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Mundo mágico

MIS NOCHES LOCAS EN PARÍS

MIS NOCHES LOCAS EN PARÍS

 

 

La pasada noche, cuando ya estaba que me caía de sueño y con ganas de conectar con esas maravillas surrealistas que envuelven los pensamientos no controlados, el telele del vidente, un virus benigno o terrible según se mire, y que padecen muchos españolitos, le atacó al vecino de una vivienda próxima a la mía; vamos, un “colegui”  que sufría solo por esa noche la ausencia de su mujer, que quería aprovecharlo y que estaba empeñado en que viese con él un programa sobre París, y que mientras tanto tomaríamos un güisqui escocés que le habían traído de Edimburgo. Y servidor, que no es precisamente amante de la televisión y que tampoco sabe decir que no, tuvo que decir que sí en medio de una lucha feroz consigo mismo. “Siempre me quedará París”, pensé. El caso es que en casa vecinal, a mi, que casi no pruebo alcohol ya me tenía preparada la botella aún por abrir con los vasos y el hielo preparado. “Es que no puedo beber solo, no me gusta”, me decía el intrépido Pepón, “y por eso te he llamado. Además aún me he animado especialmente cuando he puesto la “Fiesta Parisién” de Offenbach y sonaban los compases del cancan. Como en la programación TV anunciaban un especial sobre París, me dije que te iba a gustar pensando en las guapas chicas con tipazos provocadores que iban a salir. Así que prepárate y espabila un poco, que te veo medio dormido”. Y el programa sin empezar, y el otro que tómate un güisqui, que mientras acaban los anuncios te tomas otro. Y yo que le digo: “pásame unas olivicas, que si no este brebaje me sentará mal”. “Calla, calla, ahora no puedo (me contestó él), que salen las titis”. Y sonó el cancan, y las niñas estarían muy bien, pero como un par de coPas ya me dejan beodo, tuve que salir de la casa de Pepón y meterme en mi cama en total silencio. El caso es que al poco me debí quedar dormido y no recuerdo si me he levantado o no entre sueños. El caso es que ya casi despierto he saltado de la cama sin síntomas de ningún tipo, y como la ducha de mi cuarto de baño es amplia, me he puesto a bailar el cancan al sonido de mi voz. ¡Vaya talegazo me he dado! Afortunadamente no se ha roto nada, se me ha caído el teléfono de la ducha encima, pero no se ha roto (el teléfono claro). A mi un bollito de poca cosa,  pero además del berrido que he dado el asunto no ha pasado nada más.

Y hoy, no se por qué, me ha dado por los recuerdos mezcla de frivolidad y de alegría, que la frivolidad también forma parte de la cultura de cada día, como si de un vivir y reír se tratase. Al salir de casa está claro de que “el siempre me quedará París” de anoche ha hecho mella en mi, así que la meditación pagana a la que me entrego en mi caminata diaria supondrá  un memorial dedicado a una bohemia que traté de revivir años más tarde, pero como dicen que cada cosa en su sitio, ahora no tiene cabida. En la Ciudad de la Luz he tenido mis noches locas, y entre el presente, el pasado y esa imaginación que a veces me sorprende tanto, no me he dado cuenta ni de la fuerza del viento, ni de las bajas temperaturas, volviendo a ser el loco surrealista que se ríe, canta y baila solo, por muy poblada que esté la calle o el paseo. Cómo no, mis primeros pensamientos han estado dedicados a Toulouse Lautrec, un pintor que me fascina como tal y que supo vivir a su aire entre los cafés, los burdeles, los cabarets y los teatros de París, y al que además la ingestión de absenta le ayudaba en su labor creativa en una vida que acabó con él a los 37 años. Y he seguido sus huellas, cómo no, en los museos, pero que he sentido una especial sensación a la hora ir tras sus pasos por aquellos lugares en los que estaban sus musas y amantes fugaces algunas de ellas y otras no, prostitutas, cabareteras, entre ellas Jane Avril, a las que inmortalizaba en sus pinturas y que le servían de modelos a sus tareas cartelistas para los centros de diversión, que le pagaban siempre las consumiciones. De ello dieron buena fe escenarios como los del Chat Noir, Moulin Rouge y Folies Berger entre otros. Era un gigante sensible que medía un metro y medio, que quiso amar y que fracasó en la vida sentimental. Sin embargo dejó unas huellas que acabaron de cimentar el París Bohemio, desde el barrio bajo de Pigalle hasta los altos de Montmartre. Aún me acuerdo durante mi meditación pagana, de mis visitas a los centros ya anunciados, y aunque parezca mentira, a la vez que trato de entonar las más populares y hasta  bellas canciones que inmortalizaron igualmente Rina Ketty, Edith Piaf, Maurice Chevalier, Yves Montad, Josette Lemain, Juliette Greco, Mireille Matieu y otros intérpretes anónimos que ayudaron a hacer un París más dulce. Así que corro, canto, hago gestos faciales y corporales. Hay momentos en los que paro y recuerdo mi visita a un viejo café cantante próximo a Montmartre, en el que una mujer ya muy mayor tomándose a risa su ancianidad y acompañándose de un acordeonista,  cantaba, bailaba y hasta se sentó en mis rodillas acariciándome la cara (nada más) y diciéndome que me amaba, para a continuación quedarse con una falda que dejaba ver la breguita y después danzar (¿cómo no?) un desenfrenado cancan. Por cierto, que en la ropa interior, por detrás se dejaba ver un disco señalando dirección prohibida, y por delante una flechita que indicaba la dirección exacta.

