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Mundo mágico

MAS ALLÁ DE LAS ESTRELLAS

MAS ALLÁ DE LAS ESTRELLAS

No sé que tiene la noche que con su visión enigmática, fascina y envuelve y también arrastra. Es tiempo de ver las estrellas, es tiempo especial para excitar imaginación, para soñar con los ojos abiertos y también cerrados, es tiempo para navegar por un mundo imaginativo hecho a la medida de tu sentir en torno a tus propios satélites que orbitan por la propia cabeza, hasta penetrar e instalarse en el interior más profundo, a veces cargado de pesadillas. Es la libertad que tienes para romper las cadenas a las que te sientes anclado y que a veces te desesperan. Me viene a la mente el impresionante y deprimente “Grito” de Edvard Munch, invadido por los virus destructores del ser humano que te hacen caer en los abismos más infernales. Es ese el canto a la locura mayormente depresiva en la que me niego a caer. Creo y quiero solidaridad humana autentica, y no la caridad “lavaconciencias”. A partir de ahí confieso que soy un enamorado del amor y del humor. Que el amor siempre estará presente en mi persona, que si siento la necesidad del buen humor y sé transmitirlo y contagio alguna sonrisa, habré dado un buen paso adelante. Esa es la dirección que deseo fervientemente y en la que me encuentro feliz. Y como algo loco sí que estoy, no me importa que me llamen el “loco surrealista”.
Así que ya vale de mostrarme con una seriedad que no va conmigo (¿O si?) *y con la que he querido hacer acto confesional, un poco “sin pasarme”. Dejemos atrás la tristeza y de esta manera, con la mejor de mis sonrisas, abro la puerta y salgo al balcón de mi nido montañés a fin de contemplar el firmamento cargado de estrellas y de espíritus libres; también, a ver pasar a mis personajes haciendome la burla con su mano derecha puesta en la nariz, o emitiendo sonidos guturales, que con cierta ligereza llamamos pedorretas. Me dicen que se van de juerga, que no sea tonto, que me llevan a un mundo sorprendente, de brujitas buenas, de caballos voladores, trapecistas, payasos, leones bondadosos, duendes… y espacios donde no se conocen los armamentos ni las banderas divisoras, ni las fronteras inventadas por el ser humano. Y ni corto ni perezoso, me dejo un zapato que me recuerde la necesidad de volver, y me agarro de las manos de las componentes del Club de las Gatas Locas, de todos los hombres invisibles que hay en el entorno de la Puerta del Sol, de Madrid. Así hasta que llega Francisco Franco, mejor dicho, uno de sus imitadores físicos, que me hace poner cara de pánico hasta que me sale al rescate la novia del metro, si, aquella que iba vestida de blanco en el suburbano y con gafas de sol para disimular, que me tomó el pelo todo lo que quiso, y que como cantó Brasens y compartió Javier Krahe, me hizo quedar como un gilipollas en el Parque del Retiro. Y aparecen Pino, Marya, Blanca, Sara, Teresa, Carmen, Silvia, Elena, Ana, Elvira, Marivi... si mis brujitas encantadoras que todos los días me inyectan con sus soplos inspiradores una motivación que tan solo es posible a través de su saber hacer como musas revoltosas que son. Es cuando suena música con aires circenses inspirados en la imaginación tan mágicamente surrealista como la de Federico Fellini. Nos unimos todos en una cadena cerrada que dibuja formas libres, alegres, disparatadas y con coreografía no exenta de ciertos aires con ingredientes libertarios, a la que se unen además personajes como Marcelo Mastroianni, Sofía Loren, Vittorio de Sica y Claudia Cardinale en sus momentos mayormente espléndidos..... ¡Vaya baile tan especial que nadie desea tenga fin!, que se desarrolla bajo la carpa circense con la estanquera de ”Ocho y medio!, que está que se sale de su vestido, acompañada de los ragazzos faltones y cargados de guasa, que no se resisten de forma divertida a montarse en la noria, en los carruseles. Sí, estoy en un mundo mágico tan solo apto para las personas que encuentran entre las estrellas su capacidad soñadora e imaginativa. Cundo la música alcanza su momento trepidante, me encuentro frente a frente con una escotada Sofia Loren, que me invita a bailar apretaditos los dos bajo el hechizo del cielo estrellado. Y claro, empiezo a cojear y a hacer la risa. Es cuando me doy cuenta de que me falta un zapato en el pie derecho, y noto que las luces se van apagando, que las gatas locas y mis brujitas no sé si me dicen hasta luego cuando me depositan en el mismo balcón desde el que ahora siento mis mejores sonrisas. “Ha sido todo un sueño”, me dice en imbécil de Pepito Grillo, siepre tan inoportuno. No digo que no, pero puedo asegurar que soñar dormido o despierto también es vivir con intensidad, como con frecuencia me sucede. Que no le falte a nadie la imaginación, las ganas de reír, el sentido del humor, la generosidad de la existencia, ni la nobleza necesaria para mirar siempre de frente al prójimo comprometedor sin necesidad de bajar la vista.

