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Mundo mágico

CAMPANADAS DE NAVIDAD

CAMPANADAS DE NAVIDAD

Busco la Navidad y suenan muchas campanas. No la encuentro, sólo oigo ruidos, muchos ruidos. No la encuentro ni la veo nada clara, parece que se vislumbran unas manchas de sueño abstracto aderezadas con sonrisas “Profidén”. ¿Es un formulismo?, ¿un deseo sincero? Que me definan bajo el punto de vista terrícola si estamos ante un merengue empalagoso de intercambio de regalos comprados en grandes y pequeñas superficies interesadas, apartándonos así del espíritu con que se pretendía conmemorar una festividad tan especial. Siempre he creído que la persistencia en las buenas intenciones, las miradas limpias de los que siguen de frente, son las cualidades que nunca deben de faltar en un camino necesario para alcanzar esa felicidad que no debería ser privativa tan sólo de determinadas fechas. Hay que procurar la utopía siempre, y tratar de ver en todo momento la cara bella de la vida plagada de sacrificios solidarios, seguir la flecha que apunta a su dirección sin apartarnos ni cerrar los ojos ante la realidad. Ser solidario no es fácil, pero compensa tanto a las gentes de buen corazón… No, no me refiero a ningún tipo de creencia religiosa, que cada cual sea consecuente con esos “bellos” planteamientos que tanto se prodigan estos días sin ver de dónde vienen o a quien van, como si de una máquina se tratase.

Ayer, un buen amigo de marcado carácter anarquista, muy al uso, me dijo “salud” y a continuación añadió “Feliz Navidad”. Aquilino siempre saluda con “salud”, pero cuando llegan estas fechas introduce lo de Natal, es decir, que se celebra el nacimiento de Jesucristo. Cuando se lo advierto me suele apuntar con el dedo índice derecho, acompañado de estas palabras: “Oye, pelaire, que Cristo era un revolucionario que echó a los mercaderes del templo de su padre, que lo único que quiero es ser correcto y solidario, que no todos los anarquistas vamos por esta vida poniendo bombas, aunque…” Sigo de paseo con Aquilino y un acordeonista toca eso de “los peces en el río” haciendo de vez en cuando alguna pirueta y pasando el platillo de las monedas cuando ve a dos o tres personas cerca de él, y de vez en cuando la cae alguna moneda que le sirve para comprar comida o un café o tomarse un vinillo caliente de mucho grado, cuando no le ve nadie, que la mañana está muy fría, Así que le propongo lo de ir a tomar unos vasos a fin de celebrar el encuentro, acompañados de unos tacos de bacalao, y de tacos de tortilla de patata. Los seres humanos somos muy contradictorios y como tales, que tanto criticamos la comercialización de estas fiestas, la industria tan gigantesca que se monta en torno a ella, vamos a caer a unos bares bien saturados de clientes con cara satisfecha “porque celebramos la Navidad, fecha en la que también nos encargamos de engordar unos cuantos kilos y después deberemos gasta otro dinero para adelgazar”, me comenta Fernando, quien sin ningún pudor apostilla: “Y pensar de que hay millones de niños condenados a morir de hambre”. Vamos por una calle central de la urbe, y una orquestina compuesta por músicos muy buenos procedentes del Este de Europa, toca jazz con un ritmo endiablado, después eso de “Navidades blancas”, y hasta se les une una soprano de calidad a interpretar el “Adestes Fidelis”. Y en las calles sólo se escucha música pío navideña, eso sí, con sonidos alegres y cánticos al Niño, y a los Reyes Magos. En un bazar chino han querido entroncar con la tradición española, y no se les ocurre otra cosa que poner un barbudo Papá Noel no muy tradicional, que con la impostura de un sonido muy artificial repite una y otra vez eso de “Soy Papá Noel. Ven a jugar conmigo”. Claro que para jugar y que diga más lindezas, hay que echarle monedas.

Continúo mi paseo urbano que me conduce por las puertas de varias iglesias, y en todas ella hay un pobre o dos que acercan la mano, especialmente a la salida y al comienzo de las misas. Algunos reciben buenas cantidades, otros ni los buenos días. “Es que, en esta época –me dice Aquilino- hay gente que le gusta ejercer la caridad, y lo hace por lavar una conciencia nada exigente, para que le vean dar también la mano a un pobre”. Y suena la musiqueta que tanto me cansa: “Campanas sobre campanas, y sobre campanas una…”. Antes de llegar a casa recibo una llamada al móvil. Consecuencias: hay que comprar la comida. No me importa, como me gusta tanto meterme en los fogones, de primero compraré para hoy borrajas para hacerlas con gambas de Huelva (muy sano) y de segundo, calamares en su tinta (plato muy sabroso), mientras que de postre me haré con un helado de ese café que tanto me gusta. Pero cuando entro en el Súper, que por supuesto se halla a tope, me encuentro con el endocrinólogo, que además de muy buen médico es muy amigo y tenemos bastante confianza. “¿Borraja con gambas –me dice- ¿Y cómo las haces?”. Se lo explico minuciosamente con toda mi candidez y con una de sus enigmáticas sonrisas, me asegura; “mejor siempre borraja cocida con patata y aliñada con tan sólo una cucharada de aceite crudo”. “¿Y los calamares?”. “Aún no los has comprado –señala-, así que con unos lomos de merluza a la plancha ya irás bien. Y de halados, nada, tómate un par de mandarinas”. Menos mal que no le he contado los vinos tomados con el anarquista Aquilino, que es capaz de subir a casa en plan médico y meter mano en la cocina con las consiguientes risas de Jimena, que ella bien asegurado que tiene su cocido. Pero ya llega la Navidad, ya llega, y vendrán los homenajes sin compasión, las reuniones de hermandad profesional, las familiares y alegres comidas y cenas con tía Cuqui, con los hermanos, sobrinos, con mis tíos Tan y Nines, con mis primos… Cantaremos hasta villancicos, sevillanas y hasta “Asturias patria querida”, y por mi parte alguna jota de la tierra hasta cantada y bailada, Y puede que algún día suba a Biescas, mi pueblo, que eso sí que es entrar en el paraíso y disfrutar con mis amigos de la infancia.

¿He dicho en el paraíso?  ¿Cómo se me ocurre hacer humor en un tiempo como este, en el que a muchos seres queridos les echaremos tan en falta? Aún estamos en un país con cinco millones de parados, en este país llamado España en el que se han registrado continuos recortes en los gastos sociales y no llegan a remiendos los calificativos ante las medidas de apoyo tomadas por el Gobierno. Para mi la Navidad auténtica es la que supongo que hubiese sido de desear en el proceso de la Creación. Los gobiernos de las distintas naciones que deben mirar por los intereses globales de la libertad, igualdad y fraternidad, y no por ser más fuertes unos contra otros. Demasiadas lacras sociales, demasiados muertos por hambre y por enfermedades que deberían ser perfectamente curables. Menos mal que en este país funcionan muy bien los bancos de alimentos, los comedores parroquiales y Cáritas, así como “oenegés” que hacen lo que en otros lugares también debe ser responsabilidad del Gobierno.

Que la Navidad vuelva a su espíritu auténtico, si es que alguna vez lo hubo. No es mejor el más creyente, sino el que más se acerca a la auténtica doctrina de lo que supongo debe ser pensamiento de Dios.

Tal y como están las cosas, no me atrevo, no me sale del todo decir eso de ¡Feliz Navidad! Eso sí, disfruten todo lo que puedan con las personas más próximas. Esa sí es la verdad más deseable en estos momentos para todos nosotros.

 

MANUEL ESPAÑOL

SUEÑO DE UNA NOCHE DE INVIERNO

SUEÑO DE UNA NOCHE DE INVIERNO

Dedicado a mi sobrino Pablo Epañol Sangorrín

 

Tanto tiempo condenado a la inactividad más seria, es decir, a la necesidad de sentirme alegre y con sentido del humor sin lograrlo, ya era hora de que saliese del baúl de los recuerdos que paralizan la mente y el espíritu. Hice un esfuerzo titánico y lo he conseguido. Quiero seguir apostando por la vida en su vertiente loca (no del todo) y aparentemente despreocupada (no del todo), por una existencia atípica y no etílica. Quiero volver a mi yo más genuino. Como el loco Gabino (surrealista me dicen) que soy, despierto de mi letargo y le doy un beso a Jimena con un manido pero auténtico “Hoy te quiero más que ayer, pero menos que mañana”, y me tengo que oír ese calificativo de “cursi”, que tanto aborrezco. Así que me voy de casa a oxigenar mi cerebro, dispuesto a contagiarme de la gente que ríe. “Hola Jóse, ¿cómo estás?”, “Hola Marya, ¿has deshojado la margarita?”, “¿Buenos días Pino, ¿aún estás en las nubes?; que la caída sea suave”, “Carmen, con quien sueñas?, ¿te trata bien la vida?...”., “Marcelo, ¿tocas mucho la trompeta en el pueblo? No hagas demasiado ruido, que luego las vacas no dan leche”, “¡Ay Pilita, qué ronca tienes la hoy la voz!, que te dije que no siguieras la marcha de Luis, que acaba con todos”, “tía Cuqui, ya puedes prepararme un buen cochinillo al horno”, “Ramón Ruba, guárdame un cocido montañés para cuando llegue a tu casa”… Y de esta manera, medio bailando y a paso ligero, comienzan las primeras y felices risas. Creo que he retomado el buen camino.

