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Mundo mágico

Historias de un loco surrealista

EL CUENTISTA DEL BANCO

EL CUENTISTA DEL BANCO

Estaba en el Madrid de Ana Botella, si, la alcaldesa que habla inglés con acento de Lavapiés, meditando qué se podía hacer por ayudar al país, tan saturado de "salvadores" de un pasito adelante y dos pasitos atrás. Ante tamaña empresa, llegué a sospechar que  estaba mucho más loco de lo que creía, que debía de serenarme aunque fuera solo un poco. Así sucede que burrada tras burrada de intenciones (que me perdonen los asnos), se acumulaba en mí todo un interior lleno de brechas, no sé si curables a estas alturas. Y no exteriorizo lo que pensaba, porque uno es educado y pacifico, que los encargados de regir nuestros destinos patrios se merecen collejas mayúsculas.  Vaya, que me estoy poniendo blando y demasiado cortés, que así no se consigue nada, que bla, bla, bla y bla…  Y así, una tras otra en una cinta sin fin. En esas estaba en la capital del Reino de España, a donde había acudido entre otras bondades para disfrutar de sus museos, teatros, salas de exposiciones, y ¿por qué no?, para dar rienda suelta en la medida de mis posibilidades, a mi vocación del loco surrealista que soy, y que también disfruta con intensidad de la observación de los tipos de los barrios castizos, de chulapones y chulaponas, !que olé la gracia que tienen!, del hombre invisible de la Plaza de Oriente, del Homer Simpson de la Puerta del Sol, si, si, allí donde se encuentran, no es ninguna ironía, el oso y el madroño, que uno, cualquiera que se acerque, y proceda de donde proceda, nunca es forastero en Madrid.

Soy aragonés, que no quepa duda.  Y en esas estaba presumiendo de aragonesismo junto a un grupo de amigos en un establecimiento hostelero muy próximo a la Plaza Mayor, disfrutando de unos callos exquisitos bien regados con tinto del Somontano de Barbastro, cuando sonó mi teléfono móvil, y en la distancia se escuchaba la voz de mi primo Marcelo para darme las novedades de su pueblo, que no es el mío pero al que le tengo igualmente mucho cariño. Marcelo, que se había vuelto algo más sensato y había dejado de tocar la trompeta para alivio de vacas, cabras y demás ganado, me dijo que me acercase cuanto antes por allí, que habían inaugurado un banco con dos empleados y mucho dinero en la caja, que así la plaza había quedado muy maja, que además Claudio, uno de los típicos de aquellos lares, hacía guardia en el edificio en horas de oficina. Estaba muy claro que ese número no me lo iba a perder y que aprovecharía igualmente para disfrutar de uno de los guisos de mi tía Cuqui.  Ante ese panorama tan sabroso, días más tarde, allí que me plante, como no podía ser de otra manera. Así que dejé el utilitario en la misma plaza donde estaba el nuevo banco, ademas del Ayuntamiento, bar-casa de comidas, consultorio médico y parroquia, y allí estaba Claudio, quien tanto decía apreciarme ("como si fueses mi hermano" me decía casi siempre), pero que en esta ocasión no me hizo ni caso. Me acerqué a él y... como si nada. Estaba demasiado atento a pasar el dedo en la fachada bancaria, por lo que para llamar su atención le tuve que gritar al oído:   ¡Claudioooooooooo! Más pacifico de lo que pudiera imaginar, no se lo pensó demasiado al decirme: "Ay mocete, que con razón te llaman loco. ¿No ves que estoy contando dinero? Al abrir este banco, los amos del mismo me contrataron como cuentista. Me pusieron un chip en este recuadro marcado con tiza, y cada vez que paso el dedo supone  un euro de ganancia para la entidad, y si cuento tres mil, mil quinientos son para mí. Lo malo es que tengo que controlar también al Macario y al Saturnino, para que en sus horas laborales no dejen la oficina, y si se van y lo cuento a los jefes de la ciudad, les echan a la calle y no les pagan, por lo que me odian y dicen que soy un chivato y un cuentista... Pero oye, loco, siento decirte que he perdido “demasíau” tiempo contigo, que tengo que ganar más dinero". Como vi que desde dentro de la oficina el Macario y el Satur  no podían contener más la risa, entre allí y me contaron su historia. Claudio no dejaba parar a nadie en el pueblo; al cura, que le llamaban don Casto, le amargaba la vida con sus chistes verdes, al médico le daba todos los días trabajos extra, bien por purgaciones  (hasta el pueblo llegaban con frecuencia putas veteranas no revisadas) o por patadas que daba a las piedras; a la seña Paca le tomaba prestada de vez en cuando alguna gallina para comer, o bien les quitaba los huevos recién puestos. Y de esta manera, sus "hazañas" se multiplicaban. Es por ello que los dos empleados, apoyados por todos los habitantes del pueblo, idearon esta historia poniéndose de acuerdo con sus jefes. Y Claudio, que un tanto loco más que yo, además de tonto,  pesetero y egoísta, picó en el anzuelo y volvió la tranquilidad. No sé por cuánto tiempo será así, porque cuando pasen más de tres meses y se canse de recibir su sueldo a través del chip prodigioso, estoy convencido de que montara en cólera.