MANUEL ESPAÑOL

SE FUGA DEL MUSEO DEL PRADO Y APARECE EN BIESCAS

SE FUGA DEL MUSEO DEL PRADO Y APARECE EN BIESCAS

Parecía la figura escapada de un lienzo de El Greco, en el Museo del Prado, pero no llevaba vestido de santo, ni compañía piadosa. Se estaba poniendo un atardecer sobrecogedor a la salida de Biescas direccion Gavin, en una cuesta camino de la montaña. Su silueta estirada contrastaba especialmente ante el reflejo del sol. En un alarde de facultades físicas reforzadas por mi curiosidad innata, pronto di alcance a este extraño que miraba al cielo, observaba el vuelo de los buitres, de las diversas especies de pájaros, la agilidad de las ardillas, escuchaba los conciertos de unas aves difíciles y hasta misteriosas. Alto, muy delgado, perilla con aire quijotesco, habían pasado... no se, demasiados años desde que le vi por ultima vez. El se llama Perico, y cuando me di cuenta de su identidad, sentí una alegría muy especial. Me contó que trabajaba como director técnico en una sociedad científica dedicada al estudio de la naturaleza, que acababa de llegar del Amazonas brasileño donde había vivido los quince años anteriores, que allí, en el país suramericano se encontraba en el Paraíso. Tanto es así y sentiase tan a gusto con sus investigaciones sobre el terreno, que se enamoro fuertemente de una nativa con la que tenia tres hijos. Allí se encontraba muy feliz con su familia, y sin embargo quería como nadie a su pueblo de España y a sus gentes, y les echaba de menos, por lo que su corazón estaba partido. Su destino era inamovible, pero el amor a su tierra chica lo sentia tan fuerte y lo transmitía de tal manera a los suyos, que hijos y mujer no paraban de rogarle a fin de hacer un viaje para cruzar el océano. El suyo era en ese momento un estado esencialmente hermoso, a pesar de su corazón partido.
Cuando nos reconocimos nos dimos el mas fuerte e intenso de los abrazos. “Soy el hombre mas afortunado del mundo. Hace tres horas que he llegado a Biescas, nos hemos alojado en el hotel y como había algo de cansancio tras el largo viaje, he dejado a Sonia con nuestros mulatitos a descansar un poco, y he aprovechado para recuperar el tiempo perdido y contemplar el ocaso del sol en Arratiecho. Sigue siendo tan cautivador como cuando me fui. Y aquí quiero estar por lo menos dos meses, a fin de disfrutar de mi tierra, la de mis mayores, la de mis mejores amigos. Gabino, suerte la mía de que hayas sido la primera persona que me pondrá al corriente de la actualidad de este entorno. Venga, otro abrazo, amigo“.
El sol ya se había puesto a esas horas como cuando éramos niños, los ladridos de los perros seguían escuchandose desde las casetas de los huertos como cuando éramos niños, y los murciélagos sobrevolaban mas bajo bajo a esas horas, como cuando éramos niños. Cuando éramos niños, el mundo se movía entre la picardía y la inocencia, pero era todo mas sencillo. “Cuando íbamos a robar fruta comíamos tanta ciruela, tanta manzana, tanta pera, que luego nos entraban unas descomposiciones...“, me dice Perico para añadir a continuación que “siempre nos sorprendían y =vaya broncas que nos echaba el abuelo¡“. Las carcajadas comenzaban a ser continuas, y no se por que, cuando se juntan a hablar del pasado y a mentir con sus falsas memorias dos hombres, siempre salen a relucir las conquistas femeninas. “Perico ≠le digo≠ que como saquemos este tema, te voy a decir que eras el mas golferas de la panda, que ligabas mogollón“. El otro ataja con rapidez y habilidad¿ “Gabino, Gabinin, que a lo largo de todos años sin vernos después de nuestra niñez, aun me acuerdo con frecuencia y te nombro a los compañeros brasileños a quienes cuento tu hazaña en la piscina con la holandesa aquella. ¡Lo que nos hemos reído a tu costa¡ Y eso que han pasado ya cuarenta años“. Como no me puedo callar, al sentirme aludido preciso que para una vez que logre aproximarme en aquellos tiempos a una chica, éramos tiernos y enloquecimos de ta manera que el primer beso condujo a la caída de la parte superior del biquini, justamente cuando éramos presa de los improperios de una señora que poco después reconoció que se había pasado con nosotros, que no era para tanto entre dos inocentones que apenas sabíamos de la vida. No, lo dicho, que me querian acusar de pecador y lo suyo era cochina envidia. El caso es que en aquella misma jornada se entero todo el pueblo, que hasta el cura vino a casa a echarme la bronca *cochina envidia, seguía pensando un servidor! Y los mayores de la casa haciendome rezar el Rosario con su correspondietes letanias durante una semana para evitar las “malas“ y añado que “buenas“ tentaciones. Pues ya no cuento mas de mi vida privada, que para colmo, Jimena. que de vez en cuando mira por encima de mi hombro cuando escribo, me llama golfo con todo el retintineo del que ella es capaz, aunque también me hace reír“.
El caso es que la noche se ha echado encima y de repente Perico se ha dado cuenta que ha dejado a su mujer y los niños en el hotel desde hace un poco mas de dos horas,sin conocer a nadie. Mi amigo se pone a temblar, y lo único que se le ocurre comentar es “la mala milk que se le pone a Sonia cuando lleva cincuenta minutos sin mi. Así que por ahora, Gabino, quedas contratado de guardaespaldas. Mi respuesta? “Te acompaño a que que me presentes a tu mujer y a tus mulatitos, que también tengo muchas ganas de conocerles. Eso si, debes prometerme que lo de la holandesa no lo vas a decir mas, que si me nombras como protagonista, te mato“.El caso es que a base de risas y buen humor comenzamos el retorno a pie al pueblo que nos vio crecer. En el camino le llamo a Jimena a fin de que prepare cena para cuatro. Le cuento lo del brasileño pelaire, su mujer y sus mulatitos. “+Y que preparo_!, me dice ella que me echa en cara no haber ido a hacer la compra del dia, por lo que tenemos la nevera vacía. Se me ocurre que si consigo de Ramon unos huevos y patatas, podemos hacer una gran tortilla, sacamos unas latas de calamares, guisamos un arroz con tomate y chorizo... Dada la contundencia con que me empleo y ante eclipse de ese gin tonic Bombay Azul que tanto nos gusta a los dos, ella me dice lánguidamente? “Bueno....“ Tras apalabrar la cena, Sonia sube a la habitación hotelera a arreglarse y se encuentra a dos de los chicos con fiebre. Baja de nuevo y nos dice que si no nos importa dejaremos la cena para otro día. Quedamos de acuerdo el fugado de una de las pinturas de El Greco y yo, y de esta manera salvo mis gin tonics nocturnos (vicioso que es uno), y mañana o pasado nos iremos de vinos Perico y yo.