 Como ya estoy solo en plena naturaleza, mejor dicho casi, las carcajadas son de una continuidad altamente sonora. Pienso que no me ve nadie, pero sospecho de que escondido en la bruma alguien me escucha. Para acabarla de arreglar, oigo a lo lejos una voz que me dice: “¡Tío Gabino, estás más pirado que las maracas de Machín!”. La que faltaba, que esa exclamación tan fina, sólo puede salir de una garganta. Pero no, no puede ser. Si el repelente y a la vez muy buen chaval, que tanto me quiere, llamado Currito, vive en Varsovia… Ya, ya. Buena me ha caído encima a orillas del Ebro y casi frente por frente al Pilar, donde dicen que la Virgen está dormida y no se le debe despertar. Hace frío, me está dando la tiritona, pero cuando se acerca el sobrino y me da un abrazo, ya me siento mejor, como no podría ser de otra manera.  Me dice que se le había presentado la ocasión y decidió adelantar el viaje para estar más tiempo en Zaragoza con su hermano Adolfo y con sus padres. Y yo, parado y con cara de frío, le digo que o vamos a andar rápido, o entramos en un bar próximo, o me quedo congelado. Su respuesta no se hace esperar y me llama quejicas, que él sale todos días a correr por la mañana a bajo cero en un país tan gélido como Polonia, pero con gentes de alma caliente.

Como antes de la partida a principios de curso le había dicho que si se portaba bien con los estudios le invitaría a un fin de semana con juerga en Madrid, reclamaba sus derechos. El chico es el primero de su curso, y cualquiera le pone la menor excusa. No me extraña que sea número uno de su Universidad, tiene una memoria privilegiada y no se olvida de nada; ni el menor despiste el puñetero de él. “Que a mi hermano le llevaste al Club de las Gatas Locas, y ahora me toca a mi. Cumple”. Como la verdad es que la idea me hacía tanta ilusión, yo feliz de estar con mi sobrino. Como es un entusiasta de la buena literatura, hablamos de Shakespeare, a quien el repelente de él lee en su propio idioma. Y ¿cómo no?, surge el tema de “Sueño de una Noche de Verano”, casi seguro que la más fantástica de las obras del autor británico, y que le había comentado en su momento que en Madrid le llevaría a una de sus representaciones teatrales, al Museo del Prado, al Reina Sofía, al Thyssen. “¿Y alguna juergecita además de eso? me dice él casi sin dejarme respiro, ¿algunas gatas locas?”. Jo, el chico, con qué ganas había venido. Entonces le respondo: “primero iremos a las juerguecitas, y después a lo demás, si es que queda tiempo”. Así que como estamos en la época de los fríos a nuestras minivacaciones les pondremos el título de “Sueño de una noche de Invierno” en recuerdo y en versión libérrima de la idea titular de William. No sé lo que pensaría él en ese momento, el chico quiero decir, pero la idea no pareció disgustarle por más cara de sorpresa que puso.

Así que nos fuimos a Madrid en el AVE dos días después. No me contó demasiadas anécdotas de su estancia en el país centroeuropeo, porque debo reconocer que es hombre de pocas palabras, tan sólo las necesarias, pero si bien con la mirada te dice todo. Llegamos a Atocha Renfe, y la capital del Reino ya era nuestra. Como era la hora de comer y había muy buen apetito por parte de ambos, tras dejar nuestros equipajes dirigimos los pasos hacia el menú del día del Café Gijón, donde dimos cuenta de los mismos gustos: una excelente paella de pescado y marisco, un entrecot vuelta y vuelta, y unas natillas de la casa que nos endulzaron el día. “¿Quieres siesta?”, le pregunté al terminar con la mejor de las intenciones, y su respuesta fue que “eso es para los mayores como tu, que tengo muchas ganas de marcha”. Vamos, tan incisivo como su hermano, porque me lo dijo para ver qué cara ponía, sin ningún respeto para el anfitrión. Pero previendo sus improperios, antes de terminar el almuerzo, le había invitado a un güisqui, y como no está acostumbrado al alcohol, la realidad es que la euforia se le acabó pronto. “Bueno, tío, que si quieres, -me dijo- tampoco me vendría mal una hora de descanso en casa”. Y se había hecho el machito de tal forma, que me provocó una risa “muy socarrona”, como decimos en Aragón. La venganza estaba consumada.

Sin saber por mi parte qué hacer con él, salimos del refugio que con tanto esmero cuida Jimena, que se había quedado en Zaragoza. Él habla poco, y yo un poco más, no demasiado, por lo que los primeros pasos transcurrieron en silencio y tratando de poner en marcha a nuestra manera la transmisión del pensamiento. “Y ahora, ¿qué hago con este? ¿dónde lo llevo?”, pensaba hacia mis adentros. Luego él me confesó sus interiores, en el sentido de que “el bueno y tontorrón  de Gabino se esfuerza para procurarme una diversión. Pues yo también quiero que se divierta,¡ea!”. Caramba, caramba, si las intenciones mutuas eran tan buenas, la suerte estaba echada. Era el ocaso del día y comenzaba a hacer su aparición la noche, una auténtica noche de invierno, con lluvias y viento. A pesar de todo, entre nosotros reinaba el optimismo con aires de camaradería, y todo parecía indicar que la fiesta estaba asegurada, aunque no sabíamos cómo porque el ambiente atmosférico tan sólo invitaba a pensar en un ambiente de terror, eso sí, informal. El frío, viento y lluvia, no propiciaban el mejor clima, pero los señores del olimpo se pusieron de nuestra parte y querían salvar la diversión. Y ¡vaya si la salvaron!

Íbamos por la calle Fuencarral, muy cerca de la Glorieta de Bilbao, y nos encontramos con un grupo de gente joven y divertida encabezados por una pareja, ella vestida de blanco y sin paragua, y él con un sombrero de copa y la camisa por debajo de la chaqueta y fuera del pantalón. Decían ser unos recién casados y que lo querían celebrar a su manera con los amigos y con la buena gente encontrada a su paso. Suerte que a nosotros nos miraron con la mayor simpatía al invitarnos a entrar con el grupo. Tras la primera caña entré en conversación con ellos y sus duendes de compañía, que en esta ocasión eran del sexo femenino; vamos, unas chicas espectacularmente guapas y graciosas ataviadas con unos trajes muy finos ceñidos y con alas en los hombros, simulando movimientos como si fuesen pasos de ballet. Y la imagen que daban era maravillosa, que por lo menos eso le pareció a Currito, mientras que el tío asentía con ojos de admiración. Lo reconozco, que parecía un mayor (1.65 m.)   ante tanta gente joven, abierta,  simpática y divertida. Que sí, que aunque pareciese mentira, la pareja de la boda decía haberse casado de verdad, aunque a su manera, con música de Mendelson a los acordes “Sueño de una noche de verano”, y aunque en invierno, con la clásica marcha nupcial incluida. Tras la tercera caña, al novio no se le ocurrió otra cosa que gritar a todo volumen: “Y ahora vámonos juntos a correrla, que la noche no ha hecho más que comenzar”. Currito, que ya estaba embobado con una duendecilla, me mira con toda su guasa y me dice: “¿Qué haces aquí, tito?” , y continuando con la frase del chico, la buterfly del momento, se adelanta y me dice: “Tu haz lo que quieras, que como soy duende, al chico lo quiero encantar”. Vi tan contento a Currito que no me quedó más remedio que darle unas segundas llaves de casa que llevaba en el bolsillo y le recomendé que tuviese cuidado con ellas, que no las perdiese, que no hiciese demasiado el indio, y que el despertar de “Sueño de una noche de invierno” no resultase traumático. Pero como la noche también era joven para mi, decidí dirigir mis  pasos hacia el Café Central Jazz, donde entre otros actuaba mi amiga Paloma Berganza. Allí se encontraba Reynalda, amiga cubana y colega de tiempos ha, que me invitó a unirme a su grupo. Y nos dieron las 12, y las 2 y las 3, y …  aquí me planto para no satisfacer a los curiosetes, que quien tenga imaginación y me conozca, ya sabe que lo mío es mucho hablar, y que es verdad eso de “mucho ruido y pocas nueces”.

Me fui a casa y Curro no había llegado, él del que dicen es tan formal. A la hora, cuando ya había alcanzado el mejor de mis sueños, oigo abrir la puerta, y el chico entra solo. “Menos mal”, dije para mis adentros. Se encontraba alegre y con ganas de acostarse. “¿Pero estás bien?”, le pregunté preocupado. La respuesta no dejó el menor resquicio de duda: “Encantado”.