 

MANUEL ESPAÑOL

MARCELO EL TROMPETISTA

MARCELO EL TROMPETISTA

En verdad, en verdad os digo, que toda mi vida he sido un pirado por la música, especialmente la clásica, pero también de todo tipo de estilos si la calidad es buena. Me he emocionado con el sonido de un violín, con la fuerza de un  piano, con el decir de un saxo tenor, con este idioma tan internacional en el que muchas veces sobran las palabras y afloran los sentimientos. Acabo de escuchar los conciertos de clarinete y oboe de Mozart y me dan ganas de entrar en un trance místico que también tiene mucho de sensual. Y no digo nada del Bolero de Ravel con sus cadencias tan lentas, casi imperceptibles en el inicio, y que terminan siendo coronadas por el más puro frenesí. Pero una cosas son los sueños, esos deseos tan nítidos y claros que mezclan espíritu y fuerza para invadir el propio interior, y otra estrellarse  contra esa incapacidad que nos impide estar dotados para escalar las cumbres de nuestros deseos. Sí, amigos, que a este loco surrealista bien que le hubiera gustado ser un virtuoso, y se conforma con sentir goces  tan especiales, bien a través de grabaciones que nos dejan las grandes orquestas, o de conciertos clásicos que haya podido ver en directo. Hubiera estudiado en un conservatorio, pero al final no lo hice, quizás por haber tomado toda una serie de desvíos que se apartan del camino recto de la vida y que conduce a otras metas, a las que he llegado y que también me hacen disfrutar con intensidad.

El caso es que, un buen día me llamó por teléfono  mi primo Marcelo, de un pueblo muy cercano al de la tía Cuqui, diciéndome que quería ser músico. Tras el monumental susto que me llevé al recibir tan directamente la noticia , tanto que tragué  y expulsé por conducto nasal antirreglamentario la cerveza con que tan ricamente quería refrescarme, una vez en calma pensé que “el chico, aunque no es de muchas luces, hay que ayudarle. Por lo menos que aprenda a tocar un instrumento, algo que no supe hacer yo, y si con eso es feliz…”. Así que le dije : “vente unos días a Zaragoza, y veremos qué se puede conseguir”.

Marcelo, mozo recio y alto, es muy buena persona, “un bendito”, que se dice en esta tierra a orillas del Ebro, y un tozudo tan mayúsculo, que como se empeñe es capaz de atravesar un muro a cabezazos. En mi casa se plantó portando unos paquetones enormes que contenían productos de la matanza del cerdo cargados de colesterol: chorizos, un jamón, morcillas, madejas ya preparadas, longanizas, y por si fuera poco, huevos de corral. El caso es que tras dejar la mercancía me traspasó una sensación de alegría que no hay quien se la pueda imaginar. Por un momento pensé en los homenajes que me iba a tributar a espaldas de mi médico endocrinólogo, porque es que si se enteraba de la verdad me oiría, lo que en realidad me oigo todos los días: “estás loco”, con lo que mi propia respuesta sería “afirmativo”. No hizo falta que me echara la bronca el galeno, porque en esos instantes llegó a casa mi sufridora, que a pesar de que parezca que no, quiere con locura al primo. El caso es que tras el numerito de ella y la cara de tonto que ponía yo, y tras la risa que le dio a Marcelo, porque por una vez me abroncaban a mi y no a él, que repito, no tiene muchas luces, llegó la calma flotando en una nube cargada de guasa por parte de ellos, mientras que la mía almacenaba truenos, rayos y agua teñida con betún negro. Se dio la situación de que me vi forzado a expresar una cierta tranquilidad y callar. A la hora de la cena me di cuenta que el gran paquete de la cerdada había volado hacia un banco de alimentos, algo sobre lo que no tenía nada que objetar. Pero el recochineo mayor fue que tras no parar de reír, la sufridora y Marcelo habían guardado para ellos alguna pequeña propina que muy pronto pusieron sobre la mesa: un par de huevos fritos cada uno, con patatas fritas, chorizo y morcilla. A mi me reservaron un poco de borraja cocida, un filetito de pescado a la plancha y una manzana. Mi primo, el muy “c…” que no paraba e soltar carcajadas, aún tuvo el atrevimiento de darme una fuerte palmada por detrás cuando mi mujer se había acercado un instante a la cocina y yo tomaba más calmado un vaso de vino, que también expulsé por conducto antirreglamentario. Para apaciguar mis nervios, ella que cada día me atrae más, aún me susurró al oído sano: “anda cariño, que si te veo contento, esta noche practicaremos en nuestro cuarto esos enredos que tanto me gustan”. Así que mandé a Marcelo a la cama (la suya, aclaremos) y no opuso resistencia. Jimena y yo nos acostamos rápidamente y a mi me faltó tiempo para empezar a enredar, cuando oímos voces procedentes de otra habitación: “ay que malico, qué malico estoy” y le contesté: “eso son las morcillas y el vino que te has bebido, que te han sentado muy mal”. Tras una inmediata risotada, la primera del día y de la noche, me volví hacia mi sufridora, que en ese momento empezaba a vomitar. Así que tras un “que os den morcilla y huevos”, también me quedé toda la noche en vela y sin sexo, eso sí, pensando en el “Bolero” de Ravel, que siempre es un recurso.