MANUEL ESPAÑOL

CUQUI SE VA A LA MONTAÑA PREÑADA (y II)

CUQUI SE VA A LA MONTAÑA PREÑADA (y II)

Lo que se propone lo lleva a cabo. Por fin la tía Cuqui, harta de estampitas, dejó plantado a don Casto y sus beatas. Que ella ya estaba, pero que muy cansada, de hablar siempre lo mismo, de lo desvergonzadas que eran las hijas del boticario que había llegado de Canarias, de los líos de faldas del nuevo ingeniero de la empresa metalúrgica que se había instalado en el pueblo, del bar y los parroquianos que iban al establecimiento de La Casta Susana, de las nuevas infidelidades del marido de doña Felisa, que reconocía que “mi Fausto se irá de capillitas pero siempre vuelve a la catedral”. Y después estaba ese chocolate con churros y las muchas impertinencias que se decían a lo largo del mismo para marcar distancias y poner de manifiesto las bondades de los asistentes. Eso si, como había que cumplir con parroquieta, se terminaba con el rezo del Rosario y una larga letanía de arrepentimientos y buenos propósitos. Así, conciencias tranquilas.

“Venga, que ya estoy harta de tanto rezo salpicado por la malicia pecadora. Que tengo unas ganas locas de pasarlo bien al aire libre, de cantar, de reír, bailar y de gritar, de hacerle sombra a Teta Galleta”, decía Cuqui. Y dado el interés mostrado por la Montaña Preñada, todos los componentes del grupo de destarifados, nos mostramos plenamente de acuerdo. Así que tanto Cuqui, Teta Galleta, Jimena, Marcelo, Miguel y Gabino, un servidor de Cristo bendito de usted, y tal y como se dice por estas tierras, teníamos un cuerpo de Jota, que no había quien pudiera con nosotros. Llegó de madrugada la hora de la partida y en la puerta de Cuqui nos juntamos todos. ¿Sorprendente? El caso es que la tía abre su casa por la puerta de la cuadra y aparece subida a un caballo que también portaba unas alforjas bien cargadas. Como ella conocía perfectamente el camino iría delante, y el caballo, percherón y de un blanco muy hermoso, ponía cara de resignación ante la carga que le esperaba. Las viandas ya habían sido sabiamente colocadas, con sus correspondientes vajillas campestres, un buen vino tinto del Somontano para regar la comida, y la tía, con una cara más feliz que una perdiz. Quien protestaba un poco era Marcelo, a quien le habíamos prohibido llevar la trompeta, pero que no pudo evitar un pequeño cabreo cuando el poeta Miguel sacó su reluciente acordeón, que llevaría a lo largo del camino, según él “para meter marcha y canta”!. La tía, como buena amazona que había sido, dispuesta a conquistar sobre su montura la Montaña Preñada. Jimena llevaba un pantalón corto y un suéter ajustado sin mangas, y yo tan embobado. La nota la dio Teta Galleta -¡cómo no!_, que muy presumida ella llevaba un insinuante conjunto deportivo y un gorro para el sol a juego, y me dijo que iba de esta manera para ver si de una vez conquistaba al mastuerzo de Miguel, que ya no sabía qué tocar, y menos cuando Teta le pregunto de forma melosa, que “¿eso de Preñada que quiere decir?” Tan tonto se quedo el acordeonista improvisado, que no sabiendo cómo salir del apuro, no se le ocurrió otra cosa que arrancar con la música de La Ronda de Boltaña, y así en el aire y para el grupo de tarados, sonó “La mazurca de Mosen Bruno”, ante la risotada sonora de la tía Cuqui, que se acordaba de don Casto, y de los dos kilos de churros que le había enviado a su casa para compartir ante las santitas damas que le iban a acompañar. Monte arriba, y más monte arriba, la música se fue apagando y la tita, riéndose todavía y con una cara muy divertida, diciéndonos de todo, también que no valíamos para nada, que nos agotábamos muy pronto, que así Miguel no iba a conquistar a Teta. Pero qué incordiadora, qué desconocida estaba. Así hasta que llegamos a un pequeño llano con una tasca espléndidamente verdosa, y una fuente de agua fría y cristalina con una pequeña hondonada para enfriar los alimentos. Era un hermoso lugar para una deliciosa fiesta campestre. Cuqui bajó del caballo y ya se disponía a organizar la intendencia y los preparativos, cuando Teta volvió a preguntar ¿Y por que se llama esta montaña la Preñada?”. Y el chico Miguel, sin palabras para contestar, dejó el acordeón en el suelo, con e brazo derecho le agarro el hombro, se la llevo unos pasos por delante de nosotros y, cuando estaban a punto de esconderse ante la maleza, al repelente de Marcelo, que seguía cabreado por no haber traído la trompeta, no se le ocurrió otra cosa que gritar: “¡¡¡¡¡¡¡¡Migueeeeelllllll, que se te ha caído el acordeón en un charco!!!!!!! Total, que tanto él como ella volvieron prontamente con cara de fastidio, y cuando la nueva pareja se dio cuenta de la broma, a Miguel especialmente le entraron ganas de liarse a palos con el trompetista que espantaba hasta a las vacas de su pueblo cuando tocaba. Un rato largo después todo parecía más calmado y ya se había agotado el contenido de una de las garrafas, Marcelo recibió una buena ducha refrescante de cinco litros de agua fría, ante la guasa de todos los presentes. Para mas juerga, entre risas y verdades, mi primo amenazó al poeta romántico y embobado con Teta, con tocar la trompeta dos noches seguidas a la puerta de su casa. Y las canciones de La Ronda de Boltaña siguieron sonando, y entre trago y trago se escuchaba alegremente “Dale al porrón”.

Ah, que no me acordaba que según cuenta la leyenda.... “Calla Gabnino -me dice Jimena tapándome la boca- ¿me contarás lo de la Montaña Preñada? Explícamelo paso a paso”. Lo oye Cuqui, que le grita a Marcelo: “Anda trompetista mío, que como tu y yo no tenemos nada que hacer, súbete conmigo a este pobre caballo que se pasa de bueno, y dejemos a estos que se pierdan por el monte”.