 

MANUEL ESPAÑOL

ME CONFIESO

ME CONFIESO

Hace unas noches, cuando se acercaban los últimos días de mi reciente estancia en Madrid, me hallaba muy enfadado conmigo mismo, y altamente triste. Como una de las cosas que sé hacer en la vida, más mal que bien, escribí este medio poema volcando toda mi carga emocional del momento.
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Te odio, espejo maldito, pero eres lo único que tengo…
Hagamos un pacto, te necesito.
Mi yo precisa del tuyo, el tuyo necesita al mío. 
Ha llegado nuestra hora, espejo salvaje y maleducado.
¿Llegaremos a entendernos? Hoy no soy optimista.
Todos los días te ofrezco esta imagen mía,
Triste, alegre, voluble, enérgicamente amarga,
enérgicamente incomprensible y hasta muy absurda.
No sé para qué sirve la palara cultura…
¿qué es cultura?, ¿qué tipo de cultura?, ¿qué nivel de cultura?
Necesito expulsar con todo ímpetu mis ideas, y…
¿para eso te decido buena parte de mis días?
Ahora, físicamente, me encuentro conmigo
y contigo, espejo traidoramente necesario.
Estoy descentrado, no hallo mi brújula loca, 
Y te pregunto, y no me haces caso.
Te pido ayuda, y te vuelves ciego y osado.
Y… me siento abandonado, espejo maldito.
No hallo a nadie culpable de mis propias crisis y…
Por eso tengo que gritar fuerte y alterado mis preguntas al viento.
Siento la tentación de destruirte, de mandarte a un paisaje ciego,
de enviarte a las ciénagas malolientes…
Pero no puedo prescindir de ti, 
debería buscar otro de tus características, y…
eso sería imposible.
Espejo maldito, hiriente, y hasta asesino, que me estás matando, que me acompañas desde que llegué al mundo…
Y que en tus circuitos de memoria almaceno
hasta el mínimo detalle de todo mi existir. 
Trata de arreglar el sistema, y mira a ver si es posible
reflejar aunque sea pequeños momentos de una felicidad intensa,
que lo que pido como simple mortal es poco.
Tengo todos los ingredientes necesarios que se pueden desear.
Aunque poseedor de ciertos aire de tristeza, 
preciso de la alegría, del buen humor, 
y lo que es más importante,
de la necesidad de comunicar libremente.
Espejo amargo, ¿crees que podrás reflejar eso?
Sería hermoso reiniciar una larga campaña,
una inacabable campaña de entendimiento,
algo así como
“Tu me quieres yo te quiero”… Tan sencillo.
Tengo mis dudas sinceras de que esos sentimientos
lleguen algún día a germinar.
¿Cómo entenderse el uno con el otro al otro lado del espejo?
Ni aún superpuestos llegaríamos a coincidir.
El Universo, el alma humana, son por naturaleza confusos.
Así somos los dos.
Que no nos entendemos,
y para informarnos el uno al otro utilizamos trampas.
¿Habrá pacto? Ya no creo nada.
¡Qué confusión tan latente y tan cambiante!
Estoy dispuesto a vencerte, espejo maldito.
No me dejaré manipular por esa crueldad a veces disimulada.
Utilizaré todo mi coraje en busca de mi propia libertad.
Cortaré todas las cadenas que me tiendes a cada paso.

MANUEL ESPAÑOL

 

EL CLUB DE LAS GATAS LOCAS

EL CLUB DE LAS GATAS LOCAS

Dedicado a mi sobrino Ignacio Español Sagorrín

 

Una de las manifestaciones mas bellas del ser humano es la de compartir los sentimientos más nobles que parten del interior de uno mismo, y se suele decir en España que nobleza obliga. Provocar una sonrisa, o una risa no cuesta nada nada, y el humor puede llegar a ser el arma eficaz para sacar a más de uno de una situación triste. Que sí, que con humor y amor es mucho lo que se puede resolver. Pero al final lo verdaderamente cierto es que a pesar de las buenas intenciones nadie se pone de acuerdo en definir unidireccionalmente los conceptos que deberían arrancar del alma humana, que lo que es bueno para unos resulta malo para otros o no tiene importancia para muchos. Que los hay quienes van a misa con la cartera a rebosar, creen que cumplen sus obligaciones con santidad, y miran con desprecio al mendigo que les espera a la salida de la iglesia, para luego en su despacho apoyar algunos recortes inhumanos. Otros dan limosnas porque necesitan de los pobres para lavar su conciencia pletórica  de sentimientos errados. Y como no quiero elaborar una tesis sobre buenos y malos o de falsos salvadores del mundo, que tanto abundan, uno quiere confesar que no anda mal en su economía, pero que tampoco nada en la abundancia, y que es curioso que me sienta el ser más rico sobre el orbe terrestre. Puedo todavía llegar a fin de mes sin grandes agobios, adoro Biescas donde tengo mis raíces, me siento feliz en Madrid y disfruto intensamente cuando me hallo en mi casa de Zaragoza. Por si fuera poco ejerzo una profesión  vocacional como es el periodismo, y de esa forma me encuentro capacitado para decir que soy un privilegiado. Mi intención vital es la de no hacer conscientemente daño a nadie, y como soy humano a veces puedo ser víctima de mis propias imperfecciones, meter la pata y amargar a alguien.

 Tío Gabino, no filosofes tanto, que te pones muy serio, que así  no te conozco, dice preocupado mi sobrino Adolfo, muy guasoncito él. Me habías dicho que me traías a Madrid para divertirnos un poco. Pues a reír que nos vamos, que no te arrepentirás de haberme acompañado, le contesto alegremente.

Así que íbamos por la Cava Baja y el chico que está tan majara o más que yo, le daba por cantar con voz alta eso de Mi tío es bajo y rubio, mi tío es bajo y rubio, mi tío es cojonudo   y siempre lo será“. Tu invitas a las copas y yo ligo por los dos dice muy seguro y fanfarrón. Como no estaba dispuesto a dejar que tomase la iniciativa porque Adolfo que en el fondo es un miedicas y en esta ocasión yo tenía ganas de ponerle en apuros, le dije que te voy a llevar a un local muy original que ni conoces ni conocerás  otro igual!. Cuida tío que te tengo miedo, que aun me acuerdo de cuando me llevaste al camerino de una explosiva actriz de teatro (calificativo este que entra en tus preferencias), a la que le hiciste una entrevista. Que yo entonces tenía 12 años y ella para congraciarse contigo no hacía más que pasarme la mano por la  cara y decirme eso de vaya niño tan hermoso, mientras yo me ponía colorado del todo. La chica -le respondi- es que

 era muy cariñosa y lo que quería ella era hacerte caricias porque le habías caído muy bien. Eres más tonto, ¡Ay si me las hubiese hecho a mí....¡”

“¿Sabes?  Eres un viejo verde Ahí sí que el mocoso de 24 años me tocó la fibra sensible, que aplicarme el calificativo de viejo, eso no tiene nombre, por lo que con toda mi rabia grité a pleno pulmón cuando la calle estaba llena de gente, eso de que mas vale un viejo verde que un viejo borde, a fin de poner colorado al chico. Y ahora sigo pensando  lo mismo. Pero que conste que no soy ni VV ni VB, que uno asume con todas consecuencias su propia condición.

Al pobre ya lo tenía asustado y con cara de preocupación sobre el destino de su futuro más inmediato. Así que paramos en un local con puerta verde y en ella estaba colocada una placa de quita y pon escrita manualmente, que ponía Club de las Gatas Locas. Solo mujeres. Hombres abstenerse, si alguno entra no respondemos de su integridad física. Prepárate Adolfo, que vamos a entrar en un sitio que no tiene nada de vulgar, que son unas mujeres muy hábiles con el sable, más que El Zorro cuando hacia la Z montado a caballo. Y Adolfito se echaba una mano a la entrepierna para proteger sus vergüenzas  toreras, y con la otra me tiraba de brazo para irnos a escape, con lo cual yo estaba de lo mas feliz. Que no tío, que no, que no tengo ganas de líos, que me das mucho miedo, que eres un peligro total, que no quiero ir con mujeres malas, que serán todo lo buenísimas que digas, pero a mi esos ambientes no me van, que si me entras se lo diré a tu hermano y también mi señor padre, y a tu cuñada, mi madre, que en tal alta estima te tenía hasta ahora". Y como a mi las amenazas no me gustan, llamé decidido pulsando el timbre (un toque corto, uno largo y otro corto) y segundos después aparecen unos ojos hermosos al otro lado de la mirilla, y a la vez una voz cálida que decía: Gabino, Adolfin, que alegría veros   de nuevo. En un minuto os abro.  Mientras, el chico se quedaba mudo y con el semblante marcado por la palidez, aunque igualmente me apuntaba a la vez con una mirada asesina. Me explicarás cómo sabe mi nombre. La pregunta, a decir verdad, me produjo una carcajada auténtica para mayor desesperación suya.

Por fin la puerta se abrió, mientras Laura, vestida con un ropaje singularmente atrevido pero sin enseñar nada de su anatomía, nos ofrecía la mejor de sus sonrisas y empezó pronto a derretir el hielo. Sobrino -dije con cierto énfasis- te presento a la Puta Respetuosa, si, la que creó Jean Paul Sartre para su obra de teatral, que se ha encarnado en Laura. Pero no le tengas miedo, que no muerde, que ya quisieras tu“. Al  otro, para mosqueo mío, no se le ocurrió otra cosa más inmediata, que la de ponerse a reír como nunca en su vida lo había hecho. Había identificado a Laura, porque más de un aperitivo he tomado con ella acompañando a tu Jimena. Que la tita es mucho más generosa que tu y me tiene un cariño muy especial. Pero qué cabrito es mi sobrino, es lo único que se me ocurrió pensar en ese momento. Y servidor de usted, apreciado lector, que había preparado todo hasta el último detalle en el Club de las Gatas Locas compuesto por tres mujeres maravillosamente locas y de poco sentido común, comenzaba a pensar que de verdugo había  pasado a ser apaleado mentalmente por un mocoso que casi me tiene cogida la medida, en la misma proporción que yo a él. Aquello no había hecho mas que comenzar.

