demonios con eso de la tentación de la carne, del pescado y del marisco, que lo suyo es de vicio. Y no digamos de los quesos …

Con estos ingredientes combinados con mis tantos años del ejercicio del periodismo en todas sus variantes, que no se extrañe nadie que tenga que dar rienda suelta a todas las fuerzas interiores hasta hacerlas confesables a través de la confección de mi “Mundo Mágico”. La lógica de mi trayectoria, aunque un tanto majara sí que estoy, hace que sienta la necesidad de acudir a los recursos de mi discoteca y ponga con frecuencia a Mozart, mi compositor favorito, el más grande, pero que extienda el abanico a toda la música sinfónica mientras me pongo a los fogones caseros. Uno de mis platos favoritos son las Patatas a la Riojana, a las que he tenido el atrevimiento de llamarles “a lo Mozart”,  con su inequívoco punto de picante. Si estaré como una cabra, que comienzo el rito cocinero imaginándome el teclado de un piano y poniendo sobre el mismo estos dedos que se han de llenar poco después de olores a chorizo picantoncillo, cebolla, ajo, pimentón, pimientos, tomate (perdón a los ortodoxos). Así que antes de ponerme a pelar las patatas,  debo imitar a Salieri y decir como hacía él tras las barrabasadas al más especial de los músicos de todos los tiempos: “¡Perdón, Mozart!”, para añadir: “estas patatas van por ti, las hago en tu honor y me las como después”. Y así comienzan a sonar malamente las notas de la “Alla Turca”. Como yo mismo me asusto y si está Jimena en casa me espanta a escobazos, recurro a mi equipo de música y ante tanta maravilla me olvido de las patatas. Pero la realidad se impone y vuelvo a los fogones, que como no me esmere me quedo sin uno de los grandes manjares culinarios. Hago el sofrito  con la cebolla, pimiento, tomate, añadiéndole pimentón de la Vera y varios trozos de chorizo; pongo las patatas y después de removerlas un poco las cubro con agua y vino blanco; se echan a la olla, y a esperar. Ya sé que después de leer hasta aquí, profesores como Emilio, Eduardo, Miguel, Ángel, Ignacio… se echarán las manos a la cabeza. “Está como siempre, algo loco”, dirán. De acuerdo, pero les invito a que degusten este plato que no digo que esté muy bien hecho, pero que a mi me sabe a gloria. Después les propondré que canten conmigo algunas de las arias de “La flauta mágica” para acabar con bien una sesión mozartiana.

 

MANUEL ESPAÑOL

DEL POLVO VENIMOS AL POLVO VAMOS

DEL POLVO VENIMOS AL POLVO VAMOS

Hoy me encuentro absorto en mis pensamientos a veces un tanto disparatados y  a veces hasta incongruentes. Así que estoy dándole vueltas y vueltas  sobre temas tan serios como la vida, y sólo se me ocurre una frase que a algunos les puede parecer un tanto gamberra (no digo que no les falte una pequeña chispa de razón), pero que no deja de ser de lo más auténtico: “Del polvo venimos, al polvo vamos” sintetiza el origen y el ocaso de la vida, ahí es nada.

 ¿Ya está este pirado con sus chaladuras?, se preguntarán algunos. La existencia es un polvo continuo, y hasta en determinadas etapas la religión nos recuerda eso de que “polvo eres y en polvo te has de convertir”. Vamos, como para banalizar el tema. ¿Algún ser humano o animal (irracionales hay muchos) han sido fabricados en común acuerdo de mala gana?  Recordemos que los santos también llegaron al mundo a raíz del polvo. Y así la vida es una cadena circular que se repite desde que a Adán y Eva decidieron crecer y multiplicarse. Aparecieron los chinos, los europeos, los americanos, japoneses, rusos, por supuesto que también los españoles, y en medio de este mosaico surgieron los idiomas, las diferentes creencias y tradiciones. Pero lo que no puede negarme nadie es que el inicio de la esencia de la vida, sigue siendo el mismo. Pero es que si además se disfruta tanto, ¿por qué se empeñan algunos en demonizar una situación tan natural cuando dos personas se ponen de acuerdo? Que no, que mientras se pueda y el cuerpo aguante, la represión no deja de ser puro masoquismo sin ton ni son.