Pero París no es solo la bohemia, la diversión que jamás faltará, es la cultura, es la capital de un país que siempre me ha enamorado por sus principios básicos de “Libertad, Fraternidad, Igualdad”. París es cultura y una ciudad iluminada noche y día. Es verdad, repito, que siempre me quedará París.

 

MANUEL ESPAÑOL 

POR UNA SONRISA, UN ESCAÑO

POR UNA SONRISA, UN ESCAÑO

Pongo la televisión, pongo la radio, leo los periódicos y hago mi asomo por la prensa digital, y de lo único que me entero o confirma mis sospechas es del ambiente de cabreo global existente en este país todavía llamado España. Y si del sentido del humor se trata, tan solo tiene su aparición en breves dosis y poniendo por medio la descalificación como bicarbonato para escupir unas ocurrencias nada afortunadas  y en tono de reproche. El señor don Pedro Sánchez le llama mentiroso al señor don Mariano Rajoy, Rajoy otro tanto de lo mismo al aún líder de la oposición. Ambos se lanzan contra Pablo Iglesias, que cuando da rienda suelta a su piquito no hay quien le frene ni a diestra ni a siniestra, y eso que no es de centro precisamente. Mientras, Rosa Díez se hace tener en cuenta también a base de despropósitos verbales, vorágine en la que también ha entrado el neófito Alberto Rivera. Mientras, un Cayo Lara que de vez en cuando saca la vena a punto de reventar, ha puesto como escudo a Alberto Garzón, que aspira a  Moncloa. Y no digo nada con lo que pasa por Catalunya (aún España) con su canción de “te quiero pero yo más”, con Josep Antonio Durán y Lleida y Artur Mas queriendo comerse la parte mas dulce del gran pastel. Y lo curioso del caso es que, entre ellos, en  cada uno de sus partidos, hay diferencias incuestionables que no se resuelven con una sonrisa precisamente. Y menos mal que las descargas de agresividad, son por el momento, a base de dialectos desordenados y hasta algunos de ellos pueden acabar en los tribunales. Si a cada a cada desencuentro se atacase con bolas de acero, estarían todos los políticos con escaño y muchos sin escaño, muertos o lisiados. No, no piense nadie mal, que servidor de ustedes y de Cristo Bendito, que en mis principios me encuentro muy lejos esa agresividad sin elegancia que tanto se prodiga desde la Carrera de San Jerónimo (Congreso) o de la plaza de la Marina Española (Senado), donde se aplaude o patalea según quien habla. Los excesos verbales sin más sonrisas que las de después de la comprobación de haber hecho daño a los rivales proliferan continuamente y de manera especial cuando hay espectadores o televisión y radio en directo. Personalmente cuando les escucho me parece que me hallo en un gallinero de increpaciones en el que nadie aporta soluciones. “Ustedes están hundiendo el país”, “en su partido no hay más que corrupción”, “pues en el suyo… Dese una vuelta por su sede, señor X”, “nosotros traeremos la prosperidad a los españoles”, “crearemos empleo hasta que no haya parados”, “ustedes son unos mentirosos”, son sólo algunas muestras de diálogos entre sordos cargados de cizaña. Curiosamente, después en los descansos, menos mal que unos se van a la cafetería de su correspondiente hemiciclo, y además los del Congreso de los Diputados tienen Casa Manolo (frente al Teatro La Zarzuela) donde se vuelcan con unas croquetas muy especiales. Parece que en comiendo o en bebiendo se han acabado los problemas entre ellos, que no los del país. En sus intervenciones nadie dice qué va a hacer ni cómo, que es lo esencial, ni qué impuestos incluirán, ni los que quitarán, ni cómo quedará la Sanidad, ni la Enseñanza. ¿Cómo les vamos a hacer caso? Ya en los parlamentos, ya en las campañas electorales, los ataques son una parte casi diría que esencial en su hacer. Como en el boxeo, que quien antes deje K.O. al otro, ese es el que impondrá su ley. ¿Y estos van a gobernar el país? Debo ser un bicho raro, porque personalmente me gusta la gente que sabe sonreír de forma natural, la que sin cinismos de ninguna clase da síntomas de generosidad, del tan necesario e inteligente sentido del humor que tanto falta a derechas, izquierdas y centro. ¿Qué tal quedaría si en el panorama electoral se estableciese la norma de “Una sonrisa, un escaño?” No creo que solucionase nada pero quedaría más divertido, por lo menos de cara a las fotos.