Como en el fondo no me tengo por mala persona y amo tanto la música,  al día siguiente era el momento de acompañar a Marcelo a que eligiese instrumentos. Mientras andábamos por la calle vimos cómo unos ambulantes llevaban una cabra y de repente se pararon, uno tocó el “España cañí” a la trompeta, al mismo tiempo la cabra bailaba y hacía equilibrios en la punta de un palo, y otro pasaba la gorra para la “ayuda al arte”. Mi primo estaba embelesado con la cabra y el instrumento de viento, compró este último a peso de oro para desesperación mía. Pero el pobre no me dio ningún mal más. Se fue con el cabrero para aprender el oficio y así poder tocar la trompeta y tan sólo acertó a decir que “cuando sepa tocar me vendré unos días a tu casa a darte un concierto”. Tengo entendido que fue muy buen alumno, porque el ambulante le dijo en pocas jornadas que ya había aprendido todo, que era muy bueno.

Como Marcelo añoraba su casa del pueblo, le eximí de su compromiso del concierto en la mía. “Bueno, ya te tocaré por teléfono”, dijo finalmente a modo de despedida. Unas semanas después de ensayar por el monte, las vacas y las cabras habían dejado de dar leche, y la poca que les quedaba salía agriada; al poco se escapaban del término municipal. Sabedores del origen de la causa, los vecinos, que también querían a Marcelo, le quitaron la trompeta y   “a escote” le regalaron una casa en las afueras, para evitar que lo vieran más los animales. Marcelo dejó de ser el trompetista y volvió la buena leche.

 

MANUEL ESPAÑOL

LA FELICITACIÓN DE LA TÍA CUQUI

LA FELICITACIÓN DE LA TÍA CUQUI

El dibujo es de mi sobrino Pablo Español, que así me ve el muy...

 

DEDICADO EN ESPECIAL A MIS AMIGOS DEL INSTITUTO QUEVEDO DE HUMOR

 

Mi tía Cuqui es un ser especial y goza de mi cariño más intenso. Vive un tanto solitaria en el pueblo, en una casa grande, hermosa, sí, una casa que siempre ha sido la de todos a lo largo de un montón de generaciones. Allí nunca dejó de haber bullicio y alegría, además de corral con gallinas ponedoras, gallo que animaba el gallinero, conejos que se multiplicaban continuamente, perro y gato. Algunos amigos del lugar le acompañan y siempre están para lo que necesite, que si el médico don Jonás, el cura mosén Pancracio, así como doña Julieta, y la verdad es que otras personas también pasadas en años viven el presente casi junto a ella. Aún recuerdo aquellas habitaciones llenas de gente, las reuniones de la cadiera junto a la chimenea, las tertulias de rosario y chocolate en el salón del primer piso…

Ella aún siente y añora las ausencias de los que se fueron, pero ha sabido mirar hacia delante y continuar la vida con una sonrisa, peleando contra la adversidad y comunicándose con el resto de los suyos y con el mundo en general, a través del “skype”, ese invento del demonio al que unos llaman Facebook y otros “Caralibro” . Así está al tanto de una manera interactiva de cuanto sucede más allá de su entorno municipal. De esta manera, muchas veces llama a su sobrino del alma, a este loco surrealista que a veces viste que es un desastre, que en ocasiones lleva el pelo largo, a fin de que me ponga ante la cámara para así pasarme revista y echarme la cantada. Me llama de todo, me dice que si estoy como una cabra, que soy un ingrato, que no voy a verla, y así me pone a parir hasta que suelto la carcajada, hasta que se ríe ella y me dice: “Calla, calla, desustanciado” .

Mi tía y yo nos queremos, casi como si no pudiéramos pasar el uno sin el otro, pero no nos parecemos en nada, si no es en que los dos tenemos la sangre roja y el corazón a la izquerda, mal que le pese a ella. Cuqui es conservadora, yo no; ella es de derechas, yo no. Bueno, para decir verdad, no sé que soy, si bien para hacer rabiar y sacar chispas, de vez en cuando hay que llevar la contraria, porque eso de estar siempre de acuerdo, supongo que tiene que ser algo aburrido. En la vida, un gramo de locura pienso que está bien tenerlo, y no importa si nos excedemos un poco.