Este club tan singular solo para el sexo femenino, aunque algunos hombres son aceptados tras superar varios filtros con cierto aire de intelectualidad, nació gracias al acuerdo alcanzado por Laura, Natacha y Marieta, según el cual la sociedad estaba abierta al humor inteligente, al arte, la literatura y la historia. Lo singular del caso es que una vez llegadas a la sede, tenían un cuarto-vestuario donde guardar los trajes y tomar el disfraz pertinente, dado que en cada jornada de sesión lectiva, cada una debía de vestirse de acuerdo con la época  del personaje literario o histórico a debatir. El local, tras atravesar un pequeño vestíbulo separado por cortinas, constaba de un suelo de tarima, una mesa central redonda con capacidad para ocho personas, y otras cuatro pequeñas y cuadradas. Al fondo, una barra de bar con botellas, neveras, vasos y copas, y una cafetera a presión, mientras que en los dos laterales unidos con el fondo se daba paso a una buena biblioteca con sus fondos de documentación. Por faltar no faltaba ni un cuartito de cocina a donde me destinan a mi si es que me invitan, y con la intención de que les haga algún arroz, unas patatas al chef, borraja con gambas, o fideua, o.... La repostería, como no se me da bien, me dicen que no les importa que la compre. Les digo que si me invitan a una de esas sesiones académicas suyas, iré disfrazado de Fhurer, y sabrán lo que es bueno. Y claro, a esas no me invitan.

Le explico a Adolfo, una vez hechas las presentaciones y tras los besos de rigor, ya mas calmado, que Laura,  morena y de labios carnosos, es una licenciada especializada en literatura francesa y lo pasa bien citando a Sartre, y ella tan existencialista, para reirse de sí misma le gusta vestirse de “puta respetuosa“. Con su nombre, Natacha solo puede ser rubia, y lo es por su ascendencia balcánica tras pasar a lo largo de varias generaciones por el barrio madrileño de Salamanca, y a ella le gusta la historia vivida por la desgraciada de Sissi Emperatriz. Marieta, medio rubia medio castaña, es la de carácter más fuerte, por lo que le vendría bien caracterizarse de Napoleon, y aunque yo quería influirle para que se especializase en Golda Meir, ella con cara de desprecio me aseguraba que prefería ser Evita Peron.

Entre los cinco presentes en la mesa redonda, solo tuve un voto a mi favor en todas mis propuestas, para así alimentar  la juerga que se llevaba a mi costa Adolfo con sus ya nuevas amigas, aunque no del todo desconocidas. Tan solo me hicieron caso a la sugerencia dada de que abriesen el bar y sacasen del congelador las croquetas que quedasen de las cien que había preparado hacía dos semanas. “Croquetas no quedan para todos, Gabino. Deberás ponerte a hacer más. y en cuanto al bar, barra libre. Por alli tenemos algún que otro paquete de patatas fritas“, me dijo Natacha. Marieta me explicó a continuación que como tenemos un saco de patatas recién recogidas del campo, porfa, haznos unas del Chef que tan bien te suelen salir. Lo malo es que como no sé decir que no a nada, me puse manos a la obra, y Adolfito y las chicas no paraban de reír mientras una víctima como yo se dedicaba a las labores propias de un cocinero y loco surrealista a la vez. Una vez acabado el guiso, cuando quise llevarlo a la mesa, observe que entre los cuatro habían  dado cuenta de cinco cubatas y dos cervezas. Y no sé como lo hicieron, porque en ningún instante habían parado de hablar y de reír.

No sabes lo simpático que es Adolfo, que tiene una gracia.... Deberías aprender de él. Nos ha dicho cada cosa.... De esta manera se expresaba Natacha, mientras por mi parte, aunque no lo pareciese en mis gestos, la realidad  es que  me sentía muy satisfecho. Sin duda, este sobrino mío me vence siempre que se lo propone. Laura, tan expresiva como es habitual en ella, me aseguró que lo estamos pasando en grande con este chico, aunque eso para mi, insisto,  no es nuevo, que ya lo conozco hace mucho tiempo a través de Jimena cuando voy a su casa en Zaragoza. Lástima que él  no tenga unos años mas o yo unos años menos, que eso sería mas de desear. Golda Meir, perdón, quiero decir Marieta, no pudo morderse la lengua y poner su granito de arena, que no de cal Gabino, este chico es guapo e inteligente, y tiene unas ocurrencias que te superan en gracia y en talento, y lo decía de esta manera mientras le estampaba un beso al chico, que en esta ocasión si se puso, pero que muy colorado. Joer con la Golda esta, no valdría  para diplomática, que con ella la guerra estaría asegurada. Y so lo decía mientras no paraba de comerse mis patatas recién hechas. Beso a mi chiquitín y patata, patata y beso a mi chiquitín de 1,85 metros de estatura. Si será cabrita...

Bueno, Adolfito, y tu ¿que les has has piado para hacerles reír tanto?.

Mira Tito. Les he contado lo que me has dicho antes de llegar, que me estabas enseñando Madrid, que me ibas a llevar a un club de alterne donde habla  una tías muy buenas, impresionantes. Y visto lo visto, es que tenias toda la razón. Me arrepiento de haber pensado lo que no te he dicho. Encima de borde le señalé con cara seria- eres un mentiroso, que nunca te he dicho que te llevaría a un club de alterne, que...

Gabino, corta y no me asustes a nuestro chico, que parece que has perdido ese sentido del humor del que tanto presumes, que Adolfo tiene mucha chispa, y que a partir de este momento le hacemos miembro de honor de este club con derechos de numerario y podrá venir aquí siempre que quiera. Por cierto, ¿que le has dicho tu eso de que manejo con destreza la espada y hago el signo del zorro con la rapidez de Antonio Banderas, me dice Marieta Golda Meir, como no podía ser otra. Así que las risas se generalizan hasta el punto de que me uno a ellas, como no podía ser de otra manera en el Club de las Gatas Locas. "Chicos, -dice Marieta- antes de que cada cual se vaya a su casa, sería bueno hacer un brindis por el nuevo socio. Así que saquemos el cava, que Adolfo descorche las botellas y bebamos todos. Que Gabino diga las palabras de rigor". Decido recoger el desafío, y no se me ocurre otra cosa que decir: "Un día, muy cerca de aquí en las Cuevas de Luis Candelas, los mismos que ahora estamos aquí y algunas personas más decidimos fundar en Madrid un club medio serio aunque con muchas ganas de broma, dedicado a los debates culturales y  políticos en los que reinase la paz y la concordia, y como no nos poníamos de acuerdo en ningún punto, a instancias mías quitamos todos los condicionantes que nos excitaban psíquicamente y tratar de evolucionar hacia unos ciertos aires de surrealismo. Marieta propuso que cada cual debatiese lo que le diese la gana, Laura propuso que se tratasen en broma, pero con rigor, temas culturales. Y como estábamos en época de carnaval, a Natacha se le ocurrió lo de los disfraces. Estábamos todos pirados, y  como los hombres éramos una minoría muy minoritaria, aceptamos que las chicas se encargasen de hacer los estatutos y darle nombre al nuevo centro: Club de las Gatas Locas; gatas, por estar en Madrid, y lo de locas es evidente, porque aquí la locura es variada y el mosaico de posibilidades resulta enorme...". Adolfito, muy impertinente él, me interrumpió, tomó el relevo del brindis. "Como cuando se pone mi tío es un plasta, voy a concluir diciendo, que gracias a él, he visitado el mejor club de alterne de Madrid, porque no me digas tito que este no es un sitio de gran categoría en el que el humor está bien asegurado mediante el buen uso del gesto y la palabra". En esto que Marieta, que de verdad es profesora de esgrima, saca el sable y empieza a hacer filigranas en el aire con gran maestría, mientras el chico se va poniendo nervioso y se atasca en el discurso para mi propia satisfacción, y la copa le cae al suelo con todo su cava mientras su expresión le hace poner cara de susto. "Pero mi cielo -señala Marieta Golda Meir- ¿qué te ha pasado? Bébete esta otra copa, y después me sujetas bien por la cintura. Gabino, cariño, pon la música, que Adolfo y yo vamos a bailar un tango muy desgarrado". Y vaya si bailaron, que lo hacían muy bien, con todos los pasos correctos y sin errores, mirándose fijamente a los ojos, cada vez mas pegadizos, o eso es lo que me parecía a mi, ya que dados los efectos de las bebidas espiritosas no distinguía muy bien los gestos. Era igual, que ponían cara de pasarlo en grande. Como bailar un tango a tres (Laura, Natacha y yo) es imposible, les permitimos terminar la pieza, y a fin de que cada uno fuese tomando el camino de su casa, puse a toda potencia el himno del club, que no podía ser otro que la música de CATS. Cuando sobrino y tío íbamos ya solos por la calle, un Adolfo alegre tarareaba "Volver".  Aún habrá que rebautizar la fundación y ponerle el nombre de “Adolfo y el Club de las Gatas Locas”.