 

MANUEL ESPAÑOL

¡VAYA BAJADA DE PANTALONES!

¡VAYA BAJADA DE PANTALONES!

Hoy he batido un récord mundial de bajada de pantalones, y no sé si de Guinnes o de paciente protagonista en tiempo de rebajas en España. Mi Jimena del alma (de ordenadora u organizadora, término este que le gusta más a ella) está empeñada en que vaya bien vestido, vamos, como un pincel que se dice por aquí, y a eso no le digo que no, que a mi también. ¡Pero es que hay unas formas de expresión!... Lo que no soporto es la compra de pantalones, que eso de bajarme unos y ponerme otros, y así casi sin límite hasta que me deshago en improperios, no va conmigo. De esta manera ocurre s que como me he resistido desde los comienzos del tiempo de las rebajas hasta ahora que estamos en la quema de precios, a base de continuos chantajes y de tanto estirar el mañana, iremos mañana, a lo largo de los días, hoy no he podido resistirme porque finalmente ella ha  amenazado con  forzar la dieta  que me consume o que no, según se interprete (es decir comer menos caprichosamente). Creo que debo una explicación. Resulta que el otro día se me puso muy seria con la necesidad de la compra de esta prenda, que en vez de una necesitaba tres, que ella iría a la búsqueda por todo Zaragoza, que dejaría aparcadas las reservas con sus tallas correspondientes. Hoy ha sido el día señalado, y un servidor de ustedes, de Cristo Bendito, y de… Jimena, ¡cómo no!, se creyó todo, que como se conoce muy bien mi talla y su variabilidad, y dije que sí, que bueno, que iríamos. Y fuimos. Por nuestro deambular urbano pasamos por una tienda que no había visto el día anterior y.. .primera parada: tras marear a la dependencia y con síntomas no muy correctos por mi parte, me bajé cuatro veces los pantalones (dos veces los probados y cuatro veces los míos)  y dije que me plantaba. Luego ella me mima y me convence de ir al punto de reserva en un día muy ventoso en el que he portado abrigo, bufanda y corra de pana para calentar el descapotable, vamos, un buen añadido al trabajo de probador. Menos mal que en el punto acordado el vendedor es muy atento y soporta de un grado excelente eso de que dejo uno, cojo otro, lo vuelvo a dejar, vuelvo a ponerme otro que dejo después… Así entro en un proceso en el que mi grado de excitación aumenta. Menos mal que soy como el cava, que cuando se saca el corcho el contenido explota, y con la misma rapidez me vuelve la calma, si bien lo mío suma y sigue. Le tengo pánico a la temporada de verano a la hora de comprar bañadores. ¡Ay de mi…!

 

MANUEL ESPAÑOL      

JULIO VERNE Y YO

JULIO VERNE Y YO

A la entrada de Nantes, ciudad natal de Julio Verne, me encontré con un chiquillo encantador y cargado de talento, Tan grande era el talento, que cuando me vio se quedó de hierro. No sé si fue del susto que le di o que verdaderamente a este veterano "plumilla" y empedernido lector le emocionó tanto el encuentro, que lo sintió así, que tuvo que hacer uso de todos sus escasos recursos emocionales para poder fotografiarse junto a esta figura tan universal. No sé... nada de nada, sé que soy el eterno aprendiz. Puede tratarse de la foto de un turista cualquiera, pero que para mi tiene un incalculable valor. En la esencia de este niño que que representa la imagen, creció en tantas dimensiones que llegó a ser padre de Miguel Strogoff, del capitán Nemo, que dio la vuelta al mundo en 80 días, que viajó a la luna antes que Armstrong y Aldrin, y que sigue haciendo disfrutar a generaciones enteras. ¡Ay Julito, préstame aunque sea un poco de tu capacidad de hombre sabio de las letras y de ña imaginación que tanto necesitamos hoy en día.