Bueno, que llega la Navidad y nos intercambiamos muchos besicos al aire y por medio de la cámara de internet, que no saben a lo debido, pero algo es algo. Eso sí, cuando llegan los días 24, 25 y 31 de diciembre, así como el 1 de enero del año siguiente, raro es que no estemos juntos. Así que para Nochevieja, me fui por la mañana al pueblo a brindar una fecha tan celebrada. Hay que despedir el año  y dar la bienvenida al siguiente, siempre con las mejores intenciones y nunca con un “que te parta un rayo”, por más que alguno lo piense. Con estos deseos me he plantado en el pueblo, para brindar junto a la tía por nosotros, por la familia, los amigos y por los pacientes lectores del “Loco Surrealista”. Pero la tía dice que quiere brindar igualmente por la paz en el mundo y le contesto eso de “bueno….”, por lo que alzamos y acercamos nuestras copas. Así nos acordamos y así repetimos por el primico que está en Japón, por el bebé que parieron hace dos meses los vecinos de al lado de mi casa en la ciudad y que no hace más que llorar, por el ministro Montoro que nos fiscaliza todo, ¡no por ese no, que se nos atraganta el cava!, por Jesús cuando convirtió el agua en vino., que ese sí. Y tras copa y copa decidimos sentarnos porque no nos mantenemos en pie. Hay que dar cuenta del cabrito asado al horno que ha encargado Cuqui a la Panadería del pueblo, y está exquisitamente aragonés. Entre bocado y bocado, risas, y entre bocado y bocado, algún recuerdo salpicado de discusión, y como nunca llega la sangre al río, tan felices.

Lo hemos pasado tan bien hasta el momento y la verdad es que ya ha llegado la hora de marcharse. Pero yo no me quiero ir sin mi tía, que estamos los dos de lo más cariñoso, y como el que conduce soy yo y no estoy en condiciones alcohólicas, es ella la que me quiere secuestrar y me obliga a quedarme en su casa, para lo que en un plan preconcebido ha preparado mi habitación. Llamo a mi mujer, habituada a las horas intempestivas, le digo lo que pasa y ella me comenta que tiene el vehículo estropeado, que bien, que no puede venir a reunirse con nosotros, y que ella se irá a casa de sus padres. De esta manera llega el instante de las uvas y de los buenos deseos. Tía y yo expresamos al unísono las intenciones para nuestros lectores: “Que el año 2014 sea mucho mejor que 2013, que haya mucha ventura, salud y especialmente sentido del humor, que si se pierde éste se pierde la esencia del ser humano”. Personalmente le añado que “el Gobierno ponga punto final a los recortes, que la sanidad vuelva a ser lo que fue, que aumenten los sueldos y las pensiones, que descienda el número de parados en España…” Cuqui me dice: ”Estás borracho”, y yo apostillo: “Tu también”. Los dos: “Hasta el año que viene, besos para todos”. 

MANUEL ESPAÑOL

CADA DÍA, MÁS LOCO

CADA DÍA, MÁS LOCO

A veces la soledad es buena, pero si uno persiste en ella termina discutiendo consigo mismo. Eso me suele ocurrir cuando en mis jornadas matinales ejerzo la sana costumbre de caminar por las vías públicas, ya sea en Zaragoza o en Madrid. Y así encerrado en mis propios mundos, recuerdo tiempos pasados, con una transición rápida vuelvo al presente y en ocasiones pienso en el futuro como si ya estuviese en el mismo, o pongo en marcha mi imaginación tratando de imprimirme de ese grado de locura tan necesario para vivir “a mi manera”, algo que casi nunca consigo por más que lo intente.

A veces trato y logro reírme de mi mismo, de mis recuerdos de las travesuras que hacía en mi época más infantil (aún no he abandonado la infancia), sí, de aquellas fiestas de Magallón con vaquillas que los mozos trataban de sortear en una plaza de toros improvisada y rodeada de carros que hacían las veces de tribunas para el público. Como era un niño, los mayores -¡siempre los odiosos mayores!- no me dejaban saltar al ruedo, pero me colaba en los corrales y me paseaba entre las vaquillas que afortunadamente para mi integridad no me hacían ni menor caso. Así comencé mis andanzas como loco surrealista, condición que también confirmé en Biescas, el pueblo de mis amores, que tenía unos árboles frutales espléndidos, a los que con frecuencia me subía con los amigos para robar sus productos, darnos luego un atracón que nos obligaba a descargar en el campo a causa de los retorcijones de tan tamaña ingestión.

Pero claro, han pasado los años y de pronto nos hemos plantado en el  presente y me he dado cuenta que si recordar es vivir, también hay que mirar hacia todos los lados, adelante, atrás, un, dos tres… La mente puede ser rápida y a veces es tan difícil coordinarla, por no decir imposible, lo que nos lleva al deterioro de nuestra higiene mental.

Que uno en sus paseos no sólo recuerda, sino que piensa en lo mal que está la vida, en la crisis tan salvaje que vivimos actualmente, en nuestros políticos mal llamados padres o madres de la patria… Que no, que no, que no les llamemos padres o madres, que luego no queremos que nos digan “hijos de…” y salgan ellos mal parados, que nosotros somos muy sufridos. Pero… claro está que la paciencia tiene un límite, y al final llegamos a tal grado de desesperación, que somos nosotros los salpicados, montando en cólera de esta manera y protagonizando unas reivindicaciones duramente reprimidas por el ¿orden? establecido.