 

MANUEL ESPAÑOL

MONTAÑA PREÑADA / CUQUI SE ENFADA CON DON CASTO (I)

MONTAÑA PREÑADA /  CUQUI SE ENFADA CON DON CASTO (I)

 

 Aniceta (Teta le decimos sus amigos porque suena mejor)  es una persona con apetencias crónicas de reír y de disfrutar de la vida, y diría un servidor que algo de bruja bondadosilla  ya tiene. Una jornada, unas horas disfrutando con su presencia puede convertirse en una sucesión de divertidas y continuadas sorpresas. Si se apunta a una excursión por la montaña, y además coincide conmigo en el grupo en que no falta mi primo Marcelo el trompetista o el poeta Miguel, puede pasar cualquier cosa,  que la montaña se ponga con dolores de parto y hasta que llueva con mucha fuerza y el agua rebote con efectos cargados de guasa. Lástima que últimamente no pueda venir la tía Cuqui, que la pobre está obligada a soportar al pesado de don Casto, el cura del pueblo, tan gordito él y con su tradicional coronilla, que con su sonrisa un tanto farisea y beatífica, no  para de abusar de ella en sus trasnochadas y heredadas veladas de tiempos de la abuela Maricastaña, con sabor a chocolate, churros y rosario, que de todo tiene que haber en la viña del señor. Así que entre taza y taza (nunca menos de cuatro cada persona) don Casto (nombre también heredado según manda la falsa tradición), siempre con el mismo sermón… “Ay, doña Cuqui, abra por favor una cuenta a beneficio de la parroquieta, que con mil euros al semestre por su parte, que no es nada, no se imagina la de cosas hermosas que podríamos conseguir. Muchas gracias doña Cuqui, que a pocas personas como usted haríamos a este pueblo modelo de convivencia entre parroquianos. Bueno, no me ponga esa cara, que oiga, Dios le pague en el cielo su generosidad haciendo saciar el hambre a este cura rural y pobre y que tan bien esta asistido por quienes le acompañan, ¿verdad doña Rosenda?, ¿verdad mi querido sacristán Felipe, doña Benita, doña Oroya?, “¡ Ay, doña Cuqui”, que se lo merece, tenga usted una estampita de San Felix, y esta otra de Santa Cuqui, perdón, que he querido decir de Santa Atanasia...!  Ah, se me olvidaba¡ y esta otra de San Pepe.

 El caso es que cuando le dije lo de la excursión  con “Teta Galleta” como gusta apostillar a la tita, con ese aire desenfadado que siempre le caracteriza, no pudo evitar el recuerdo hacia un don Casto anclado en el tiempo y de intenciones bastante claras.” !Ay”, que este canalla, no sé si es porque me ve mayor para otros menesteres, pero no me viene más que con estampitas,  y a pedirme dinero y siempre acompañado de unas beatas que van de grandes damas y no tienen ni un euro, y que dicen ser amigas, que me quieren mucho, y hasta aseguran que les encanta mi chocolate caliente con churros, que es el mejor del mundo. Como soy tonta y no sé decir que no a nada, hala, a llenar la casa de chocolate. y de servilletas y manteles manchados. Lo que voy a hacer es mandarle a don Casto y a sus amiguitas, a que se vayan a freír churros, que yo me voy a iniciar en la vida desenfadada, sin malicia ni pecado, bueno, ni pecados gordos quiero decir”.

 “Pero tía, que sin pecar igual hasta te aburres”. Entonces ella me mira un tanto picarona y con voz muy aguda y guasona me grita: “Gabino, Gabinito mio y malo, que veo la dirección en que te mueves. Que bien sabes tu que a mi Wenceslao le dije siempre que si. Y bien felices que éramos un día si y otro también. Que no, que por su memoria le he sido siempre fiel, aunque he mantenido mis dudas de sus posibles infidelidades...  Claro, me acuerdo de vez en cuando de ello, y entonces  me entran unos mosqueos tan especiales que provocan cambios de intenciones, aunque a mis muchos años no creo que eso llegue muy lejos... ¿Vamos a hacer una cosa? Tu te vas de excursión con Teta Galleta, Miguel y Marcelo a pasarlo salvajemente bien y mientras tanto mando a paseo a don Casto, que el muy jeta, de dudosas intenciones, ha cambiado de casera, que hasta para eso es tradicional, rancio y ortodoxo. A mi me apuntas a la siguiente verbena montañera. Por cierto, Gabino, ¿ya sabe Jimena que ira  Teta contigo? Mira, que tu y ella hace tiempos tuvisteis un lío cuando la ya no tan nuiña era una jovencita espléndida y muy lanzada”. “Tía, -le digo- que ahora soy mucho mayor que ella y he madurado en mis intenciones, que ahora ya no soy tan alborotador como antes”.  “Sobrinito mío, me contesta- eres peor todavía- que no quiero verte pecador y velando por tu integridad he cambiado de idea. Iré a la excusión con vosotros y os mantendré bien vigilados a todos!” --¿Y qué harás con don Casto y sus beatas?

-Así, como suena, suspendo la tertulia sin posibilidad de marcha atrás, le mando unos kilos de churros a través de Eustaquia, y que la letanía de las estampas se la hagan entre ellos. Como la excursión me has dicho que está programada para dentro de dos días, vosotros no tenéis que hacer otra cosa que aguantarme, que de las tortillas del almuerzo, la carne empanada, las sardinas escabechadas y el vino me encargo yo. Ea, no se hable más.

Le cuento a Jimena el cambio de planes, y como ella es igualmente muy amiga de Teta Galleta y quiere tanto a Cuqui, se pone en guardia y se apunta a lo que esperamos sea una gran fiesta campestre.”Mejor que mis veladas de rosario, chocolate y churros”, apostilla la tita cuando aparece por la puerta. Por cierto, Gabino, tu haz algo y encárgate de la música para bailar algo; no sé, la lambada, la bomba, mucho rock, y de postre algo dulce, unos cuantos merengues, por ejemplo. Y especialmente, que Marcelo no se traiga la trompeta. Por cierto sobrinín, ¿es verdad que iremos a la montaña preñada?"

 Veremos lo que da de si esta juerga. Lo contaremos, creo que mañana o pasado.