Recuerdo el gran complejo de culpabilidad que trataban de inculcarnos desde antes incluso de llegar a la pubertad a cuando teníamos malos pensamientos. Que todas las semanas nos hacían confesar y nos peguntaban: “¿cuántas veces, hijo mío?”. Pecado mortal, condenado al infierno, ese lugar (nos decían) que si mueres en desgracia es al que vas a ir. Y para acojonarnos más nos lo explicaban de la siguiente manera: “Imaginaros que estáis ahí permanentemente  envueltos en las llamas de Pedro Botero y encerrados en una gran bola de acero, y tan solo de millón en millón de años aparecerá un pajarito a dar un picotazo en un punto determinado. ¿Cuál es el poder de perforación del animalito. Niguno. El fuergo será eterno”. Así hasta que empezaron a reaparecer los polvos en nuestra existencia, y venga a hacernos pesadas las penitencias. Como la paciencia tiene un límite, al final ni puto caso, que en este país del nacionalcatolicismo en que me tocó vivir, todo era pecado, o religioso o civil. Aún recuerdo que cuando servidor aún era un tierno infante, en el Parque Grande José Antonio Labordeta de Zaragoza (antes José Antonio Primo de Rivera), un cura con hábitos sorprendió a una pareja besándose en la boca. Y aunque yo era niño  y ya apuntaba a cierta afición por el cotilleo, presencié la bronca tan impresionante por atentado a la moral pública y la amenaza a los “infractores” de llamar a la policía. Sí, era la época en la que los jóvenes no tenían dinero y que antes de las diez de la noche debían estar en casa.

Crecer y multiplicar. Si ya lo decretó el Creador, que además nos dotó de una naturaleza suficientemente hermosa para disfrutar sin mojigaterías. Que el polvo es como es, que no surgió de otra manera. Lo malo es que conforme uno se hace mayor aparecen las primeras goteras, va al médico, te receta muchas cosas, te prohíbe muchas más, y cuando protestas, con sorna te comenta: “los polvos son buenos, disfrutas y relajan muchos, que ahí no te prohíbo nada”. El muy cabrito…

MANUEL ESPAÑOL


EL CHORIZO DEL RÉGIMEN

EL CHORIZO DEL RÉGIMEN

Cada día que transcurre se resiente más mi salud mental. Y a pesar de ello rechazo la idea de ir a las consultas de los psicoanalistas, psicólogos, psiquíatras, como hacen mis amigos argentinos, uruguayos, españoles y norteamericanos, entre otros tarados del mundo, que al final se dejan su dinero en saco vacío, y de día en día aumentan su grado de locura, mientras que me quedo tan sólo en un ser surrealista, estado bien asumido que me permite manifestar lo que pienso porque me han dejado ya por imposible. Y como la vida es un continuo ensayo para el día siguiente, y así de manera sucesiva mientras caen las hojas del calendario, trato de poner remedio a mi manera para no entrar en una carrera vertical hacia abajo que podría resultar caótica. Mi Jimena, que es un encanto, a pesar de su extraordinaria capacidad organizativa, por lo menos eso es lo que se cree ella, trata de apoyarme en todo para superar el estado de ansiedad que me corroe y que yo sólo sé superarlo a mi manera, dicen que tan poco ortodoxa y propia de un gran pecador como es mi caso. Siento, me señalan con el dedo acusador, que estoy gordito, bueno, mejor dicho obesillo, que debo perder kilos, y es cuando desnudo, me examino en el espejo del cuarto de baño y me veo unas curvas que no tienen nada que ver con el erotismo, y empiezo a avergonzarme de mi mismo, lo que me conduce, a pesar de mis falsas risas,  a un estado semidepresivo, a mí, que alardeo tanto de la necesidad del sentido del humor. Hay que reaccionar, y mi chica, con su maliciosa sonrisa asegura que me quiere mucho, que me ayudará, que tendré que poner de mi parte, por ejemplo, que debo empezar un régimen muy severo. Y tonto de mí me lo creo y hasta parece que estoy dispuesto a ponerme serio, aunque de eso tengo mis dudas. Acudo a mi médico endocrinólogo muy fraternal conmigo, y me veo de vez en cuando con los más diversos médicos, sí, esos que en las relaciones personales son amigos, esos que fuera de consulta te llevan por lugares de perdición, si bien ahora se les llama centros de cultura gastronómica o enotecas en los que a las bebidas se les acompaña con morcillas bajas en colesterol, chorizos sin grasa, callos a la madrileña, cocido, huevos rotos… Y cuando les comento mis penas sus carcajadas se hacen de lo más estridente y se hacen consentidores de mi afición pecadora que tanto placer me proporciona sin represión. Lo malo es que cuando vienen a casa, Jimena, que ejerce de perfecta anfitriona y que les ofrece las mejores viandas, les pregunta por mi situación clínica: “este loco surrealista (encima con recochineo) debe tomárselo más en serio y empezar a hacer sacrificios”. Ello me hace abrir ojos como platos y un tanto malhumorado, peso eso sí, con la mejor de las sonrisas les contesto: “Vamos a empezar ahora mismo. ¡Jimena, retira los pimientos rellenos y acompañados de salsa, congela los chuletones de buey que habíamos encargado en la “boutique de la carne”, la tarta trufada se la regalaremos a los sobrinos! No hay problema, que con una borraja cocida con patatas y aderezada con aceite de oliva virgen extra, será suficiente. Como la protesta no se hace esperar a pesar de las gracias, quien se come las borrajas tan sólo soy yo, que los demás, el resto. Y aún me  tengo que escuchar guasas y más guasas. “¿No dices que hay que tomarse la vida con buen humor? Pues empieza”. Los muy cabritos… Y encima dice Jimena que si me cabreo me pondrá a dieta de… sexo. Lo que me faltaba a estas alturas para más cachondeo.