 

MANUEL ESPAÑOL 

COMER Y BEBER, TODO ES EMPEZAR

COMER Y BEBER, TODO ES EMPEZAR

Mi cabeza se está haciendo un galimatías impresionante, y claro, que así de esta manera es muy difícil llegar a una conclusión y además resulta imposible poner en orden las propias ideas, si es que de verdad las hay. Aunque a veces el cerebro se siente atravesado por un  quiero y no puedo… Me encuentro muy feliz cuando me refiero a los temas de amor, ese motor que mueve la vida y regula y lanza casi todos los impulsos del ser humano. Quien ama sin esperar nada a cambio está bañado por una generosidad que se ramifica en las más diversas actividades. Así me hallaba filosofando medio en broma medio en serio hace ya bastantes años con Julio Caro Baroja por los entornos de Guernica, y el hombre asentía educadamente por no decirme que no se aclaraba con mis deducciones. El caso es que nos llevábamos muy bien y en varias ocasiones desayunábamos juntos en el Hotel Ercilla de Bilbao.

Como periodista que soy, mi entonces director me envió a cubrir una Semana Gastronómica del Norte y… ahí comenzó mi decadencia física, que cada oliva que ingería me hacía engordar más de lo debido. Y en unas jornadas así, ya se puede uno imaginar lo que le ocurre a un joven “plumilla” que hasta se creía bien plantado (¡qué ignorante!) y con apetito. Vamos…. Sin conocimiento, o destalentado que decimos en Aragón. Una de las ponencias le correspondió desarrollarla precisamente a don Julio, no muy comedor y confeso aficionado a las tortillas francesas. Caro Baroja, personaje muy inteligente y cultivado, estuvo magistral, como siempre. Así que tras la conferencia matinal nos fuimos a tomar un café (dos para mi) con pastas y comenzamos a hablar  sobre la cultura en el País Vasco, y claro, que de eso mi interlocutor sabía más que todos los que estábamos allí juntos. Para no entrar en temas en los que podía hacer el ridículo prefería que hablase sólo él ante mis preguntas inocentemente provocadoras en las que no me delataba. Pero ya que estábamos en un congreso gastronómico, no se me ocurrió mas que decir: “don Julio, que aquí la gente es muy culta, que sabe mucho de este tema y de todos, que la cocina es una parte de la cultura de la tierra, muy importante”.  Él me miro con una sonrisa un tanto burlona, y con ciertos aires irónicos me dijo: “Amigo, no me falle a estas alturas, no me confunda los términos, que no es lo mismo cultura gastronómica que culto a la gastronomía”. Ya no hacía falta que me explicase más, porque la razón estaba de su parte. Y todo ello en medio de unas jornadas en las que entre conferencia y conferencia había desayuno, aperitivo, merienda y cena, y hasta alguna mesa con productos de degustación. “Joé..”, cómo me puse, que allí comenzó el declive de mi figura, y yo tan contento a pesar de la mentirosa de la báscula a la cual me resistía a creer. Que luego con el tiempo hizo su aparición Jimena, quien se confabuló con el endocrinólogo, y me ha costado mucho volver a mi peso no plenamente conseguido, debido incluso a que no dejo la práctica deportiva con la que intento descargar toda la adrenalina posible. Bueno, que allí en las montañas y en plena naturaleza, se cura todo, que se queman calorías y el ejercicio te permite una reposición de energías siempre que no te pases. Y lo malo es que me suelo pasar, dado el feroz apetito que no me abandona.

Bueno, que mi amigo el endocrino, un médico de prestigio que es un santo varón por aguantarme, a base de amenazas suaves, eso sí,  y con mucha cordialidad me ha conducido por el buen camino sin necesidad de cabreo alguno, y hasta me permite que me haga un homenaje cada 15 días, que en alguna ocasión también me acompañará él, que dicho sea de paso, es persona divertida. Yo le propuse que en una jornada compartida frente a frente, atacásemos a un menú de los que hacen historia, y que consta en el libro “La cocina aragonesa”, de José Vicente Lasierra Rigal (Javal), editado por Mira Editores:

Sopas: sopa a la Printanier, arroz a la milanesa.

Plato volante: Frito a la Real.

Relevé: filetes de ternera a la Polonesa.

Entradas: Granadas de pichones a la macedonia.

Pescado a la holandesa.

Faisanes en  gelatina.

Vol au vent de anades en salmis.

 Pescado a la mayonesa.

Legumbres: Ponche a la romana.

Asados: Rosbeaf a la inglesa.

Pavos trufados.

Cabeza de jabalí a la bella vue.

Jamones a l’ aspic,

Entremets de dulce: Genovesa a la Chantilly

Pan de peches a la reina.

Con este menú se sirvieron los siguientes vinos:  Haut Saurtene, Jerez, Burdeos, Rhin, Moscatel y champagne. Por si fuera poco, a los postres se pronunciaron once brindis, “con las correspondientes libaciones”, como decía en su publicación Javal, vecino mío en la Redacción de Heraldo de Aragón. Dicho banquete tuvo lugar el 16 de septiembre de 1861 y fue ofrecido por el Ayuntamiento de Zaragoza al entonces Rey consorte Francisco de Asís Borbón, con motivo de la inauguración de la vía férrea entre Zaragoza y Barcelona. Cuando le presenté esta carta a mi médico accedió a un ataque de risa que nunca podré olvidar. Hoy iré a verle y se lo recordaré como una gracia, a ver si no me restringe demasiado. Mira que si se pone serio…. No sé…

Ayer estuve con en su consulta y con esa sonrisa tan natural que le caracteriza, me dijo: “vamos a la báscula”. Así que comencé a quitarme ropa para aligerar un poco, hasta que me oigo: “No, los calzoncillos no, que si hace falta ya te descontaré 15 gramos, que eres mi amigo y no mi tipo”. El galeno tan irónico como a veces me veo a mi mismo, insiste: “venga, no hagas el ganso y sube de una vez”, y cuando la báscula se había parado ante la mirada cómplice y triunfal de Jimena, me tengo que oír lo que en el fondo no cabía extrañar del todo: “tienes dos kilos de más con respecto a la vez anterior, que ya ibas sobrado. Y ahora te voy  a medir el perímetro adiposo”. Sacó el metro y por vergüenza me callo el resultado, que aunque uno sea de carácter alegre y siempre con ganas de broma, a veces los sustos no te dejan vivir y te obligan a hacer propósito de enmienda. Cuando le conté este acontecer a mi sobrino Adolfo, un guasón como no he conocido otro (se parece a su tío), no se le ocurrió otra cosa que llamarme gordo asegurándome que obedecería a su tía y que cuando fuésemos de bares no iba a dejarme tomar tapas ni cazuelas. Ya vale, que no me veo obeso y estoy nada más que con un ligero sobrepeso, por lo que le fulminé con la mirada, algo que él notó inmediatamente, y como no tiene ni un milímetro de tonto y más bien al contrario, enseguida rectificó verbalmente. ¿Pero tío preces tonto, cómo con el respeto que te tengo voy a impedirte unas patatas bravas compartidas, unos pinchos de tortillas, unas gambas… Anda, Gabino, vámonos al bar de Ángel, que tiene una barra de lo más espectacular”. Y con su sonrisa tan especial, me ganó y a veces pienso que tengo un colega en vez de un sobrino, o las dos cosas, que no está nada mal. Eso sí, a pesar de ser un  pecador gastronómico, que de otros asuntos me callo, ya he dicho que hago deporte todas las mañanas a fin de mantenerme en forma y no dar soporte a ninguna risa ni de “Adolfito” ni de “Jimenita” en torno a mi figura. Que permito que me llamen pesado, pero no gordo.

Había una cupletista que cantaba aquello que “fumar es un placer genial, sensual….”, algo que jamás creí, que el tabaco para mi es una caca muy asquerosa. Y yo a la señora esa que tanto enseñaba los melones hasta allá donde permitía la tolerancia del régimen, ahora tengo ocasión de contestarle con sumo respeto, eso sí, que “comer es igualmente un placer sensual, que con el estómago a nivel bajo no puede haber tampoco ninguna actividad natural de la vida ni medianamente pasable”. Bueno, ya he dicho bastante. Que cada cual lo entienda de acuerdo con sus entendederas.

De ahí, de mi etapa bilbaína, que me haya aficionado tanto a la cocina. Es algo que asemejo a la actividad de un investigador, todo el día metido en el laboratorio y al final se descubre un bichito tan minúsculo que si se cae al suelo se rompe, tal y como dijo un ministro sobre el agente causante de una de una enfermedad que evolucionó a epidemia, y él quedándose tan tranquilo. No es  este el caso, no. Que por ejemplo, uno  puede, y de hecho me gusta,  pelar unas patatas, trocearlas a continuación, mezclarlas con chorizo, tomate, pimentón (prefiero de La Vega), pimientos y puerros, que debidamente manipulados nos conducen a un exquisito guiso de Patatas a La Riojana. Y como presumo de buen aragonés, otro día me meteré con más detalle en ese plato tan de la tierra como es huevos al salmorejo.