No digamos nada de la corrupción que nos invade en este país todavía llamado España y que tanto quiero. En tiempos en que dimiten hasta los Papas, aquí no  hay nadie que lo haga.

Pues parece que hoy, en este paseo zaragozano por el Parque José Antonio Labordeta, estoy de mal carácter, que no encuentro la cara divertida de la vida, que no acierto con una crítica sagaz de las que tanto me gustan. Uno de los remedios que trato de aplicarme en situaciones así es la de hacerme un homenaje gastronómico (no en otra cosa, mal pensados) y en ocasiones suelo acertar en mi propósito de ¡fuera cabreos! Así que me dispongo a tomar el tranvía que me dejará en las proximidades de una buena taberna en la que hacen un bacalao al pil pil que a mi me parece tan especial. Algunos de los sufridos lectores vecinos y conocedores de Zaragoza ya saben de las averías que suelen darse dos días sí y uno no en estos vehículos eléctricos de titularidad municipal. Cargado hasta los topes, me tocó en el momento y en el día que sí, por lo que también en el interior se estableció una corriente de malos humos, en cuyo ambiente estuve respirando durante casi  media hora, con lo que se me fueron las ganas de bacalao. Así que decidí irme a casa con un enfado monumental y pensando en insensateces tan enormes como la de sentirnos insultados por quienes dicen que salimos de la crisis, que afirman, no sé si con recochineo, que los sueldos suben aceptablemente, y todo ello mientras se quitan pagas extras, se rebajan salarios y se semiprivatizan y en muchos casos se privatizan tantos y tantos servicios públicos.

¿Y ahora a quien le doy un corte de mangas?

 

MANUEL ESPAÑOL

INGÉNUOS VOTOS ELECTORALES

INGÉNUOS VOTOS ELECTORALES

 

Me acosté pensando en los regalos virtuales, que  a reales no llego, que pensaba hacer por Navidad a esos políticos que tanto nos quieren y que dicen hablan y hacen en representación nuestra, sin que nosotros les demos mayor autorización que la de unos ingenuos votos electorales tras las exposiciones de sus programas cargadas muchas de ellas de falsas promesas. Y me reía solo ante la extrañeza de mi mujer, que hace tiempo duda de la integridad de mis facultades mentales. Asumido mi papel de loco surrealista con sentido del humor, aunque a veces no lo parezca, en sueños llegué a pensar que los presos por delitos económicos devolvían con intereses el importe de sus fechorías, que los delincuentes del mismo tipo pero que permanecen huidos de la justicia hacían otro tanto, que así poco a poco los españoles no sólo íbamos a salir de la crisis, sino que llegaríamos a superar el máximo nivel de los mejores tiempos (de bienestar, se entiende). Y en el colmo de mi delirio hasta contemplé en imágenes difusas, que iba bajar la gasolina, la luz, el gas, la alimentación, el precio y las condiciones de las viviendas, todo ello seguido de un largo e increíble etcétera de bondades como la derogación inmediata de las medidas más represivas, la educación de alta calidad para todo el mundo, una sanidad universal para todos, alejada de la privatización. Y no sigo… ¿No era para sentirse feliz? De ser así, hasta Rajoy y los que le acompañan nos caerían más simpáticos especialmente para los que creemos en la justicia social. Pero no explico más mis sueños porque me vería obligado a extenderme determinadas imágenes sexis que no vienen al caso, aunque animan bastante.

El caso es que, para desgracia de mi placidez sonó el radio despertador a destiempo, demasiado temprano, con la noticia de que el resultado la subasta de la luz haría que ésta aumentase su costo a cada consumidor con un porcentaje situado en torno al once por ciento, si bien un día después el Gobierno había dejado en suspenso esa medida tan descabellada y sumamente egoísta e insolidaria. Así que teníamos la tarifa más alta de Europa y con la subida se pondría entre las primeras del mundo. Claro que en algo teníamos que ser los primeros, con lo que el orgullo nacional está a salvo. Bueno, que ya se pondrán de acuerdo Gobiernos y eléctricos, para transmitirnos en toda su intensidad corriente de alto voltaje para nuestro cuerpo y mente de manera muy especial.

Mientras, entre todas las ¿fuerzas? políticas se vislumbra un rollo muy malo que no provoca mas que enfrentamientos, alejamientos cada vez más intensos entre los grupos y personas que lejos de unirse por una causa común en beneficio de todos, se distancian a través de posiciones divergentes y muchas de ellas egoístas. Mientras, en este país todavía llamado España, los políticos gobernantes dicen que la crisis se ha acabado, que los sueldos suben de una manera aceptable, que el desempleo disminuye, que las pensiones están garantizadas, aunque su aumento no será dependiente de la fluctuación del IPC. Ante esta situación no me queda mas que decir que no se han subido sueldos (probablemente sí en el caso de algunos altos directivos), que ha disminuido el número de pagas extras, que los contratos laborales cada vez valen menos, que continuamente cierran locales comerciales y pequeñas y medianas empresas. ¿Hay alguien que se atreva a decir que “España va bien”?