Al final siempre cedo, y ahora que me encuentro en una etapa de pleno régimen, veo que el gráfico de mi capacidad mental está de lo más alterado. La verdad es que no me siento bien, que hay momentos en los que me comería hasta un elefante, o unas patatas con chorizo, vamos, a la riojana, unos calamares a la romana con salsa alioli o brava, o tortilla de patata… Así que para distraerme de esta pena que me acosa, enciendo el ordenador, me meto en el “caralibro”, o sea en el Facebook, y no me envían más que recetas de cocina, imágenes de platos de lo más sofisticado y apetitoso, o de ternasco de Aragón con patatas a lo pobre, o esos callos con los que tengo tanta fijación. Mi tía Cuqui, que guisa tan extraordinariamente, me llama por teléfono y me pregunta que cuándo viajo al pueblo para estar con ella, que me preparará unos platos que tanto me gustan, y que si no puedo ir allá, mi primo Marcelo el trompetista me los traerá a casa. Sí, para que me vuelva a hacer lo de la vez anterior, para a comérselos él solo con Jimena. Así mi situación se hace de lo más insoportable de lo que cualquiera podría imaginar, por lo que si a alguien le da por tomarme aún más el pelo, le contesto con la sonrisa más cínica de la que soy capaz.

A este ritmo tan alterado no se puede vivir. Como aún no estoy loco del todo, todavía tengo capacidad de pensar, aunque sea un poco; lo suficiente como para poner en práctica mis pequeños trucos. La cerveza y el vino que no me falten, y aunque a pesar de todo trato de enmendarme, aunque sea escondido (no diré donde) tampoco me faltará el chorizo ilegal no controlado para poder picotear con cuidado, pero cuando yo quiera. Es el chorizo del régimen, que con un poco de pan me hace los efectos de un calmante. Eso no quita para que de vez en cuando me tribute un homenaje, aunque sea en destino desconocido a fin de no ser localizado. Entiendo que es una manera de decir adiós al régimen, aunque sea con cierta dosis de cinismo

 

MANUEL ESPAÑOL

EL DÍA EN QUE NACÍ YO

EL DÍA EN QUE NACÍ YO

¡¡¡¡Si el agua se transformase en vino....!