Lo que quiero decir es  que la cocina se asemeja mucho también a una actividad que aún tiene algo de intelectual en la que uno estudia, investiga (no se rían que es muy serio este tema que afecta a todas las vísceras del cuerpo) se esmera y se emplea a fondo en la preparación del buen yantar, que si luego te sale bien, te comes el producto, y si lo compartes todos disfrutamos más. Claro que allá donde estén los guisos de la tía Cuqui hemos de estar los sobrinos todos a una para apoyarla. Un día me preparó un cochinillo al horno, que ni el segoviano Cándido en sus mejores tiempos podría igualarlos, otro unas madejas desgrasadas que estaban especiales., y tripiligapes. Y así una lista de especialidades que a cambio de ellas, servidor, siempre que sea menester,  se halla preparado para escuchar expresiones como “destalentado, izquierdoso, qué sabes tu de la guerra…” Termino por responderle que sí a todo y le digo: “Anda tita, calla, que esto lo podríamos discutir mejor con un aperitivo de huevos fritos con chorizo y patatas”. “¡Ay desustanciado, que te vas a poner como una pelota de baloncesto! Si no fuese por lo que te quiero, estos platos tan ricos te los iba a preparar Jimena”. Ya, respondo. Me carcajeo estrepitosamente y ella también. Así con ese humor comenzamos una velada que resulta muy divertida, y a la que se une el tío Tan, otro que tal que como a mi también le encanta el vino y es un sibarita en esto de la ingesta, y tan copiosa resulta la alifara, que terminamos cantando jotas peleonas a trío,  de esas de las que se entera todo el pueblo, ya acostumbrado a nuestras estridencias en una jornada que termina siendo “de lujo”. Natural que ese día, por aquello de que no se debe conducir con cierto grado etílico, deba de quedarme en el pueblo, que no es otro que Biescas, todo un paraíso de la montaña, y sobre todo, mi tierra. Y yo, tan feliz de la vida, que es como mejor me siento.

MANUEL ESPAÑOL

CONFIESO QUE HE SOÑADO

CONFIESO QUE HE SOÑADO

La vida en el mundo es un sueño ilógico, más bien una pesadilla desastrosa y desigual con sus momentos horribles casi siempre, salpicados de otros risueños y alegres a pesar de las barreras físicas y hasta mentales, pero que resultan necesarios para vivir ante tanto sinsabor. Sí, estamos ante una acumulación constante de disparates incomprensibles, un revoltijo de ideas y de reacciones primarias protagonizadas por seres impresentables e intolerantes que no conocen los principios de la generosidad, de la convivencia en paz. Demasiadas guerras, violencia desmedida, odios, hambre extrema en pueblos paupérrimos de medios de subsistencia, mientras en otros hay opulencia y tiran los productos básicos para que no bajen los precios ¿Es este el mundo soñado desde su creación? Rotundamente no. Por eso, quizás, necesitamos de las risas y del sentido del humor como bálsamo contra las penalidades. Algo ha salido mal, y sin entrar en calificativos amargos, que podría haberlos, muchos sacrificamos un tanto nuestra capacidad de lucha y rebelándonos en cierta manera contra las miserias cotidianas, nos entregamos a los sueños en estado despierto, como una forma de evasión de la realidad. Mientras tanto y tras la sobrecarga constante mezclada de estados de tensión, de tristeza y de los más diversos sentimientos, nuestro cerebro acumula sensaciones e ideas que procesa sin parar y que se quedan grabadas en el subconsciente soñador que a veces se pone en primer plano a las horas del descanso diario, como si de otra vida distinta o paralela se tratase.

El caso es que este loco surrealista (yo mismo), harto de tanta seriedad, vivo una existencia muy a mi aire y hago las abstracciones sobre los aconteceres en el planeta terrícola a mi manera. Así que me gusta definirme como un quijotesco casi total, y de juicioso lo justo, que don Quijote a su estilo propio se dedicaba a deshacer entuertos, y así le iba en su búsqueda de Dulcinea.

Que sí, que aun a pesar de lo fantasmal que he comenzado al tratar de explicar ese ciclo vital que comenzó hace millones de años, en pleno Siglo XXI sigo viviendo allá en las nubes en las que no existen más barreras que las que me pongo. Y si algún día bajo de la nube, me arreo cada bofetada… Por eso me gustan tanto las montañas,  porque cuando subo a ellas, por muy fáciles que  aparenten ser para mi capacidad física, me aproximan tanto a esas masas líquidas de forma caprichosa, que me permiten pensar que estoy en el cielo.  Confieso que he soñado, confieso que ahora mismo estoy soñando, y confieso que lo seguiré haciendo. No puedo evitarlo. Cuando me hallo despierto suelo cabrearme ante las injusticias y lejos de ser destructor trato de hallar la forma de solucionar las cosas. Y así comienzo unos momentos de locura no agresiva, y como no resulto constante, termino cansándome de mí mismo y en una transición inexplicable, sin más pensamiento,  paso a disfrutar del trino de los pajarillos, del arroyo que tengo más cerca, o del bocadillo que estoy a punto de devorar con el acompañamiento de una buena bota de vino bueno. A veces pienso que gana el Real Zaragoza, que ya es optimismo. Como dice la jota, “y por soñar imposibles, soñé que la nieve ardía”, o que me comunico con un pastor a ver si me regala algunos de sus quesos mágicos, que son mi privación. Y el caso es que a veces sucede. Cuesta tan poco soñar despierto y sentirte feliz durante unos instantes, unas horas, que recomiendo esta medicina tan especial, para la que solamente hace falta un cóctel bien agitado con dos ingredientes muy importantes y gratuitos: sensibilidad e imaginación. Y si falla la imaginación volver la vista atrás de vez en cuando para darse uno cuenta que se cometieron errores y tratar la forma de evitarlos cuando se presenten ocasiones similares posteriores.

Lo que no puede uno manipular ni controlar es el subconsciente, esa maquinaria que se pone a toda velocidad cuando uno se acuesta al cabo del día, que no piensa más que en descansar con la mente puesta en los aconteceres de la jornada, o en el partido de tenis que va a disputar el día siguiente y tratar de averiguar la forma de vencer al rival de turno, un buen chico, pero que si puedo lo mato en la pista. Y con esa sonrisa me duermo y me adentro en un mundo surrealista total, a veces divertido y a veces de pesadilla. Depende de lo que sueñe, el despertar puede ser que en las primeras horas de la nueva jornada me halle en un estado insoportable o de una felicidad intensa, o con unas ganas de juerga que no hay ser humano que pueda frenarme.

Sucede que en mi caso, casi  ya un joven del IMSERSO (aun falta), me pasa cada cosa… Que sí, que tengo sueños eróticos de lo más extraño que uno pueda imaginarse, con despertares de lo más agitado. Bueno, pues imaginad, que explicaciones no os voy a dar aunque hay nombres y hasta apellidos, que soy muy tímido y vergonzoso. ¿Una pista? Pues bueno, que soy hombre y no me falta ningún atributo. Y ya corto con este tema, porque me vais a llamar fantasma si os cuento todo. O no, que como dijo Calderón de la Barca, que “toda la vida es un sueño y los sueños, sueños son”. Como Gabino que me llamo os diré que me siento libre para contar lo que me de la gana y lo que Jimena me permita, que ya sé que hasta mi tía Cuqui me va a echar la cantada.

¿Pesadillas? También os contaré, así como sus consecuencias, que luego al empezar a abrir los ojos lo pasas con una excitación nerviosa que conforme pasan los minutos se va disipando y que al final hacen que me parta de risa. Imaginemos que estoy en una pelea desigual con un semejante (digo lo de semejante por ser humano, si bien medía unos 2,5 metros y tenía un cuerpo musculoso y cara de hombre feroz). Que uno iba directo hacia el paquete testicular, que es donde duele más. Y Zambombo, que es como se llamaba el Polifemo ese, me agarró del poco pelo que tengo, luego me daba la vuelta y cogiéndome por el cuello con los dos brazos, yo no podía zafarme de él, por lo que a base de patadas no paraba de golpearle en las piernas, donde daba la impresión de que tan sólo le hacía cosquillas. Así que desperté con unos nervios… Luego me di cuenta que había revuelto la cama y que la almohada estaba en el suelo. Menos mal que sólo estaba yo y no pude darme cuenta de mi agresividad..

A los dos días volvió a pasarme lo mismo, o muy parecido. Había llegado a mi casa y dejado la puerta abierta. Entraba mucha gente, se cambiaba de ropa y algunos hasta se quedaban e iban a la nevera, de la que sacaban lo que querían. Y de esta manera hasta que me dio un ataque de cabreo y de malas maneras logré echarles de casa al decirles que era un domicilio particular. Como sólo me había quedado un bañador en la mansión, me lo puse y decidí salir al exterior, con lo que al abrir la puerta me había dado cuenta de que la calle se había convertido en un río profundo. Pensé que en vez de hacer caminata me haría bien practicar la natación. Contento daba mis brazadas, hasta que noté que repetidas veces me tiraban de los pies hacia abajo, con lo que tan sólo podía hacer uso de la fuerza de mis piernas a base de patadas a fin de soltarme. No sé cómo, pero di un grito y desperté, viendo de nuevo la almohada en el suelo. Evidentemente no tenía ganas de cantar eso de “ardor guerrero”.

Alguna vez he soñado con el punto final a mi propia vida. La última, la única que recuerdo, fue muy tranquila, pacífica y sin nervios, y hasta prácticamente con dulzura. Me hallaba en el lecho y al momento de exhalar mi último suspiro me vi flotando en los espacios infinitos no físicos, alejado de todo tipo de presión y en un estado muy feliz volaba y me dirigía en todas las direcciones que había sin limitación alguna. Que luego el despertar fue de lo más curioso y lo primero que hice fue poner los pies en el suelo y darme cuenta que estaba vivo y contento. Por cierto, que si hay por ahí algún doctor Freud, que se abstenga de opinar sobre estos temas, al igual que otros interpretadores, que los sueños que relato son exclusivamente míos y yo los entiendo a la manera que me gustan o disgustan, con las variaciones que considere convenientes.