Bueno, que me pongo demasiado serio, que no es lo mío. Que tras mis turbios sueños hay algo que sí quiero regalar de cara a estas Navidades a nuestros ¿responsables? políticos: oxitocina, la sustancia natural de fomenta el cariño entre las personas y da mayor dulzura a las formas. ¿Verdad que sería bello ver bailar un tango muy agarrado a Rajoy con Elena Valenciano?, ¿y a Soraya Sáenz de Santamaría con Rubalcaba?. ¿A Rosa Díez con quien le emparejamos? Tras la duda pienso que no le importaría bailarlo con su diputado Toni Cantó.

El próximo día, como decían Tip y Coll, hablaremos del Gobierno. País…

 

MANUEL ESPAÑOL

LA NOVIA DEL METRO

LA NOVIA DEL METRO

 

Paseaba el loco surrealista por la Cava Baja madrileña emulando a Plácido Domingo con las notas de "Los de Aragón", y muy pronto tuvo que oír eso de "maño, que te has equivocado de pueblo". Como el loco soy yo y me gusta presumir de aragonés allá donde por donde voy, no se me ocurrió hacer otra cosa que sonreír, y decirles que soy de Zaragoza. "Siendo así -me contestaron- sigue, sigue que nosotros te escuchamos, y si nos aguantas y te aguantamos intentaremos hacerte el coro". Un poco idos estábamos todos. Fuimos a ello, tratamos de conjuntar nuestras voces y artísticamente el "bel canto" resultó un desastre,  pero lo pasamos de bien... El caso es que para agradecerles su buena acogida les invité a un bar, y entre vaso y vaso y tapa de callos, bien jaleado entoné tabernariamente pero con inmenso cariño, ese chotis que tan amorosamente escribió Agustín Lara dedicándoselo a este pedacito de cielo que es la capital de España. La juerga y la buena sintonía eran elementos garantizados. Es que, aun a pesar de que pueda sonar a tópico, no hay nada más cierto de que "a la hora de estar en Madrid, posiblemente la ciudad mayormente comunicativa de este país, ya te sientes felizmente diluido entre millones de personas, por lo que la integración es total.

Pero aquello no era otra cosa  que el inicio de mi reciente estancia, en la que me pasaron cosas de lo más surrealista. Y con vivas a Madrid y a Aragón, me separé del grupo y continué mi camino por la gran ciudad de la Villa y Corte, disfrutando del inmenso y variado paisaje urbano, de ese hermoso escaparate lleno de calor, color y sabor, sea en verano o en invierno. Así que pasada la resaca del vino y los callos, en una mañana que me parecía sorprendente, a la altura del tramo de la calle Fuencarral cercano a la Gran Vía, casi me tropiezo con Gaspar Llamazares, uno de los líderes de Izquierda Unida y diputado en las Cortés. Me entraron ganas de iniciar un diálogo, de preguntar muchas cosas, pero el hombre iba con aires tan preocupados, que dejé pasar la ocasión, que no quería molestarle, ni a él ni a nadie, que por muy loco que esté, en el fondo no soy malo. El caso es que al rato me encontré con una manifestación en contra de la privatización de la sanidad pública, después otra contra los recortes llevados a cabo por el Gobierno de Rajoy en materia de enseñanza, y a todo ello teniendo como escenarios calles llenas de suciedad por aquello de la aún reciente huelga llevada a cabo por los trabajadores de la empresa concesionaria encargada de mantener las vías limpias. Y no le hubiera preguntado solo a Llamazares, sino a Rubalcaba, Wert, Ana Mato, Rajoy, etc., etc..... Que en España, en el pueblo de Madrid, no nos merecemos esto.

Meditando y preocupado por todas estas cosas, decidí  tranquilizarme y alegrar de nuevo mi higiene mental, y disfrutar de las bellezas y buen ambiente que siempre te sorprenden en el Retiro, por lo que tomé el metro. Había dos asientos vacíos, me senté en uno de ellos, y de repente, como una aparición, se presento ella, vestida de novia, con su traje blanco largo, su tul y unas gafas ahumadas que le estaban enormes. Lógicamente, ante la mirada atónita de todos los pasajeros, hizo uso del lugar contiguo al mío. Al principio la miré sorprendido, luego estaba que me partía de risa diciendo para mis adentros eso de "otra más loca que yo, que ya es decir". La situación prometía, ya que ella, que era auténtico tipazo y muy guapa, contestó con otra risa, estableciéndose un diálogo para besugos entre los dos:

-¿Verdad que estoy un poco loca?

-Loca no sé, pero a mí me parece que eres una mujer sorprendente

-¿Buscas novio?, ¿Subes al metro para ir a casarte?

-Así que te he sorprendido.