 

Currito, un sobrino muy chungón él, dice acordarse del día en que nació, y te lo cuenta con gran alarde de imaginación, haciendo como si se hallase en un estado mental regresivo desafiante. No. Si es que no me tiene el menor respeto el pequeñajo este de 1,80 metros de estatura, porque claro, él es un chico muy joven, fuerte, guapo, listo e inteligente que habla cinco idiomas y que liga mogollón, tiene respuestas para todo y además lo hace muy bien. Yo, lo contrario, aunque en su momento hice lo que pude, tengo menos pelo, más años, no digo cuántos, porque algo de coqueto ya tengo. Y aunque me tiente con su guasa este chiquitín pidiéndome que haga un ejercicio extremo de memoria, que bien que quisiera, pero no acierto al mirar hacia atrás. Puedo decir que si la mirada retrospectiva hacia los sucesos en el tiempo se midiese en vertical, lo mío sería una especie de vértigo causante de un terrible pánico, como si rodase físicamente dos veces la altitud del Everest (8.848 m.) desde el punto más alto, o sea, 17.696 metros de caída en libre. En esto estaba ocupada mi mente, con la expresión facial como ida, cuando Jimena, mi mujer, me sacaba de una especie de letargo con una pregunta: “¿Qué piensas, en el día que naciste?”. Con Jimena tengo una suerte enorme; es tierna, dulce, permisiva, procura no ponerme nunca nervioso, y a veces parece que me tiene en una nube un tanto celestial, llena de algodones. Pero como siempre hay alguna excepción a la regla, he de decir que también desarrolla una guasa que me excita y hace que mi persona sufra una transformación total como si fuera el Dr. Jeckyl. Como siempre me pasa igual y los cambios tan drásticos me duran unos escasos minutos, ella ya acostumbrada, contiene la risa y espera que mi semblante vuelva a estar pacífico para volver a la carga y seguir castigándome con su peculiar sentido del humor. Al final, para encontrar una salida alegre con ésta condenada aliada de Curro, decido decirle que sí, que pensaba en el día en que nací. Lo único que recuerdo, porque me lo dijeron años después, es que yo era un bebé horrible, más o menos como ahora en adulto y muy veterano. Miro en las páginas de Wikipedia, y aunque estábamos en las últimas de la Segunda Guerra Mundial, de ese día las crónicas de los periódicos no publican nada reseñable. ¡Qué desconsideración hacia el que luego sería el loco surrealista!, ¡qué poca visión de futuro!

Aunque no me gusta mirar hacia atrás, en ocasiones no puedo evitar algún sentimiento de nostalgia mezclada con algo de malicia hacia una infancia que con ayuda de algo de imaginación, me permite reconstruir momentos que dejaron en mí huellas extrañas y a mi manera. Recuerdo que cuando apenas levantaba unos escasos palmos del suelo y me hallaba en el parvulario, ¿o no era en el parvulario? El caso es que ya se nos hablaba de la Historia Sagrada y de la vida de Jesucristo. Como quiera que suelo cambiar de vez en cuando las situaciones y las interpretaciones de las mismas, se me quedó grabado de una forma peculiar el milagro de las Bodas de Canaán, sí, esas en las que Jesús, a los 11 años, convirtió el agua en vino y así pudieron beber todos, y alguno hasta en demasía con la consiguiente resaca. ¡Como que me hubiera dejado mi padre hacer eso! ¡Lo bien que me lo hubiera pasado con él como amigo suyo maquinando trastadas de ese tipo! Gracias a cómo me contaron en el “cole” el milagro, y en mi afán de entender todo al revés, sentí una necesidad inmensa de saber transformar debidamente la uva, o saber lo suficiente de química como para convertir el incoloro e inodoro elemento en vino, a ser posible del Somontano de Huesca, que el negocio hubiese resultado redondo. En el fondo, y tratando de ser medio realista, y sin pasar de medio tonto, debo de reconocer que en ese momento, el Niño no se acordaba de lo que le había sucedido a Noé cuando bebió los efluvios de Baco al salir de su famosa arca cargada de animales después de unas inundaciones que duraron cuarenta días y cuarenta noches. Que por lo visto en Canaán hubo quiénes agarraron moñas de impresión, que él había obedecido  órdenes de los mayores. Así le conté la historia al cura de turno que me examinaba, que me respondió que si quería yo hacerle comulgar con ruedas de molino. “De molino, de molino, precisamente no, que usted tiene una cara muy grande, y aunque la boca también…”. Total, que me soltó un bofetón nada simbólico, y me echaron del colegio. Afortunadamente, la represalia física no me llegó porque me agaché a tiempo y el que salió con la cara amoratada era un compañero que no tenía nada que ver. Vamos, que no me acordaré del día en que nací, pero sí del día de mi expulsión, por más que haya llovido. Y es que la memoria es tan selectiva...

 

Manuel Español