Sin embargo existe un sueño del que me acordaré mientras viva y que todavía lo llevo en mi corazón y en mi mente. Me hallaba en una casa familiar con mis hermanos  y con Curro, uno de mis sobrinos. Mi padre salió sonriente y con ganas de alegrarnos a todos, algo que consiguió como siempre hacía en vida. Currito, que entonces tenía cinco años, se alegró de verle y le dijo: “Abuelo, anda, vamos a jugar juntos”. Y desperté emocionado, especialmente porque sobrino y yayo no se habían conocido en vida, y por fin vi una parte esencial de la familia unida. Estaba emocionado también, porque el subconsciente me trasladó a una realidad hermosa como no había podido imaginar. Nada más que por eso cabe pensar y afirmar que la vida ofrece igualmente cosas muy bellas. Debemos aprovechar las ocasiones que se presentan y que no son muchas.

 

MANUEL ESPAÑOL

SE ME HA ESCAPADO LA BRÚJULA

SE ME HA ESCAPADO LA BRÚJULA

 

Me busco y no me encuentro. ¿Tan pequeño soy? No, creo que he perdido el Norte, y que el Sur hace mucho que lo dejé atrás, y el Este, y el Oeste... Vamos, que la brújula que mueve mis impulsos se ha convertido en una cabra desatada (que me perdonen las cabras), y así me oriento yo, que de loco surrealista he pasado a ser un auténtico majara. Por una vez sin que sirva de precedente, no le culpo directamente al Gobierno. ¿O sí? Pero qué equivocado estoy, que el Gobierno siempre tiene la culpa, entre otros aspectos, por no poner remedio a tamaños desmanes en torno a esas cosas pequeñas que unidas una a una hacen un daño desenfrenado al hermano pueblo ante la huelga monclovita de brazos caídos no reconocida pero real, con su “pasar por la vida siendo romero, sólo romero…”, parafraseando lelamente a León Felipe.  Y luego con la mirada perdida y con los dedos acusadores de sus manos apuntando hacia nosotros, serán capaces de vociferar haciendo una mala parodia de Don Juan Tenorio, aquello de ¡Cuál gritan esos malditos!/
Pero, ¡mal rayo me parta
/ si en concluyendo la carta/
no pagan caros sus gritos!”. Y encima, con amenazas. Si serán…

Así podría sucederles a quienes no tiene medios propios de mantenimiento doméstico personal, se dedican a hurgar en los contenedores de basura a fin de mitigar sus necesidades, y encima se ven amenazados por organismos oficiales que ya han lanzado sus globosondas y que son capaces de multarles por apoderarse de material de propiedad pública que está en la calle. ¿Y con qué van a pagar las multas? Que no, que no quiero citar personas en concreto, que si vamos por lo legal también podemos decir que los señores xxxxx y zzzzzzz son presuntos honrados, pero que tienen colegas y adjuntos aspirantes trepas aquejados de una escasa visión desde su propia inteligencia, que en sus ojos se refleja una caja de caudales. Más de un lector me agradecería que diera nombres, y ya he dicho que no tengo asesores ni secretarios. Siempre habría quien podría cabrearse conmigo, y buscarme las cosquillas, a mí que tanta tendencia tengo a la risa es que a veces excita en demasía.. Claro que, en este país donde proliferan los negocios turbios puede suceder de casi todo, porque puede que hasta servidor tenga su precio, que aquí no cabe descartar nada... Si quieren dejar inmaculado mi buen nombre, no hagan ofertas.

Puestos a explicar algunas otras pequeñas cosas que nos hacen ir de cráneo a los españolitos que no disponemos de secretarios y asesores, y que funcionamos con pasitos analógicos por mantener nuestra dignidad y economía ante la insoportable presión de determinadas empresas exprimidoras que nos hacen prisioneros de sus exigencias, me referiré, entre otras, a las denominadas Telefónicas. Hay “cuatrocientas” y todas ellas para captar a sus incautos clientes, que somos tantos…, ofrecen unas condiciones magníficas, generosas, a través de unos operarios que te tratan con la máxima simpatía, que te llaman “cariño” y hasta llegas a creer que son sinceros, que en un minuto de conversación parecen amigos de toda la vida y dan toda clase de facilidades con tarifas maravillosas, facilidades sin límites, que te dan un número teléfono privado directo por si tienes algún problema a lo largo de los primeros días de contrato, si bien cuando has firmado y llamas a esos “privados” ya no se pone nadie en línea. Te hacen creer que te han dado un trato muy especial y quedas tan agradecido que aún les indicas que tienes amigos que pensaban cambiarse de operadora, que te piden sus números, se los das y te quedas de lo más satisfecho. ¡Menudo chollo… para ellos, claro! Y esto sucede jornada a jornada, casi minuto a minuto, en este país todavía llamado España, a lo largo de 365 días al año (366 si son bisiestos).

Mi amigo Pepón estaba descontento con su operadora, ya que un día le funcionaba el ADSL otro día no y otro tampoco, y no podía hablar por el Skype con su hermano David que estaba en Nueva York, lo que quería decir que Internet se le había ido al carajo, toda una tragedia en unos tiempos que somos tan dependientes del artilugio este. O llamaba por conferencia uno o el otro, con el consiguiente recargo en las tarifas, dado que las llamadas al extranjero no están incluidas. Y mi amigo reclama que te reclama día tras día, ya estaba harto. Un día le tenían colgado durante media hora al teléfono, otro hasta una hora intentando aclarar conceptos,  y harto ya de dialogar con educación y hasta de ligar con telefonistas colombianas, chilenas o argentinas que siempre le decían dulcemente aquello de “cómo no, mi amor” y demás frases que que le calmaban un poco, decidió pasar al ataque fuese con quien fuese al otro lado del teléfono. Así que altamente excitado, dijo que esa llamada a Atención del Cliente iba a ser la definitiva. A Pepón le contestó una voz recia masculina y nada seductora, que le facilitó las cosas: “Señor teleoperador, o me atiende bien o me doy de baja” le dijo al telefonisto, quien de forma seca pero educadamente, le dijo: “Tranquilícese, que estoy a su servicio. ¿Cuál es su problema?”

Pepón._ ¿Pero es que usted no sabe quien soy?

Operador._ Lo leo en la pantalla, usted es don José…. Aquí tengo su historial y mi deseo es atenderle.

Pe._ ¿Entonces por qué me pregunta cual es mi problema?

Op._Porque lleva tres días sin llamar y no sé si ha cambiado la situación.

Pe._ Pues cada día está peor, Oiga, que….

Op._¿Puedo ayudarle en algo?

Pe.-En el otro recibo me cobraron de más, Internet no me funciona, con ustedes llevo casi veinte días perdiendo el tiempo, y…

Op._Mi deseo es atenderle…

Pe._ Pues déjeme hablar y no me corte. ¡¡¡¡¡Quierooooo queeee meee dennnnn de bajaaaaa!!!!

Op._ Así que desea que le demos de baja…..

Pe._ Exijo que me den de baja.

Op-_ Cálmese señor Quevedo…

Pe._ ¡Que no me llamo Quevedoooooooooooo!

Op._ Cálmese, don José. ¿Qué me ha dicho que desea?

Pe._ ¡Baaaaajaaaaaaaa!

Op._ ¡Ah! Lo que usted quiere es rescindir el contrato, ¿no es así?

Pe._ Es usted muy inteligente, ha acertado. Enhorabuena.

Op._ No hay de qué. Estamos a su servicio. Sus deseos son órdenes, si bien lamento decirle que no podemos atender su demanda si no aporta una penalización que aplicaremos en razón del contrato firmado y grabado con la voz de usted.

Pe._ Oiga, que a mi me dijeron que la lectura del contratito dichoso era puro formulismo, que dijese a todo que sí. Y yo obedecí.

Op._ Ahí erró usted. Su deber era haber leído hasta la letra pequeña. Repase la copia, repásela…

Aquí acabó con cierta brusquedad la conversación trasatlántica, así acabó de ponerse el inicio del punto final de un problema surgido en España. En realidad todas las compañías telefónicas que operan en este país tienen operarios en el extranjero, con los inconvenientes que ello acarrea. Algunos me han confesado muy amistosamente que si ellos tienen ocupación laboral es porque a las empresas les resultan más barato contratarles ahí que en España, que los españoles cobran más. ¡Qué ironías tiene la vida!, que encima tenemos que estar contentos.

El caso es que Pepón, a instancias de sus amigos,  hizo lo que se debía hacer. Fue a la oficina del consumidor de su comunidad autónoma y allí le atendieron muy eficazmente, si bien hay que reconocer que existen igualmente las opciones de las asociaciones de consumidores, tan diligentes ellas, y sin  intereses comerciales en las gestiones.

Pero los problemas que acarrean una a una las pequeñas cosas de la vida a las que no se saben dar soluciones en el origen, abarcan también a las llamadas facturas de las Eléctricas, que no hay quien las entienda. Desaparecido el anterior y  trasnochado monopolio y tras la liberación de las tarifas por parte del Gobierno, se ha establecido la competencias entre empresas. Algunas de ellas recorren las casas una a una ofreciendo descuentos por compromisos bianuales como mínimo, con lo cual vienen los casos de nuevas ataduras, que no funcionan todas bien.