 

MANUEL ESPAÑOL

EL DIA QUE LEVITE ENTRE LAS NUBES

EL DIA QUE LEVITE ENTRE LAS NUBES

 


 Sigo levitando entre las nubes. He huido del mundanal e insoportable ruido y de miserias chismosas hacia mi cielo pirenaico, en la provincia de Huesca, y aquí me tienen, entre algodones, pensando en las mil y una tonterías, excitando mi imaginación surrealista. Así que en este lío que me llevo no puedo hacer otra cosa que ensanchar mis aires de satisfacción a lo largo de mi excursión entre matinal y vespertina, y lanzar mis carcajadas hacia los cuatro vientos. Creo que no me oye nadie, pero... ¡qué más da! Como dice Serrat en su canción, "hoy puede ser un gran día, planteatelo así...!". Y en esas estamos cuando Mariló, que esta vez va sin su Ángelo del alma, me sorprende en pleno dialogo besuguil con las vacas que pacen en un hermoso prado, lanzándoles mis sonoros mugidos en chino mandarín. Ella, lógicamente, se lo toma a mucha risa y me pide que le haga de traductor. Es entonces cuando aprovecho para decirle algo que sabe muy bien.  ¡Pero si es que en Biescas estamos en el paraíso! Menos mal que me encuentro con una persona que me da la razón. Ya lo sabe bien Mariló, moceta que llegó de niña a Biescas, se enamoró de un guaperas del lugar (muy buen zagal el), y aquí que se quedo para terminar siendo mas pelaire que su marido.

 

El caso es que ella me acompaña durante un buen trecho de la caminata que me he propuesto hacer hasta la cumbre de Erata, desde donde se contempla un paisaje maravilloso y estimulante. Me pregunta que si me ha resultado muy difícil aprender tantos idiomas, que no es la primera vez que me sorprende o haciendo el canto del gallo, o hablar con los patos, perros, gatos, leones. Y le contesto no tener el menor reparo en saludar a las mencionadas especies que aparecen por el camino, que educadamente me contestan. "¿Y el León?", me pregunta Mariló que sufre incontinencia jocosa, como yo. "Lo que podemos hacer es subirnos a ese tejado, quitamos la escalera y llamamos a tu Ángelo para que venga con la escopeta", le respondo. "No -responde ella- que a este le entra tanto miedo, que solo de pensar en un arma, le tiembla todo el cuerpo y no se le ocurrirá otra cosa  que avisar al helicóptero de rescate de la Guardia Civil". Así, paso a paso continúan  nuestras desenfadas conversaciones sin sentido, cuando nos adentramos en la encrucijada que debería conducirme a Espierre y Barbenuta. Y como Mariló, un encanto de bondad y además guapísima, es una esposa modélica y abnegada madre, poco antes de decirme hasta luego cuando llegamos al punto de despedida, justo a las puertas de un corra, aparece su dueña, Fidencia, que tiene unas gallinas ponedoras muy generosas, a las que no puedo evitar mi saludo de gallo comprometedor, ante las risas nada contenidas de las dos mujeres. Antes de la despedida, Fide nos regala dos docenas de huevos gordos a cada uno, para que nos acordemos de ella a la hora de la comida. Tras echar un buen trago de vino tinto con la bota, como aun me queda bastante para la cima, Marilo me asegura que mi docena se la llevara ella misma a Jimena, que yo puedo convertirla en una gran tortilla cruda cargada cuando la lleve cargada dentro de la propia mochila. Y como las dos se llevan muy bien, seguro que aprovecharan la ocasión del encuentro para irse juntas y sin maridos a tomar el aperitivo. Me jugaría cualquier cosa que hasta intercambian confidencias de las tonterías que hacemos los dos medios limones con los que conviven.

Aprovecho mi paso por una fuente de agua fresca para tomarme un bocadillo de jamón con tomate y queso que me ha puesto Jimena para que no desfallezca. Y de esta manera recargo energía para acometer el resto del camino con fuerzas. Me siento tan feliz, que necesito expandir mi espíritu alegre y no exento de surrealismo, de tal manera que me pongo a cantar eso del Toro enamorado de luna, y como ya no tengo vergüenza, me atrevo con el "Torero quiero ser" imitando malamente la voz de Plácido Domingo. Es cuando oigo el mugido cabreado de una vaca dispuesta a iniciar un ataque de pleno furor, pero cuando me sale al quite el amigo Paco, que lleva a pastar allí a sus animales y que es el que mas sabe de cuernos de toda la comarca, el que atiende en los momentos críticos a las vacas preñadas, me pregunta que donde voy con el pañuelo que cubre la cabeza del sol, pero que uso a modo de capote de valentía y de raza torera. "Paco-le digo con solemnidad-, voy a conquistar la cima del Erata". Y el otro me sale con un jajajajajajajajajajajaja incontenible. "Pero mira que sois falsos y presumidos los capitalinos. Eso que llamáis deporte me lo hago yo con frecuencia, incluso para pasar de un valle al otro ,que así acorto. Como estaré hoy unas horas mas por aqui, te esperare junto al ganado y bajaremos juntos hasta donde he dejado furgoneta para volver a Biescas. ¡Ah, y no e preocupes!, que te guardaré unas migas a la pastora que voy a empezar a preparar por aquí. Hasta luego, capitalino". Y yo preciso eso de "capitalino si, pero mas pelaire que tu. A ver.... 

El día era soleado y caluroso, por lo que antes de llegar arriba del todo fui jadeando un poco, y como no estoy bien entrenado, me acorde de un primo que se fracturó el tobillo y tuvo que ir a rescatarle la Guardia Civil, aunque claro, era invierno y la montaña estaba muy cargada de nieve. Llegué a la cima, era un dia muy claro sin el mas mínmo asomo de nubes,y el panorama era mas que esplendido. El sacrificio en ese momento no me había importado lo mas mínimo. Tan alegre estaba y con energías recuperadas, que allí cante una jota, no demasiado sensata, Por cierto, que algo mas abajo me esperaba Paco con una buena platada de migas y una bota de vino de mucho grado, pero muy reconfortante. Y abajo, ya en el pueblo, me esperaba una buena ducha y un cama en la que caí rendido, pero muy feliz y con unos sueños cargados de travesuras... Por cierto,. no he comentado que cuandio estaba en plena faena montañera, vi un helicóptero de los de rescate de la Guardia Civil, y desde la megafonía salía una voz: "Gabino, que smos los de la Guardia Civil, que nos ha dicho Ángelo, el de Mariló, que estás en apuiros. Y yo decía, ¡Ay la que je armado, la Guardia Civil, la Guardia Civil. Es cuando me dice Jimena medio muerta de risa: "¿qué haces gritando debajo de la cama eso de ¡que vienen los guardias!".