MANUEL ESPAÑOL

MARISA QUIERE CONOCER EL AMOR

MARISA QUIERE CONOCER EL AMOR

Ojos grandes y expresivos de color pardo, muy guapa, aunque con la mirada triste, es un alma inocente, bastante cándida, y ha sobrepasado la edad dorada. Se llama Marisa, y la conocí un día de otoño en un entorno rural muy poco conocido, caminando por una vereda rodeada de árboles rojizos junto al río, con las hojas ya esparcidas por el suelo salvaje de tierra, hierbas y barro. De andar cansino y ataviada con un vestido blanco hasta los pies y una pamela rosa, era la propia imagen de unos tiempos que se fueron. Pero ella estaba ahí, ante mi. Era una realidad. Soy curioso y creo que también muy humano, y aquella persona comenzó inmediatamente a preocuparme, y como no me atrevía a dirigirme a ella, la seguí sin ser visto en un paseo relativamente largo, en el que Marisa se paraba de vez en cuando, su rostro oscilaba lentamente a derecha e izquierda como si desease encontrarse con algo por ella anhelado, y luego volvía la vista al frente, con una expresión de aires perdidos e invadidos de nostalgia. ¿Estaba loca? Eso  me pareció en un inicio, pero pronto me di cuenta de que me hallaba cerca de un ser especialmente sensible, sin malear y necesitado de una generosa comprensión. Tras una hora larga de observación y una persecución cargada de un cariño recién nacido, me di cuenta que allí había una persona alejada de la realidad. La seguí hasta el final de su caminata, cuando llegó a las puertas de una residencia muy envejecida, rodeada por un muro muy alto. Allí había una gran puerta en cuyo acceso se hacían visibles huellas de rodadas de coches y hasta de carros de tiro de caballo. Pero la puerta estaba abierta y la agitación reinante en el interior era inmensa. Una mujer casi anciana corría hacia ella gritando su nombre: “Marisa, Marisa, ¿qué has hecho?, ¿donde has estado?, ¿Te ha pasado algo?, ¿has conocido a algún hombre?”. Especialmente en el hombre puso mucho énfasis, para añadir a continuación y muy excitada, que “esto me lo temía, pero si es que no podía ser de otra manera. Desde que me entregaron tus padres hace unos cuarenta años, esta es la primera vez que escapas de casa. Y todo por cumplir con la palabra que le di a mi hermana cuando te entregó a mi antes de morir, pidiéndome que no te permitiera conocer el mundo exterior tan cargado de maldad y de crueles intenciones”

Me quedé horrorizado al escuchar a escondidas esas palabras de su excitada tía, unas palabras que se diluyeron cuando la puerta quedó cerrada. Me parecía y luego quedó confirmado, que el exceso de cariño había perjudicado en demasía a esta criatura que vivía fuera de su tiempo. Lo que acababa de sucederme había trastocado plenamente mi ánimo, porque sin encomendarme a nadie decidí entrometerme en unas vidas que sí me incumbían, porque humanamente pienso que no somos nadie para cambiar forzosamente el discurrir normal de una existencia. Que lo contrario es manipulación, aberración. Ya sé que por idénticos motivos, aunque de otra manera, pero con las intenciones de ayudar a devolver las aguas a su cauce, decidí entrar a formar parte de la historia, que tanto había comenzado a preocuparme. Bajo esas premisas me las ingenié para conocer a la tía-madre Amelia, y por fin un día entré en contacto con ella en la confitería del pueblo que tan próximo a su casa estaba. Al salir, le cedí el paso y con un aire desenfadado le hablé de la bondad de los pasteles que llevaba, y muy orgullosa ella me contestó que “son para mi sobrina, para mi una hija, que tantos años lleva sin salir de casa, que así, de esta manera consigo que algo le haga ilusión en la vida”. “¿Pero la ha dejado sola?” le respondí. “No, la he dejado con mi marido, y entre los dos se hacen mucha compañía”, señaló la señora con gestos llenos de cariño, pero autoritarios y sin derecho a réplica.

Luego me fui ganando a la gente del pueblo y me contaron las historias de la Casa Grande, en la que decían residían dos brujos viejos con una sobrina entregada en adopción, sobre la que con un exceso de celo tejieron en torno a Marisa una tela de araña infranqueable, a la que tan sólo tenían acceso desde el principio dos primas suyas preparadas y condicionadas a no revelar el secreto. Así que pasaron  largos años entrando en la casa las mismas personas, algo que se llevó a rajatabla, a fin de que en un mundo irreal, el tiempo cargado de inocencia para la sufridora, pasase igual para todos. El tiempo se había detenido en esa casa sin radio ni televisión, y ni mucho menos había Internet.