¿Qué hace el Gobierno para solucionar estos pequeños problemas que se convierten en enormes y dan tanto trabajo al multiplicarse día a día? Aquí algo se les escapa a los responsables monclovitas, que no saben atacar bien las soluciones desde un principio y que pequeñas cosas se les convierten en gigantescas. Con esta forma de proceder todos perdemos la brújula y los cuatro puntos cardinales no sabemos a qué corresponden. Menos mal que ante “el pasar por la vida siendo romero, sólo romero”, otros, aunque sea con nuestra sonrisa cada vez más apagada, pedimos cordura aunque seamos locos surrealistas.

 

MANUEL ESPAÑOL

 

 

MI AMOR LOCO POR BIESCAS

MI AMOR LOCO POR BIESCAS

Sensaciones de amor, de felicidad, de alegría, de añoranza, de risa, de lamento, de esperanza, de ganas de lanzar un grito lo más fuerte que soy capaz, en lo alto de una de mis montañas mirando al valle… Son instantes que se acumulan en lo más íntimo de mi ser y que se resumen en una palabra mágica: BIESCAS. Así soy, no lo puedo remediar ni quiero. Ahí se encierra y se expande el aroma de mi infancia, de mi juventud, de la madurez y del futuro que me puede quedar y que yo ignoro. Pero es igual, que ya nadie me puede quitar lo que he vivido. Y desde allí, desde lo más alto, igual entono las notas del Cara al Sol que las de la Internacional o el Himno a la Virgen del Pilar y hasta el “Imagine” de John Lennon. Si todo esto lo cuento, tal cual lo siento supongo que más de uno me dirá aquello de que tu estás loco, Gabino, o… ¿te llamas Manolo?”.  “Cuidado, no empecemos con lo de siempre, a poner problemas, que un ciudadano como yo a lo que aspira es a tener sus minutos u horas de libertad y a decir lo que piensa de la vida, a mostrar sus oídos, su poco sentido, sus amores y ganas de sonreír y también de soltar carcajadas y todo dando rienda suelta y acompañado de la propia imaginación”.

Así que con la mochila a la espalda y sin más diálogos y pensamientos que conmigo mismo, llego a un espacio en el que la vista desde allí es especialmente mágica. Se trata de la cima de Erata en un día soleado, con temperatura suave y sin viento, teniendo a la soledad, insisto, como única compañía, que ya más abajo y en el pueblo, vendrá una buena cerveza acompañado de mi primo y amigo Ramón Ruba, que cuando quiere, bien que me toma el pelo. Eso sí, de momento y para fomentar la inspiración propia, saco el almuerzo consistente en tortilla de patata que me ha hecho mi tía Cuqui, y demás viandas a base de chorizo y jamón y un buena bota de vino, y más…

La verdad es que  me quedo muy satisfecho y con la sonrisa ancha asomando a mi rostro, apunto con los gemelos de última generación que me ha regalado Jimena y mi mirada se fija en lo que resta de la antigua piscina del Parque La Conchada, aquella en la que para tratar de ligar me hacía el machito y aguantaba como si nada durante buenos ratos las bajas temperaturas del agua, y más que ligar, como único trofeo agarraba algún catarro que otro. Pero hubo un día en el que uno mismo, tan soso como era, conseguí llamar la atención de una chica guapa y de buen tipo, que no era del pueblo, pero con la que logré un pequeño escondite que por lo visto no era tal, y hubo más de un indiscreto que no sólo consiguió que se enterase mi familia, sino que hasta el cura con sotana y todo se plantó en casa para que me llamaran la atención. Y todo por un inocente beso, bueno, un poquito más,,, Pero de ahí no paso en el cuento. Mi padre cuando se enteró hasta se partía de risa cuando no le veían los de su generación anterior, y así suavizó una reprimenda que no llegó a ser severa. Y cuánto tiempo estuve pensando en lo que fue y lo que podía haber sido con esa zagala con acento, no sé si alemán o qué. Bueno, no quiero recrearme más en el tema, porque luego me da la impresión que tengo visiones en mi mente, a veces de un calenturiento que no las puedo evitar porque me los da la propia naturaleza.

Y aunque en el monte Erata refrescabade una manera ligera, bien comido, bien imaginado, me eché una siesta muy agradable en plena naturaleza. Y mira por donde, cuando estaba en lo más dulce del sueño, oigo el sonido de un cencerro. Mi soledad en libertad se había ido al carajo. Me despierto desagradablemente y veo ante mi a Pacorro, un buen amigo de infancia, pero como siempre, tan inoportuno. Este “mocé”, tan veterano como yo, dijo que me había visto subir (por supuesto que hacia arriba, faltaría más) cargado con la mochila y me dijo: “como estas vacas son muy dóciles y tengo al toro amaestrado, sé que no se me van a escapar. Así que me voy un rato con Gabino a hacerle compañía. Alégrate, amigo, que he traído un rancio muy rico en bota, y entre trago y trago recordaremos viejos tiempos”. Pues a recordar…, dije resignado hacia mis adentros.

“Oye, Gabi, ¿te acuerdas de cuando celebrábamos de niños la fiesta de San Manuel?”. Así surgieron las primeras risas. ¡Ya lo creo que me acordaba! Éramos unos traviesos inocentones, que el día 1 de enero desde el punto de la mañana, posiblemente cuando había más de un vecino que no se había acostado todavía, recorríamos una por una cada casa del pueblo, cargados de sacos o cestas vacíos, y un monedero sin contenido pero grande por si acaso, y aparte, con sumo respeto,  una imagen del Niño Jesús. Lo del Niño era para que pensasen que éramos unos chicos buenos y no unos jetas. El caso es que como Biescas es un pueblo que a lo largo de la historia se ha distinguido por su sentido de la hospitalidad, las puertas se nos abrían ante nuestras llamadas, y en algunos casos aparecían caras con síntomas de sueño y hasta de resaca para escuchar nuestras felicitaciones si bien en general era generosa. Puesta tras puerta, perdíamos nuestra vergüenza habitual y gritábamos eso de “¡Feliz año nuevo!”, y de esta manera repetíamos hasta que nos abrían. En algunas casas nos hacían cantar un villancico muy particular: “Hoy los niños que aquí veis/ reunidos celebramos/ la fiesta de San Manuel /y a principios de año”. Un año en el que el chico encargado de portar la imagen se dejó el Niño Jesús en casa, una de las vecinas nos preguntó que “dónde estaba el Niño, que no lo lleváis, pajaros. Jorge, que entonces era muy guasón, me miró y después le dijo a la señora: “para qué queremos una imagen si ya llevamos a Manolico. ¡Eh, Manolé, saluda a la señora”. En algunas casas nos daban dinero, en otras patatas y cebollas que luego vendíamos en Casa Sebastián o Casa Ipiéns y que nos las pagaban a muy buen precio como forma de complicidad. Entre la venta de las patatas y el dinero recaudado, comprábamos la cena que tradicionalmente cada año se hacía en la casa de cada uno de nosotros. ¡Y qué bien guisaban las madres o las hermanas! El día 2 necesitábamos descansar de la resaca de año nuevo.

Tras este entrañable recuerdo, Pacorro aún insistió en cuando jugábamos a ladrones y policías. “Que a ti, Gabino, siempre te gustaba hacer de ladrón”. Y ahí le corregí, que en algunos momentos me ponía de un repipi insoportable, contestándole que “a mi siempre me ha gustado estar frente al poder establecido, aunque a estas alturas ya me he calmado un poco.”

Y pensar que había subido al monte a cantar la Internacional o el Cara al Sol, o lo que me pasase por la cabeza en el momento y así disfrutar de la plena soledad, acompañado del almuerzo de la tía Cuqui… El caso es que le dije a mi amigo que debía bajar rápidamente, que me esperaban en el pueblo. Y éste me asió del brazo no soltándome, diciendo que me quería llevar donde estaban las vacas, que me guardaba una sorpresa. Y en el camino aún me contó el año en el que a Toño le eligieron una Semana Santa para hacer de apóstol en el lavado de pies. Como pensaba el chaval que le iban hacer un buen lavado, se paseó repetidamente por el corral de su casa y luego se presentó con los pies negros, para bochorno de su familia.

Por fin llegamos junto a las vacas que parecían estar alegres con el toro. Y ya en el lugar el bueno de Pacorro me confesó que cuando me había visto subir ya pensó que nos veríamos un rato después y había ordeñado una vaca. Con tan buena leche no me podía negar, por lo que lo que había descargado en vino lo cargué del rico líquido lácteo. Le di mis más efusivas gracias y para mis adentros dije que era muy pesado, pero muchísimo más bondadoso que pesado.

Sucede que si el tópico de “recordar es vivir” resulta cierto, a mi me gusta mucho el presente y siempre soñar con el futuro. Y como mi amistad con Ramón Ruba es presente, pasado y futuro, estaba deseoso de encontrarme de nuevo con en su establecimiento. Y allí bien que me esperaba con ganas de hacer risas, acompañados de una botella de buen vino tinto y de un plato exquisito de tripilgates de Biescas. Allí en su casa, que ha rebasado crecidamente el centenario de su existencia, hay muy buenas historias y anécdotas cargadas de humanidad y sentido del humor, así como de visitantes ilustres para contar a lo largo de generaciones. Algún día nos pondremos de acuerdo. Lo de los gritos y cantos pelados a la máxima potencia de mi voz, mejor dejaros para otro día en que todavía esté menos cuerdo. Que conste que volveré a ello.

 

MANUEL ESPAÑOL