 

MANUEL ESPAÑOL

TOCATA Y FUGA DESESPERADA

TOCATA Y FUGA DESESPERADA

Era una noche de verano muy hermosa, y para colmo de luna llena. Dicen que es cuando cobran vida semisalvaje y semihumana algunas bestias de dos piernas, cuando los lobos aullan pletóricos de odio y de sed violenta. “No son mas que tonterías inventadas sin ninguna consistencia”, me dije a mi mismo. Estaba claro que era la gran noche para iniciar en Biescas mi caminata hacia la Caseta de las Brujas, en la montaña Arratiecho, con luz natural y sin tropezón alguno con las piedras del camino, con esas ramas de arbustos y árboles que a veces te sorprenden sin tiempo para evitar que te arañen la cara como mal menor. Además, con el apoyo de una linterna frontal, casi era como ir con alimbramiento casi diurno. Estratégicamente, todo estaba atado y bien atado para ir a dormir, si es que podía, a la mencionada caseta, un refugio sencillo como los de antes, lo malo es que sin puertas, porque algún gracioso las había arrancado, no se si para hacer fuego o para aprovechamiento propio. El caso es que mientras Jimena y mis amigos se quedaban en el pueblo a cenar un menú de capricho, con copa posterior incluída, para ellos era yo el gilipollas extravagante y pirado, que sacrificaba el placer de una buena juerga pecadora de las que tanto me gustan, por la soledad de la montaña, con nocturnidad y alevosía. Mi objetivo más o menos secretillo, aunque a voces, era la satisfacción de sentir la música al mas alto volumen, en una situación de de soledad total. En la mochila había introducido un saco ligero de dormir, un walkman con altavoces acoplables para poner música a todo volumen, así como discos con las voces de Camarón, Mayte Martin, Simon Diaz, Luz Casal, Antonio Escarpa, Luis Adolfo Lorente, Maria Callas y Plácido Domingo, entre otros, así como las grandes sinfonías de Haydn, Beethoven, Bach, Brahms... Vamos, que disponía ya de todos los ingredientes para disfrutar de unas cuantas horas llenas de magia y de encanto. Tampoco faltaba alimentación y bebida que me introdujo Jimena, es decir, cacahuetes y agua. ¡Ni que fuese un mono!, que mientras ella estaba en lo estaba pasándolo de vicio, gastronómico se entiende, o por lo menos eso creo yo. Ante lo que estaba a punto de suceder, a toda esta cuadrilla de cabritos les propuse que para que no me amargasen la vida aplazasen la cena a otra noche en que yo pudiera y no coincidiese con luna llena. Respuesta de la portavoz del grupo, Jimena, ante las risitas cínicas y malintencionadas de los demás: “Gabino, tu has elegido esta noche para salirte con la tuya y lo has conseguido. Deja que los demás hagamos lo que nos de la gana y te unes al equipo este si es que tanto te apetece, y te quedas”. Pero ¡que puñetera mi medio limón!. No me esperaba tal reacción, pero como soy un pelaire bastante terco, casi tanto como ella, torcí el gesto poniendo cara de malo, y a continuación les sonreí y señalé la noche tan clara que alumbraba los caminos, y diciéndoles que mas me valía que me fuese por si me transformaba en un fiero hombre lobo. La única respuesta a mis palabras fue una risotada coral, que me enfureció lo suficiente como para darme una vuelta enérgica y pensar en la venganza que iba a surgir de mi. Y monte arriba que me fui como toro enamorado de la luna y y en tal estado me hallaba hasta que me volvieron los sueños musicales con sus correspondientes ilusiones que llenaban mi cabeza de grillos entrometidos. Sali de la puerta de Casa Ruba, y aún pasé por diversos establecimientos hosteleros del lugar que se hallaban muy animados y tentadores. Pero al igual que Ulises hizo caso omiso del canto de las sirenas, fiel a mis propósitos resistí las tentaciones, pasé por Biescas Aventura, donde me dieron ganas de hacer el Tarzán, pero mi amigo Javier, que estaba en la entrada, me preguntó lo de mi excursión de luna llena Dado que se había enterado, no iba a decir que me rajaba. Crucé el barranco, y aunque la luz nocturna era buena, me coloque y encendí el frontal antes de iniciar la ascensión con el apoyo de dos... bastones que me convirtieron en un hombre total a cuatro patas. Y así, en silencio, en algunos momentos me reía y en otros me dedicaba a escuchar los sonidos de la fauna y de la flora, que a decir verdad, no dejaban de impresionar. Y yo que soñaba con Bach y Beethoven, a fin de espabilar un poco me arranqué por las viejas rumbas de Peret, como por ejemplo, esa de “Borriquito como yo”, o “Belén”. “El caso es que por fin llegué a la caseta de las Brujas y contemplé con satisfacción que el arroyo contenía agua fresquita, y posada sobre un pino me quedé muy sorprendido al ver una gran lechuza, si, de esas que dicen que traen muy mala suerte. Como soy bastante escéptico muy pronto me cure del espanto y mientras preparaba el saco de dormir, puse a Camarón con toda su fuerza. Comenzaba a vivir la magia de la noche, pero al momento escuche el sonido de una inoportuna motocicleta de cross, que muy pronto invadió por unos segundos mi recien iniciada paz, mi espacio, lo que me puso algo nervioso ante mis propias prguntas. ¿Y si es un atracador?, ¿un asaltante de caminos que se ha enterado de mis andanzas? o ¿tiene buenas intenciones?. Así elucubraba hasta que vi se apeaba Pedro para contarme que “Jimena esta muy preocupada,y por si nos necesitas,como te has dejado el teléfono móvil me ha pedido que te lo trajese. No veas Gabino,el menú que nos han sacado. Ay como nos estamos acordando de ti... Bueno, que me bajo, que ya sabes eso de que oveja que bala, bocado que pierde…”. “Si será…”, dije para mis adentros.