Muy pocos días después del encuentro en la confitería, me dirigí a la casa con aires de misterio, y aquello dio un vuelco deseado pero no esperado. El portalón estaba otra vez abierto, y a un par de metros fuera, Amelia gritándole a su ahijada: “¡Otra vez te escapas! Y esta ya es la segunda desde que entraste aquí. Anda, Marisilla, ¿no te das cuenta que no sabes nada del mundo?, ¿qué ahí a fuera te pueden hacer mucho daño?”. La tía se quedo muda cuando se tuvo que oír: “¿Aún más que aquí?”. En ese momento me hice el encontradizo, saludé cortésmente, y les dije con educación y tacto: “Perdonen, pero lo he oído todo. Si en algo puedo ayudarles cuenten conmigo, que cuando se tienen buena voluntad no hay problema que no pueda ser solucionado”. “¿Pero quien es usted, cómo se ha metido en nuestra vida?”, me preguntan las dos atónitas al verse descubiertas.

“Me llamo Gabino, amo intensamente la vida aun a pesar de mis aires un tanto frívolos. En unos tiempos de tantos ismos extraños y de tantas reivindicaciones protectoras que no se sabe a qué responden, me proclamo humanero y aprendiz de ser humano amante de la libertad. Muy señoras mías, aquí no hay libertad y el cariño se confunde con un egoísmo personal y absurdamente sobreprotector que no crea defensas ni da sabiduría y fomenta la ignorancia más absoluta”. “Ay, don Gabino, no se meta usted en nuestras cosas, que demasiado mal lo estamos pasando por nuestras propias culpas”, me dice Amelia, para que yo le responda: “Pues corríjanlo y dejen a Marisa salir conmigo ahora, y de esta manera les ayudaré a ella y a ustedes. Les prometo que la devolveré intacta, pero con una sonrisa añadida que me da la impresión que no la recuerdan en ella”. ¡Ay, señor señala Amelia devuélvala pues a la vida, que a ella le pertenece, y que nosotros no hemos sabido darle y ahora es tarde, puesto que mi marido y yo ya somos viejos y cada vez valemos menos, y sus primas, no sé que le dijeron que hace ya tiempo que no vuelven por esta casa en la que todo está viejo. Hasta ella…”, y dicho esto se echa a llorar.

Nos perdemos de vista por la vereda ella y yo, y Marisa me toma del brazo muy sonriente ante mi sorpresa. Me señala ya de una forma más risueña, que tiene suerte de conocer a un señor como yo, que una de sus primas, cabreada con ella, llegó a decirle: “Ya estamos hartas de disfrazarnos cada día solo para verte, que te queremos y tu problema es que siendo educada por profesoras particulares también disfrazadas, te han hecho una persona culta y educada, pero ignorante e imbécil, que te falta lo esencial de la vida, que no conoces el amor”. “¿Usted señor me lo podría enseñar? Les convenceré a mis tíos, que en el fondo son muy buenos y demasiado han dado por mi, que se han pasado, y le pagarán bien”. No me dio tiempo ni de reaccionar cuando Marisa se quitó la pamela de siempre, una pequeña capa que le cubre los hombros, echó hacia atrás la cabeza cerrando sus ojos parduscos  y me dijo: “Señor, deme un beso”. Se lo di en la frente, y ella me dijo que no, que fuese más cariñoso, y le di dos en ambas mejillas,  y ella me dijo que no, que lo que quería es en la boca, pero apasionadamente, “que dice mi prima que así se llega el éxtasis. Y yo quiero que me llegue el éxtasis”. “¿Y ahora que nos hemos besado, qué más podemos hacer?”. Le contesto, que “de momento te llevo con tus tíos para que vean que soy formal, y el próximo día ya veremos”. “No, que yo quiero ahora me dice muy apasionada, que lo que puedas hacer hoy no lo dejes para mañana”. A regañadientes la dejé de nuevo en la Casa Grande, no sin antes prometerle que volvería al día siguiente. Jo, con la de la pamela, ¿y ahora qué hago?  Joé qué espabilada es la dama de los ojos grandes y expresivos de color pardo, muy guapa, ahora con la mirada ya extrovertida. El caso es que le he tomado mucho cariño. ¿Qué le deparará el futuro? Ya nos enteraremos, que Jimena también le quiere ayudar. No sé cómo, pero algo haremos.