-A estas alturas no me sorprende nada, pero es que lo tuyo...

Y entre sonrisas salpicadas por alguna carcajada, me contó que se trataba de una apuesta con las amigas. Y que yo, ya que iba bien vestido, podía hacer una buena pareja con ella. El caso es que entre frases interrumpidas por una nada habitual tartamudez, este loco más surrealista que nunca, le dijo que estaba casado y bien casado, pero eso a la chica no le importaba nada. Lo gracioso del caso, no sé para quien, es que con sus dotes de persuasión consiguió salir del transporte público conmigo del brazo, por lo que parecíamos una pareja de recién casados, y yo decía para mis adentros: "Joer con la loca esta, en que lío me he metido. Y yo que estaba tan bien antes cantando "Madrid"... Para mayor recochineo sacó su cámara fotográfica a fin de inmortalizar nuestra estancia en el Retiro, ante la guasa de muchos madrileños. Ella estaba con un rostro muy feliz y satisfecho. Me dijo que había ganado la apuesta, y que su novio real estaba ya obligado a llevarla sin límite de gasto, de viaje a Pekín y Shanghái. Le pedí que por lo menos me enviara alguna copia de las fotos, pero ella me dijo que esas imágenes eran exclusivamente para ella y para su chico. Pero eso sí, me dio un par de besos en las mejillas, y me dijo que yo lo había hecho muy bien, que muchas gracias, que se acordaría de mí toda la vida. El caso es que me quedé con una auténtica cara de gili y más colorado que un tomate de pera maduro.

 

MANUEL ESPAÑOL 

¡POR MI SALUD MENTAL!

¡POR MI SALUD MENTAL!

Un día sí y otro también, me tengo que oír aquello tan manido de “tu estás loco”, o “te faltan varios tornillos”, o “estás como una cabra, vete al monte…”. Reconozco que algo de razón si tienen quienes me lo dicen, que por eso jamás me enfadaré una vez asumida mi atípica condición. Así que en el momento que puedo me agarro con sensatez al volante, y me voy a mi pueblo, a Biescas, a seguir con mis sueños un tantos surrealistas teniendo como fondo esas montañas que me fascinan, como compañía personas que tanto me han dado o siguen dando y a las que tanto debo, y aquí paz y después gloria. Sí, me gusta sentirme como un monocomando incontrolado con ganas de juerga, y hasta de meditación, quizás no demasiado mística. Pero qué le voy a hacer si soy un poco cabra…

Estoy profundamente enamorado, y ya se sabe que el amor también conlleva una mezcla de locura debidamente salpimentada con unos gramos de cordura (los justos, no demasiados) y un constante sentido del humor, este último como ingrediente esencial en un menú de alto nivel para disfrutar de la más larga, y si puede ser divertida, mejor convivencia. Y de esta manera uno aspira a pasar los años como un alegre guerrero y pacifista. Sin embargo he aquí que la tranquilidad no suele durar demasiado por más que se intente, por más que se ceda, por más que se diga amén, ya que las hojas del calendario ceden y ceden, pasan los lustros, y tratan de velar por nuestra la salud ante la aparición de unos achaques, primero de una manera intermitente, y después ya no tanto. Ante estas situaciones no deseadas suelen hacer su aparición los galenos, a instancias de la jefa propia, fiel y amorosa.

 Anteriormente, años atrás, en los colegios nos llegaron a decir que el sexo era sucio, malo y pecaminoso, lo que nos hacía a muchos tener un sentimiento de culpa y de falta de respeto al prójimo, mientras la naturaleza que nos decían la había dado Dios, no reblaba en su discurrir y nos hacía pecadores, y hala… ¡a confesar!, por lo que el infierno era una amenaza constante. Unos evolucionamos pronto y otros no tanto, pero fueron desapareciendo determinados complejos. En el fondo éramos unos verdaderos inocentones y nos lo creíamos todo. Ya en la madurez avanzada en la cual me encuentro, hacen su aparición los médicos, algunos de ellos amigos desde la infancia, y todo lo solucionan con medicinas. Te prohíben el tabaco (no fumo), el alcohol, te descubren que tienes tensión, que no puedes tomar sal, que la vista anda renqueante, que tienes que ponerte unas gotitas todos los días, que hacen su asomo los primeros síntomas de reúma, que debes de cuidarte, que el colesterol está alto, que drásticamente dejes las grasas. Y a mi, que me gustan tanto los torreznos, los callos, el chorizo, morcilla, huevos, gambas, mantequilla, queso, natas, entre otros, además de los alimentos azucarados. El caso es que tras una sesión de estas en las que el doctor te deja tan cabreado, le preguntas inocentemente: “¿Y el sexo?”

_Eso es buenísimo, todo lo que quieras.