Como el cuerpo es débil y a veces la voluntad mucho mas, me dio pena no haberme quedado, pero pronto volví a mis sueños experimentales y puse el maravilloso dueto entre Adán y Eva, de !La Creación!, de Haydn. Enseguida surgió una atmósfera extraña pero hermosa. en que la lechuza se había transformado en un querubín, la Caseta en un palacio, y en el auditorio palaciego una gran Orquesta Sinfónica que con sus coros me hacían sentir en el paraíso. Los cacahuetes me parecían manjares y el agua el más magno regalo de la naturaleza. Plácidamente me metí en el saco de dormir a pensar en los mas paradisiacos deseos. Me hallaba de esta manera flotando entre una noche estrellada y una luna llena, no sé si de guasa o de que, que de repente hizo parar”!La Creación” para hacerme sentir un silencio total, algo así como como si la existencia se bloqueara. Me había quedado atónito y fue cuando de repente comenzó a sonar con su inmensa gravedad la “Tocata y Fuga”, de Juan Sebastian Bach, con los sonidos del órgano y toda su fuerza sobrecogedora. Tan impresionado me quede, que a la lechuza la vi agresiva y con ganas de hacerme daño, escuché aullar a una manada de lobos, de repente se desato un fuerte viento, unas culebras se movían en torno a mi saco de dormir, unos perros lanzaban ladridos lastimeros. Me acordé de que mi Jimena tenía razón, que Pedro se había ofrecido a devolverme con la moto, aunque tarado, al mundo de los vivos. Me puse de nuevo el frontal, recogí la mochila, y como cuesta abajo corro con mayor rapidez que en las subidas, ni me di cuenta ni tropece con piedra alguna, que creo que volaba, no sé si en la escoba prestada por alguna de mis brujitas buenas, que de eso no me acuerdo de tan alocado estaba. Llegue por fin a la carretera y me esperaba Pedro, que regresaba de nuevo para ver que tal me encontraba, y de esta manera nos subimos los dos a su incómoda moto, y ya se pueden imaginar el recibimiento. Iban a comenzar las copas y por deferencia hacia mi me sacaron un bocadillo de jamón con tomate y me apunté a la copa esa gin tonic de Bombay Azul, tan excelentemente prepara Andrés y que me supo tan deliciosa, que después me puso otra igual ante el mosqueo de mi medio limón. Y Pensar que había querido pasar en solitario una noche mágica en el monte...

MANUEL ESPAÑOL

ME LLAMO TARZÁN Y BEBO LECHE DE ELEFANTA

ME LLAMO TARZÁN Y BEBO LECHE DE ELEFANTA

Me llamo Tarzán. Nací… no me acuerdo cuando ni donde, que de eso hace ya muchos años y mi memoria no da más de sí, aunque empecé a crecer en unas condiciones memorísticas muy favorables. Sólo sé que un buen o malo día, depende cómo se mire, y según he podido investigar y averiguar en las civilizadas hemerotecas, fui el único superviviente del accidente de una avioneta que se estrelló en la selva africana, cuando casi no sabía ni decir eso de “nene tere teta”. Como era tan bebé y necesitaba leche, una pareja de elefantes compuesta por Paquita y Paquito, me acogió como un hijo, y la elefanta empeñada que bebiese mucho para crecer mejor y aprender el idioma de los paquidermos, que de alguna manera estábamos obligados a entendernos. Y ¡vaya si tomé leche de elefanta que hizo de mi un superdotado!, tanto que por lo visto no tardé en comprender el lenguaje de todo el reino animal de ese paraíso llamado salvaje. Paquito, contento de su hijo varón, evidente que soy varón, me dijo alzando la trompa ante la sonrisa beatífica de mamá Paquita que “te llamarás Tarzán, y serás el rey de toda la selva”. Entonces era políticamente mucho más correcto que ahora, dialogaba con todas las especies y resolvía todos los problemas de la comunidad. Que había algún peligro por parte de los cazadores, lanzaba mi grito de guerra, ese de “¡auauauauauauauauauauauau!”, y sin necesidad de disparos ni de artificio alguno, los intrusos se iban a escape. Pero apareció una turista muy joven y muy guapa que se había perdido, y yo sentí un cosquilleo en “no me atrevo a decir de qué forma”. Como vio que la situación iba para largo, y a ella así pareció gustarle, me enseñó a hablar su lenguaje racional. Como listillo que era ya tenía práctica idiomática con los elefantes, leonas (también leones), tigresas, y toda esa fauna de seres capaces de razonar aunque no lo parezca, pues aprendí con facilidad a comunicarme con esta chica llamada Lola, que parecía especialmente espabilada, por supuesto más que yo, y eso que dado mi espíritu de observación, ya sabía cómo se apareaban los seres que hasta el momento habían constituido mi familia. Un buen día, Paquita y Paquito observaban el cariz que tomaba la situación, enlazaron sus trompas y se guiñaron los ojos, me dieron cariñosamente la espalda y decidieron marcharse. Aquello lo tomé por un abandono de papá y mamá (¡qué buena leche tenía mamá!) y me puse a llorar ante la extrañeza y desencanto de Lola. Paquita, que era una madraza, vino a darme la última ración de su leche y me dijo que se iban para que aprendiese solo a defenderme en la vida. Que me querrían siempre, que cuando les necesitase no tenía mas que lanzar mi grito guerrero (“¡auauauauauauauauauauauauauauauauauauauau!”) y ellos estarían prestos para protegernos a Lola y a mi. El caso es que ella y yo nos quedamos solos frente a frente. Al poco me entró un gran apetito y solté un sonoro “¡nene tere teta!”. Lola entonces me introdujo en los secretos del amor humano, y al cabo de los meses nacía Pepito, por lo que comenzaba una repoblación forestal muy “sui generis”, a la que pronto se unió la mona Chita, tan indiscreta ella que de vez en cuando explotaba de sus habituales risas cuando la muy puñetera me quitaba el taparrabos de gala. Nadábamos, nos desplazábamos por toda la selva a través de lianas y lianas, Pepito jugaba con las jirafas y los tigres…