 

MANUEL ESPAÑOL

 

BAILEMOS TODOS LA LAMBADA

BAILEMOS TODOS LA LAMBADA

El dibujo es de mi sobrino Pablo, que si lo ve publicasdo me pedirá derechos de autor

 

Estoy que no me entiendo, y mira que e pregunto: ¿Por qué me despierto cantando y bailando la lambada si estoy solo? Es que si me llega a ver Jimena, lo lógico es que ponga en duda el buen equilibrio de mis facultades mentales, y menos mal que ha madrugado y salido de casa antes que yo. Pero lo malo no es eso, es que ya desnudito (no he dicho desnudazo), me he metido en el cuarto de baño, me he mirado al espejo y he puesto una cara de terror irreconocible por mi parte. He visto a un tipo relleno, cuasi calvo (los pocos cabellos que tiene estaban despeinados), y no sigo, porque en algo valoro mi estima, que vamos, no voy a entrar en detalles. Así que directamente a la ducha, eso sí con agua templadita, que me hace volver alegremente a la lambada sin esa chica que se ve en los videos y que te vuelve un poco tarumba con sus movimientos, que soy educado y no tengo en estos momentos capacidad para definirlos con la corrección que debo a mis lectores y hasta a mi mismo. ¡Ay Gabino, que hoy estás más surrealista que nunca y no sabes bien lo que dices!

Me llama Jimena cuando estoy en el desayuno, y me dice que me porte bien, que no cometa excesos que luego perjudiquen mi salud, que me olvide de esos churritos que tan a mano tengo, que son para una merienda con los sobrinos, que tampoco me haga chocolate caliente, que me acuerde de las recomendaciones del endocrinólogo. ¡Buaff! Pura represión que aun estropea más mi salud mental. Al final, dos buenos cafés de cápsula acompañados de una tostada de pan con tomate, ajo y aceite, y… otro café, que a ver si me espabilo. Ya lo creo que mi ritmo empieza a acelerarse, que salgo de casa sin usar el ascensor y bajo las escaleras a paso rápido (vivo en un sexto piso), me para el empleado de la casa y me indica que me invita a un buen mate, que es inofensivo. Lo dejamos para otro día en el que me halle con mayor calma, y ajeno a cuanto acontece a mi alrededor salgo cantando la mismísima melodía con la que me había despertado, así hasta que me encuentro con la hija de un amigo, que no puede más de risa ante mis gestos. No, no me avergüenzo, que lo mío es arrancar de vez en cuando una sonrisa, algo que tanto valoro y tanto me gusta. Y a pesar de ello le digo que a callar, que no lo comente ni en sus círculos más íntimos. Justo eso que no debía haberle manifestado, que ahora a estas horas tan vespertinas me han llamado mis cuñados, hermano, mis sobrinos, vecinos y amigos y demás gentes de mal vivir, de esos que dicen que soy muy majete, que me quieren mucho, que…. No, no me he enfadado ni pienso, que al revés, me divierte la provocación inofensiva. He recordado y recuerdo ahora lo realizado a lo largo del día, y tampoco es para esconderse, si bien algo más de cordura no me iría del todo mal. Y ahora, en estos momentos, lo que me faltaba, suena el teléfono y veo que el número de llamada procede de casa de la tía Cuqui, que si me paso más de dos días sin hablar con ella, se impacienta. Me dice que hoy en el pueblo ha tenido una tertulia de rosario y chocolate, vamos, que como de vez en cuando va a verla el cura párroco, “para hacerle al hombre la estancia más agradable, además de rezar el rosario, le invito a una buena chocolatada sin colesterol, esa cosa que dicen tan mala y que él tiene descontrolada”. Y yo le digo: ”Pero tía, y tu que no eres nada religiosa ¿aguantas tanto rezo?. Que a ti tampoco te va el dulce te tomas tanto tate bebido?”. “Calla, Gabino, que eres un canalla, que yo te encubro ante tu mujer, que un caprichito de nada no me va a sentar mal, que todo ello me sabe delicioso. Lo malo es el rosario, que mira, te voy a confesar que me aburre. ¿Y qué voy a hacer si veo al pobre tan ilusionado ahora que ya no hay tanta gente en el pueblo que le haga caso como antes? Reconozco que es un poco aburrido, pero es tan bueno al mismo tiempo, que lo tomo como una obra de caridad”. “Tía, que tengo muchas ganas de estar contigo –le digo-, de que me prepares uno de esos platos que cuando vengo con Jimena no llego ni a probarlos”. “Así me gusta mi sobrino, tan alegre y cariñoso –me contesta-. Ay ladrón, cómo te echo en falta”.

_ Tía

-¿Qué?

- ¿Bailamos la lambada?. Pongo la música y la danzamos  uno a cada lado del teléfono como si estuviéramos juntos.

-Pues que suene la música, sobrino.

¿Ustedes bailan? Les invito también. ¡¡¡Jimenaaaaa, bailaaaa!!!

Hasta mañana y muy buenas noches.

 

MANUEL ESPAÑOL

QUE ME PERDONEN LAS CABRAS

QUE ME PERDONEN LAS CABRAS

Imagen captada en Poznan (Polonia). M.E.