Y yo me quedo como un gili ante la risotada del médico. ¿No es para volverse loco después de haber perdido tanto los años? Así que te planteas ya la necesidad de que debes de poner en orden tu salud mental. ¿Un psiquíatra?, ¿un neurólogo?, ¿un psicólogo? Trato de transmitirme fuerza de voluntad, hago dieta, intento adelgazar y en ocasiones el apetito se hace muy exigente, y no entiendo de tantas razones por mucho que sea el cariño con que nos las dan. Así que les hago algunos pequeños cortes de mangas a mis médicos sin que se enteren (chsss), y pongo en marcha mi propia terapia para combatir esta locura galopante que se está apoderando de mi persona. La verdad es que para no sentirte un auténtico y enfermizo chiflado, lo apropiado es hacerse de vez en cuando un buen homenaje. Para ello, nada mejor que con un par de huevos, fritos, por supuesto, acompañados de jamón o chorizo, pimientos y patatas fritas. Esto lo he llevado a la práctica este pasado verano en Casa Ruba en Biescas, y he creído sentirme en la gloria. Con un par, con un entrecote a la brasa de esos tan buenos que hay en mi tierra, y con un montón de cosas muy variadas ellas, mi salud mental está a salvo, que la otra…

Bueno, que hoy me quedo con los huevos, que mañana será otro día.

 

MANUEL ESPAÑOL

EL TIRO POR LA CULATA

EL TIRO POR LA CULATA

 

 

Si algo admiro especialmente en mis semejantes, es en relación con su grado de sentido del humor. Aquellos que no lo poseen tienen por delante el camino muy negro y amargado. El humor es un recurso necesariamente vital para saber dar, siempre que sea preciso, una sonrisa a la vida. ¿Y tomar el pelo? Eso está muy bien, pero para reírse de los demás, hay que empezar por saber reírse de sí mismo, que el caso contrario no sólo es trampa, sino una reacción detestable. Que sí, que el humor es lo más serio que hay, una medicina para el espíritu y para activar ese cerebro que teóricamente llevamos en el interior de nuestra cabeza, una parte del cuerpo que algunos la portan sobre los hombros para terminar su figura en algo. No, que no me refiero a los políticos que dicen representarnos, ni a economistas que juegan a la bolsa como descerebrados, ni a fondistas monetarios que niegan el pan y la sal a quienes lo necesitan para ellos comerse algún pastelillo. Hace unos años tuve la fortuna de entrevistar a nuestro premio Nobel de Literatura, Camilo José Cela, quien por cierto, había sido senador por designación digital, y uno de los “padres” de la actual Constitución Española. Recuerdo que le pregunté por el sentido del humor de los políticos, y me dijo que carecían del mismo, y textualmente expresó que “están por debajo del pueblo español, y si me apura, le diré que por debajo de la ganadería española”. Don Camilo, que entre otras muchas anécdotas me contó la del cipote de Archidona, sí que sabía reírse de sí mismo, de sus aciertos y de sus desaciertos.

 

 

Menos mal que trato de ser un fiel seguidor de la teoría vital del humor, que si no fuese así lo iba a pasar muy mal, que de esta manera me ha ido en diferentes etapas de mi vida. A pesar de lo que me ha tocado lamentar, siempre me ha gustado reír, que era y es el mejor remedio para mis penas, y ahora, que he sobrepasado muy poco más que ligeramente la edad media, más lo necesito. El humor me ha dado confianza en mí mismo, con el tiempo me ha hecho perder la vergüenza, me ha devuelto un espíritu juvenil y mirar hacia adelante con un relativo optimismo. Eso no quiere decir que las cosas me salgan habitualmente bien, que con mucha frecuencia me sale el tiro de la frivolidad por la culata.

 

Voy a poner un ejemplo, que me sucedió hace poco en una hora punta en el metro de Madrid. El urbano tren estaba atestado de viajeros, y entre ellos se encontraba sentada una joven muy bella y escultural, que portaba minifalda (las piernas espléndidas)  y una blusa que permitía ver generosamente parte de sus redondeces. Y uno, que por encima de todo es fiel en el matrimonio y que a pesar de la edad no ha perdido el buen gusto, me hice ese razonamiento tan manido de que “lo que se han de comer los gusanos, que lo vean los cristianos”. La niña, conocedora del alcance de su exposición, empezó a sonreír y yo a sentirme amedrentado. Entonces me dije: “Ya verás tu, ahora me dirigirá la palabra y yo no sé qué decir ni hacer. Me muero de vergüenza”. Que a mi me gusta hacer el indio, pero sin ninguna intención. Y la otra sí que se me dirigió: “Abuelo, que le cedo el asiento”. La muy ca…….   Así se me fue todo el encantamiento. La chica, de repente, me pareció horriblemente fea, pues con mucha sorna, eso sí, me había hundido en la miseria. Que ni soy abuelo, ni estoy tan viejo. ¿Y dónde estaba entonces mi sentido del humor tan necesario?, ¿me había abandonado? De eso, nada. Cuanto más me acuerdo de la anécdota, más me río. Dicen que la risa beneficia tanto al cuerpo como a la mente. Así que ¡¡¡viva la salud!!!!, que quiero vivir muchos años y me gustan las personas que sonríen.

 

MANUEL ESPAÑOL