En esas estaba cuando desperté en mi cama real, llamando a Lola, a mamá Paquita, a Pepito, a Chita… ante la sorpresa y un mosqueo esquivo sorprendente de Jimena, a la que intentaba besar y abrazar, pero que terminó soltando unas risas cargadas de ironía. “Cuéntame todo lo que has soñado”, me dijo, por lo que le contesté: “eso es muy largo y muchas las sensaciones a explicar. Si te portas bien, un día te haré una representación en vivo”. Así, entre guasa y guasa, me puse una ropa ligera, salí a la calle salvando las zonas de sol y en busca de un aparente paraíso del que ya sabía su ubicación exacta, pero que no revelo para que no parcelen la zona y la hagan de pago o construyan una urbanización. Al lado de un río en estado semisalvaje, rodeado de cañas, árboles, arbustos, césped y demás hierbas que dan una sombra excelente, quería repetir mi sueño y hacer trabajar la imaginación, por lo que me desnudé y aún me quedé con un pequeño bañador que me da un cierto aire horteril . Pronto me di cuenta que allí no olía bien, que no había elefantes, ni tigres, ni leones… tan solo unos gatos que no hacían mas que maullar y acercarse al bocadillo que me había traído de casa (sardinas en escabeche), así como unas avispas que me daban pánico. Y no digo ya nada de Lola (Jimena es mucho mejor), ni de Pepito el imaginario, ni la traviesa mona Chita. Y uno que ama la naturaleza profundamente, decidí volver a casa y ponerme cerca de la nevera, donde pongo a prueba mi fuerza de voluntad, y más ahora que he observado la presencia de algún pequeño pero indiscreto michelín.

MANUEL ESPAÑOL

 

LA VIDA ES UN CARRUSEL

LA VIDA ES UN CARRUSEL

 

La vida gira y gira sin cesar como si de un carrusel tragicómico se tratara, con sus altos y bajos ondulados, con sus caballitos que suben y bajan, con los cilindros que se mueven paralelos al suelo, como los tiovivos que te produce emociones controladas y sensaciones sorprendentes, ya negativas, ya positivas. Siempre quedará en mi memoria por lo impactante que fue, la noria del Prater de Viena, aquella en la que los personajes de Holly Martins y Harry Lime encarnados por Joseph Cottens y Orson Welles respectivamente en “El Tercer Hombre”, hablaban de la muerte, de la vida y la sinrazón. La película es fascinante fotograma a fotograma de principio a fin, y da vida a una auténtica obra maestra. Debo reconocer que desde bien pequeño sí, que me gustan los campos de carruseles con atracciones, muchas de ellas cargadas de  estímulos para avivar la imaginación, con distintas variantes según quien toma parte de ese mundo aparentemente enloquecido en el que se sienten emociones de todo tipo. Así es la vida, como un carrusel en el que se ríe, se grita y a veces hasta se llora.

 No hace mucho fui junto al entrañable Marcelo, maduritos los dos, a divertirnos a un recinto ferial, en el que la atracción más fuerte era la Montaña Rusa. Lo dudé mucho, pero al final compartí asiento con el insensato de mi primo, y… ¡vaya pareja desestabilizada!: bajadas verticales, subidas verticales, vueltas rápidas de 180 grados. Tenía la sensación de que mi cuerpo flotaba sin rumbo en el aire amplificador de nuestros gritos, que los testículos se me subían a la garganta, de… Y tan perdido me veía, que al momento decidí tomarlo por la tremenda divertida, actitud que no sé los motivos, pero que desesperaba a mi primo, tan nervioso, que ganas pasaron por su mente de haberme asesinado, o de abrazarse a mi para frenar mis ímpetus majaras, o para caer sobre superficie mullida en caso de  fallo con el consiguiente salto al vacío. Para distraerle de tanta histeria, yo le decía con voz entrecortada eso de “canta, canta y eso te calmará”. Y al muy tonto no le dio por hacer otra cosa que a lanzar sus primeras notas del aria “Adiós a la vida”,  de la ópera “Tosca”, que neutralicé tapándole la boca, porque hay que reconocer que el angelito no tiene precisamente la voz de Plácido Domingo. Y en esa situación…

 

Una vez ya en tierra firme, que es donde uno se marea de verdad, Marcelo, que es un gran admirador del expresionismo, y más concretamente de Edward Munch, y me dijo que por un momento se había sentido el protagonista de “El grito”, que la experiencia le había parecido terrorífica, que no repetiría ni borracho; me “susurró” a base de berridos, que ya no me aguantaba, y que no me volvería a traer a casa morcillas, jamón y chorizo del pueblo. Y con semejantes amenazas intenté calmar la situación, le hablé de ese hijo que estaba en camino, y muy curioso él me cortó sin contemplaciones y con una risotada que todavía suena allá por La Patagonia: “Gabino, ¿qué historias me cuentas? Anda, no me hagas reír, que el único embarazo que hay aquí es el tuyo, eso sí, un embarazo mental y como un monumento de Pedro Botero”. El caso es que del mal café que tenía, el muy somardón pasó a hacer gala de su buen humor. Algo positivo había conseguido tras el cabreo que llevaba contra mi. “Y ahora primo, cuéntame lo que pensabas allá arriba”. La respuesta era fácil: “Pues como siempre y como es habitual en mi, en nada. Miedo, nada, y pánico, todo el del mundo. También creía que iba a morir sin haber hecho testamento, que pensaba te quedases con la trompeta de Louis Armstrong que había comprado en una subasta del rastro, que me parece que la que compraste hace un tiempo al zíngaro de la cabra ya la tenías vieja, ya que cuando la tocabas las vacas de pueblo dejaban de dar leche”. Y ante tanta guasa surgió la idea de echarnos algunos vasos de vino dulce acompañados de rosquillas anisadas que vendían en la feria. Así que de la palidez que teníamos, los colores nos volvieron a la cara ya mucho más risueña. Nos subimos a la rueda del túnel del miedo, y una diablilla le soltó un buen escobazo a Marcelo, que muy rápido de reflejos se la quitó de las manos y le pidió entre risas que acudiese a buscarla. Y vino, pero no ella, sino un diablo de 2 metros, con tridente y escobón, que fue mucho más persuasivo que su compañera. Al salir del túnel, diablos y clientes no parábamos de reír, y tras estrecharnos las manos con nuestras mejores sonrisas, fuimos a montar a un carrusel de caballitos dóciles, que al montar nos decían: “Sube conmigo, amigo” y a continuación sonaba una agradable musiqueta. Y montados en nuestras cabalgaduras emprendimos la imaginaria ruta del lejano Oeste, cargados cada uno con un pequeño paquete de churros azucarados. De esta manera nos sentíamos como niños. Que sí, que a la vida hay que echarle azúcar para neutralizar la acidez que nos invade, si bien me gusta más lo picantón, la ironía y el sentido del humor y sentirme niño.

 

MANUEL ESPAÑOL