 

Esta vida es un mundo loco y servidor de ustedes y de Cristo Bendito, quiere estar cada vez más vivito, por lo que asumo mi condición de estar un tanto tarado. Y para colmo, en estas fechas, en el calendario chino entramos en el Año de la Cabra. La que le ha caído encima al pobre animalito, todo el mundo pendiente de la mencionada especie, que confieso mi ignorancia y no sé de qué poderes mágicos con atribuciones divinas goza. Por el momento, en tal aspecto, y a fin de no levantar opiniones torcidas y malintencionadas, me planto en este tipo de definiciones. Que no se ofendan mis amigos de China y países satélites, que no quiero polémicas, que les respeto en todo lo respetable, que si quieren pueden decirme que estoy como una cabra y no me enfadaré. Así que desafiando al viento de Zaragoza, que hoy ha estado más suave que otras veces, he salido de casa dando saltitos, vamos, a ritmo rápido y así en dirección hacia la ribera del Ebro, a encontrarme con Miguel en el punto donde desemboca el Huerva. Mientras tanto y tarareando el Rock de a Cárcel por el camino, iba pensando en lo hermoso que es sentirse libre portando como estandarte una sonrisa natural. “Buenos días, doña Eulogia, ¿se encuentra usted bien?”, con lo que la otra, una anciana cargada de años, me responde: “Pero usted qué se ha creído? Vamos, que me ve apoyada con dos bastones y andando a la velocidad de una cucaracha, y sólo falta que me pisotee. Además no me llamo Eulogia, ¿me oye bien? Maleducado, que es usted un maleducado. Mire, que si no fuese que iba a caerme al levantar un brazo, contenta la partiría en la espalda este bastón que llevo en la mano derecha”. “Perdone, señora, y cuidado con la derecha, que tiene muy malas pulgas”, le dije a Doña X. “Huy, eso es verdad, si lo sabré yo que tengo dos hijos en el paro y otro que va a lo suyo y que trabaja de secretario general en no sé qué ministerio. Vamos, que tengo la guerra en casa. Por eso estoy tan cabreada, que no dispongo ni de un minuto de paz y la he terminado de pagar con usted. Lo siento, que de vez en cuando me dan unos ataques de nervios…. Pero oiga, ¿por qué viene usted cantando ese himno carcelero?”, terminó diciéndome con algo más de paz. A modo de conversación intrascendente y para apaciguar un poco los ánimos, le pregunté: “¿Es usted rockera?”. “Yooooooo? Esa música me parece mefistofélica, está inspirada por el diablo”. “Señora, señora –le digo- no se vuelva a enfadar, se lo ruego. ¿Es que me ve rasgos mefistofélicos y con ganas de hacer mal?, ¿no se da cuenta que al principio le he saludado con todo el cariño? Vamos, por favor, sonría que ahora mismo le voy a invitar a un café con un croissant y yo tomaré otro tanto en esa cafetería tan acogedora de ahí enfrente, a ver si nos reímos juntos y hasta puede que nos hagamos amigos”. “Usted es un lanzado, señor, que me está lanzando dardos y no han pasado tres meses desde que mi Fermín pasó a mejor vida, ¡ayyyyy, que servidora, como una pendona, ya está ligando con otro. ¡Ay, por Dios, que me está haciendo pasar una vergüenza!…. Vamos, acepto ese café. Aprovechemos que la vida es corta”. Y ella se soltó las muletas, se las dejó para que se las llevase, y casi en un salto nos plantamos en la barra cafetera. Para más inri, el café con leche de ella debía estar tan cargado, que nada más acabar el desayuno, ya me hacía proposiciones matrimoniales, y como no quería ponerle mínimamente nerviosa por el peligro que llevaba ello consigo, le respondí que “Me llamo Gabino, en algunos sitios me conocen también como el Loco Surrealista, y estoy casado con Jimena”. Como muchas mujeres (si alguna se pica, que me disculpe) la anciana quiso tener la última palabra, deseo que respeté: “Gabino, dime que es mentira eso de que estás casado……. Bueno, que si estás casado y me has hablado de matrimonio te diré que eres un sinvergüenza. Que con los sentimientos más nobles de las personas no se juega. ¡Ayyyy cuando se enteren mis hijos, más vale que no te encuentren, porque yo, que me llamo Agripina, les diré que te den una paliza que te dejen tieso. Mi casa será un tormento, pero cuando se trata de defender a su madre, mis chicos se unen, y yo tan feliz.

Se fue tan indignada que tras una salida rápida del bar, se dejó las muletas y tuve que alcanzárselas tras una pequeña carrera. ¡Señora, Señora, Señora!….

Y luego dirán que estoy como una cabra. Pobres animalitos.

 

MANUEL ESPAÑOL

"ADIÓS ABUELITO". "ADIÓS TITI BUENA"

"ADIÓS ABUELITO". "ADIÓS TITI BUENA"

Después de casi un mes en Madrid, he regresado a Zaragoza y encaro una nueva etapa de “Mi hora bruja”. No, no es que me hayan tratado mal en la capital del Reino, sino todo lo contrario. Ocurre que el último día me sumí en una depresión muy pasajera, que mecachis la madre de la bellezón que me “asaltó” en el metro que me iba a llevar a la caminata por el viejo Matadero y Madrid Río. Bueno, el caso es que es que en el Suburbano ese, un Circular que como te descuides te pierdes, suele convertirse de vez en cuando en una fuente de sorpresas, tal y como me ha sucedido en más de una ocasión.  Así que accedí al correspondiente vagón que estaba atestado de gente, y por supuesto, sin ningún asiento libre. Pacientemente me dije que “por lo menos, como persona curiosa que soy y como eterno observador profesional de la realidad que nos rodea, me dedicaré a contemplar el panorama”. Y no sé por qué mi mirada se dirigió rápidamente hacia una morenaza espectacular de ojos negros, con lo que me quedé tan ensimismado que ella se dio cuenta inmediatamente. Ella, con el gesto, me hizo señas para que me acercase donde se encontraba, y yo tan coloradote, había perdido la calma que siempre me ha caracterizado y volví a los tiempos de la máxima timidez. Calculo que transcurrieron tres segundos hasta que llegué a su lado, y Milady (por llamarla de algún modo) se levantó de su asiento para cedérmelo inmediatamente. “Señor –dijo- siéntese, por favor, que a mi me da igual estar de pie”. Protesté educadamente, dije que a mi me gusta que todo el mundo me trate con confianza y con miramientos, los más escasamente posibles. Le di todo tipo de explicaciones, que no tan viejo, que si era deportista, que estaba preparado para hacerme inmediatamente veinte kilómetros sin parar y a paso rápido, etc., etc. Vamos, que empezaba a ir de fantasmilla y ligón incapaz, pero que acabé sentándome, que no fuera cuestión de que otro listillo me quitase lo que me habían ofrecido. Ante mi última protesta y a la pregunta de por qué había tenido ese detalle me respondió con una risa de lo más contagiosa, que “para hacer algo de ejercicio y así ponerme más buena”. Ahí perdí la timidez y recuperé mis reflejos, a veces descarados: ¿”Aún más buena?” Y lo dije tan alto que provocó las carcajadas del personal que estaba en la proximidad. Ella se puso también muy roja, y el guasón del vecino de asiento: “Oid, chicos, que para que sigáis más cómodamente con vuestras bromas, os dejo mi sitio”. Milady igualmente accedió con gusto a estar a mi lado, con lo que le respondí con una sonrisa. Afortunadamente, ella tenía un libro entre los brazos, y pensé que gracias a él podría encarrilar una conversación:

_¿Cual es el título?

_”Cincuenta sombras de Grey”. Te gustará, hay mucho sexo.

_¿No será una insinuación?

_ Jajajajajajajaja. ¡Qué más quisieras tu!

_No, si eso también es verdad. Por cierto, ¿a dónde vas?

_ A Madrid Río, igual que tu. ¿Qué tal si vamos juntos y hacemos footing?

Mi respuesta era bastante clara: “No se si te habrás dado cuenta que entre parada y parada, hemos dado una vuelta completa al Circular, y ahora estamos en el punto de partida. Así que de footing, nada de nada, ni antes ni después. Lo hemos pasado muy bien y nos hemos divertido, pero si continuamos otro recorrido, llegaré tarde a casa y mi Jimena se mosqueará. “No, si se lo digo yo a tía Jimena, que he estado toda la mañana con el tío Gabino y que lo he pasado muy bien con él, le gustará”.

“¿Pero tu estás loca? ¿Por qué me llamas tío?”, le pregunto. La respuesta está muy clara: “Porque yo soy hija de Mariola, la prima hermana de tu mujer, y por lo tanto soy tu sobrina. Efectivamente, ella tenía razón, y en ese momento me entraba un canguelo tal que se me puso todo el cuerpo a temblar. Soy un despistado mayúsculo, y menos mal que la chica tiene un gran sentido  del humor. A modo de despedida, nos damos dos castos besos. Ella me dice: “Adiós abuelito”. Y yo le respondo: “Adiós titi buena. Dile a tu madre que tengo muchas ganas de verla. Y tu no faltes”.

 

MANUEL ESPAÑOL